Las blancas montañas se vistieron de verde, y un susurro aletargado, de sonoroso silencio, recorrió los esteros. Mientras tanto, su Sol paseaba sobre mullidos rayos y allí, la dorada espesura retozó cabalgando sobre algodones húmedos y revoltosos sobre los que, alargando sus vuelos, se dejaron mecer por los dedos de un Sol que se negaba a morir.

El Puerto, El Puerto se vistió de sedas y colores luminosos que se prendían en los rostros de quienes, con los ojos cerrados, dejaban de oír los lamentos de un cielo que ya no lloraba. El Puerto, El Puerto, abrazado por un río abandonado en la distancia, recordó las risas estivales, y avanzando hacia poniente se dejó hacer cosquillas por un levante agotador que le gritaba a la arena perezosa.

Poco a poco fuimos dejando atrás, colgados en el olvido de los cortos días, las prendas de abotargados marrones, fuimos dando la mano a un aire acogedor que nos hacía sentir la euforia de los largos días, de las puestas de sol que rozarían la ilegalidad pandémica de las cortas horas. Y así, sin volver los oídos atrás, fuimos escuchando los verdes y blancos, nos dejamos abrazar por las cálidas luces, rozando los rojos geranios de los balcones del alma, vestidos de galas amarilla y verdes que nos miraban desde los enrejados sobre el suelo.

El Puerto, El Puerto se desperezó llenando el cielo de un son agradable y suave que cabalgo hacia su Bahía infinita, llenado su pecho de aires salineros y primaverales, porque aquí, la primavera no se observa, se siente, trayendo aromas envueltos en sal, colores bañados en olas de pureza, floreciendo más en el alma que la tierra, renaciendo en cada marzo con sones rítmicos y recuerdos de aquel vapor que acariciaba la ribera con sus olitas suaves y azules mientras saludaba, arrullado por el poniente y el levante, a la Sierra que soñaba con las colinas de blanca y sabroso color. El Puerto, El Puerto en primavera, no florecía, se sentía…

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