Análisis

francisco lambeA

Palabras de fin de año

Procuro no caer en los tópicos, o no caer demasiado, pero resulta difícil abstraerse a la tentación de ingeniar unas palabras de fin de año si tu columna coincide con un 31 de Diciembre.

En el ámbito individual voy a desear felicidad en 2018 a las personas de justa voluntad (que son la mayoría, pero tampoco todas), en medida directamente proporcional a sus merecimientos, siempre vinculados al tamaño de su corazón. Que no pasen desdichas de salud ni económicas y que, desde ese doble privilegio, se comporten con la mayor solidaridad posible.

Por lo que respecta a El Puerto nos esperan doce meses que, políticamente, mantendrán grandes rasgos de este 2017 que se nos va, de modo que se avanzará a un ritmo inferior al necesario bajo la batuta de un gobierno en minoría que se queja, con razón, del obstruccionismo opositor, eludiendo, eso sí, admitir que los dos partidos que forman el ejecutivo, PSOE e IU, actuarían, en situación inversa, exactamente igual que quienes ahora critican. El equipo de gobierno tiene ante sí un panorama que se complicará en el segundo semestre, conforme se aproximen las municipales de 2019, dificultando los consensos.

En lo que atañe a nuestro país, lo principal es avanzar en la justicia social, algo para lo que se alza básica la mejora de los índices macroeconómicos y la extensión de sus benéficos efectos a quienes más lo necesitan. Después, toca dar pasos claros, sin complejos, en la resolución del problema catalán, un conflicto alimentado por ese estúpido cortoplacismo que populares y socialistas manifiestan cuando se hacen con el gobierno central, en virtud del cual han preferido el apoyo presupuestario de un nacionalismo potencialmente sedicioso al de una sigla constitucionalista. Deseo a quienes ingenuamente creen que la tensión en Cataluña "es un asunto del PP" que se aperciban de que también lo es de ellos, aunque sólo sea, ya que tanta indiferencia les suscitan himnos, banderas y fronteras, por la estima que profesan a su bolsillo.

Sean, lectores, en definitiva, buenos, en el sentido machadiano que impide ser al mismo tiempo tonto: se trata de una forma consecuente de caminar por este mundo.

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