Análisis

Academia Santa Cecilia

Música y nacionalismos en el siglo XIX

L A música refuerza la idea de pertenencia a una nación, fortaleciendo el sentido de lo nacional mediante un himno, independientemente de lo marcial o monótono que pueda ser. También proporciona un mundo sonoro para ensalzar hazañas y gestas épicas; describir y realzar paisajes, acompañar danzas folklóricas en una plaza pública o en una sala de conciertos. Exaltar el nacionalismo y el patriotismo fue una de las características más notables del Romanticismo Nacional.

El concepto de nación -relativamente nuevo- surgió de dos revoluciones nacionales: la de los EE. UU. de América (1776-1783) y la francesa (1789).

A lo largo del siglo XIX surgieron naciones tanto de unificaciones como de declaraciones de independencia. Por una parte se pretendió unificar estados separados históricamente, pero unidos geográficamente, como Alemania o Italia, que se unificaron en 1871. Por otra parte pequeños países y colonias se esforzaron por librarse del yugo y del poder de otros estados imperialistas. Es el caso de los Países Bajos, Bélgica, Polonia, Hungría y Checoslovaquia. Los dos tipos de nacionalismo detonaron las dos guerras mundiales del siglo XX.

Los países de Europa Occidental dominaron la escena musical del s. XIX, al menos en lo que se considera "Música Clásica", ahora bien, en los países de Europa Central surgió un movimiento nacionalista que, propiciado por levantamientos contra el dominio extranjero, discurrieron paralelos al nacionalismo musical. Las naciones, y las que aspiraban a serlo, se alimentaban de su nacionalismo: conjunto de ideas y costumbres, lengua y ascendencia que sirven para diferenciar a un pueblo de otro. Tierra, lengua y ascendencia se plasman en las canciones y danzas folklóricas, término acuñado por Johann Gottfried Herder en su obra Voces de los Pueblos en canciones, dos recopilaciones de canciones populares alemanas publicadas entre 1778 y 1779.

A mediados de siglo, también el nacionalismo irrumpió en la vida cultural de Alemania. Escritores como Schiller, cuya Oda a la Alegría inmortalizó Beethoven en su Novena sinfonía, se convirtió en símbolo de la unidad germánica. El Cantar de los Nibelungos, proporcionó a Wagner la mitología que necesitaba para su ciclo operístico del Anillo del Nibelungo. El movimiento nacionalista continuó tras la unificación y, en la década de 1830, se erigieron estatuas de ilustres alemanes por todo el país.

En todos los países con ambiciones nacionalistas se publicaron libros de canciones, leyendas y poemas épicos. Esto se aprecia especialmente en países como Polonia, Hungría y Bohemia que comprendía gran parte de la República Checa, donde levantamientos contra el dominio extranjero discurrieron paralelos al nacionalismo musical.

El compositor bohemio Smetana combinó paisaje y leyenda en los seis poemas sinfónicos que conforman Má Vlast (Mi Patria).

Dvorák con sus Danzas eslavas, y Brahms con sus Danzas húngaras, constituyen otros tantos ejemplos.

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