Análisis

Paco Carrillo

Memento mori

¡Qué falta hacen los espejos retrovisores y los fulanos con el 'Memento Mori'!

Cada día que pasa se echa de menos al fulano que colocaban al lado del triunfador para recordarle, justo cuando desfilaba victorioso entre las aclamaciones del pueblo, que no era un dios eterno, sino un hombre al que le repetía: "Recuerda que morirás".

Lo que son las costumbres. En la actualidad, con la cantidad de aclamadores que tienen los que triunfan aunque sea de forma efímera y circunstancial, no llevan a su lado ningún currito para recordarle que es mortal; prefieren ignorarlos y rodearse de aduladores (la mayoría falsos), para que los lleven en sillas gestatorias. No me refiero a los políticos específicamente aunque ellos sean los prototipos de los que abusan de semejantes actitudes.

Hoy prefiero hacer alguna observación sobre el mindundeo del arte en cualquiera de sus manifestaciones. Acaba de concederse el Premio Planeta de novela y vuelve a aflorar los mismos tópicos de siempre: que si el mejor dotado económicamente, que se adjudica por encargo, que salvo escasas excepciones no hay ninguno que merezca la pena por su calidad… Consecuentemente esto arrastra a los demás y casi todos los premios se colocan en entredicho.

Detrás de todas esas sospechas existe una maquinaria de sometimientos, servidumbres y falsedades que no es de extrañar que traspasen las bambalinas y se contagie la calle donde los encuentras a manojitos. No juzgo, pero siempre me traen a la memoria al Leandro de Los intereses Creados o al cuento El gato con botas cuyos protagonistas son unos pinchapedos aupados por mor de sus amiguetes palmeros, o de 'críticos' a sueldo de los que solo van al negocio.

Todo vale para no saber atemperar sus soberbias y para presumir de artistas sublimes bendecidos por los dioses hasta el punto de tener el atrevimiento de decir que las masas obreras y campesinas reclaman más muestras de su talento. Y ya no pienso ni en el Leandro ni en el marqués de Carabás, sino en que hay seres humanos que nacen gilipollas sin redención posible por muy artistas que se consideren.

Creídos están que, por ejemplo, Monet, el primer pintor impresionista, se hubiera levantado una mañana y dijera: "Voy a crear el impresionismo", igual que García Márquez, antes de escribir una línea de Cien años de soledad -que tanto le costó publicar-, proclamara que su objetivo no era escribir para comer sino para alumbrar el realismo mágico. Siguiendo esta dinámica, Velázquez, antes de salir de su casa para ir al trabajo le mintiera a su mujer diciéndole: "Mira, Juana, hoy no me esperes para comer porque tengo que crear el segmento áureo, vamos para que lo entiendas: la Divina Proporción", cuando en realidad lo esperaba una modelo impresionante en pelota picada, conocida después como La Venus del Espejo, para solaz del salido de su señorito, el rijoso que tantos monasterios creara para cobijo de sus amantes y con el belfo tan caído como todos los de su estirpe.

¡Por favor, ya está bien de mindundis endiosados! ¡Qué falta están haciendo los espejos retrovisores y los fulanos dando la matraca con el 'Memento mori', o lo que es lo mismo: 'Recuerda que eres mortal'. Claro que hoy sería inútil porque los hay que ya nacen fantasmas.

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