Es persona malaje la que hace desaire, desprecia o falta el respeto a alguna opinión.

Todos conocemos a personas que, por las razones que sean, se dedican a poner pegas a quienes hacen o intentan hacer algo que les entusiasme. Les sobra ese punto ácido que, si no me gustara tanto el limón, utilizaría de ejemplo. Mal ejemplo porque ese cítrico no puede evitar ser como es. No engaña a nadie. Y es hermoso contemplar cómo el amarillo de su piel ilumina de verdes distintos las copas del limonero.

Fue una malaje la que me comentó, sabiendo que escribo, su hartura de leer relatos de patios y abuelos. Supuse que sería correctora de cursos de escritura.

En estos cursos a los que empiezan a escribir se les sugiere recurrir a historias de la infancia. Todos hemos tenido una infancia y guardamos como un tesoro sus recuerdos. Es fácil tirar de ellos si fueron agradables. Si persistes, te sugerirán inventar personajes y hechos que no tienen por qué ser reales pero requerirán veracidad. Puedes escribir de un amigo marciano o sobre las largas conversaciones con tu perro. Ojalá tengamos un perro cuando nos sintamos solos.

Siguiendo con los comienzos del arte de escribir y elegido cualquier tema: la vida, el futuro, la amistad, la política… descubrirás que ya está trillado por otros autores desde antiguo y que resulta imposible ser original. Nos sorprendemos. ¿Para qué entonces? ¿Por qué perder el tiempo?

La respuesta es fácil. Porque lo necesitas. Es “tu tiempo contigo”. Y llega a ser tan necesario como el agua. Los temas estarán gastados de una y otra vez, pero no la forma de encararlos. Ahí se darán la mano el trabajo persistente y la imaginación que despiertan los buenos libros. Los distintos autores. Lea. Las librerías se esfuerzan con entusiasmo.

Siempre sobrarán malajes que piensen que escribimos para ser famosos o ricos. Dará igual. Usted siga con lo que le guste. No haga caso a los malajes.

Respondí a esa mujer de quien hablaba al principio: “Tal vez no haya conocido la suerte de vivir experiencias familiares con sus abuelos”.

Comprendía que no pudiera entendernos.

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