El Alambique
J. García de Romeu
Mi amigo Miguel
La última en aparecer en escena de este esperpéntico, ridículo y sobredimensionado espectáculo ha sido la madre de Rubiales. Situación muy importante, mas de lo que mucha gente pueda pensar. Lo ocurrido, dando igual la gravedad y el alcance que pudiera tener si lo consideramos punta del iceberg, deja claro que cualquier persona del sexo masculino puede ser objeto de denuncia, incluidos los hijos, maridos, hermanos de cualquiera que hoy pide justicia. Por mi trabajo he tenido a madres llorando por lo que le hacían a su hija, alentando la búsqueda de la justicia, la misma justicia que pedía cuando en lugar de su hija, la persona acusada era su hijo. Las cosas, cuando se pierde el control pueden volverse muy peligrosas, y es que a veces tiramos piedras contra nuestros propios intereses. Los juicios mediáticos, aquellos que, huérfanos de cualquier intervención judicial, emiten condenas incluso de mayor calado que la propia judicatura, van creando una costumbre peligrosa. Lo sucedido me trae al pairo, lo que le ocurra a los afectados, me importan mucho menos, porque que el debate que se plantea no tiene nada que ver con los daños y perjuicios personales, ni siquiera me interesa enjuiciar lo merecido o no, lo justo o no de lo que les ocurra, por supuesto que uno lo perderá todo, y otro será elevado a la categoría de héroe, pero cuál de ellos. Aquí lo importante son las formas, pues se pone de manifestó lo sencillo que es condenar a alguien, y sin jueces de por medio destruirlo. Pensemos que ya no es sólo a los niveles en los que nos movemos, vayámonos a lo cotidiano, en donde con un simple chasquido de dedos un ataque de celos puede acabar con la vida social de un joven de veinte años, un joven que, sin ser importante política o socialmente, empieza a vivir, y que, por supuesto, tendrá madre, hermana y padre, y que muy posiblemente son los mismos que hoy día portan las antorchas de esta jauría humana. Supongo que lo que hoy vivimos debió de ser algo parecido a los años 60, donde dos películas Furia, y La Jauría Humana, pusieron al desnudo la vileza del ser humano. En una Robert Redford y en la otra Spencer Tracy, eran objeto de persecución e intento de linchamiento, y es que a veces, el civilizado ser humano quiere estar por encima de la Justicia, que, en este caso, aún ni ha abierto la boca, y que cuando lo haga se verá el alcance. De momento solo tenemos a miles de personas que no saben en qué lado del banquillo estarán mañana sus seres queridos.
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