Análisis

francisco andrés gallardo

Flamenqueo

En una campaña publicitaria de Risto Mejide para un organismo valenciano (ojo, allí están aún en modo reacción a la era de corrupción avasalladora del PP), convertida en viral, como aspiraban, se tacha la palabra "flamenco".

Estaría mal si se refiere a un patrimonio fundamental de Andalucía, aunque interpretamos que no alude en realidad al flamenco como expresión cultural y género de calidad musical, sino a la comedia pensada en guiris y paletos que devalúa el arte y la profesión. Un folclore de trapo. Más que flamenco la campaña se referiría al "flamenqueo", un término que hubiera sido más inteligente para que lo utilizara la agencia al servicio de la fundación Jaime I, que vela por la promoción científica. Lo que daña a Andalucía como tópico es el cliché que muchos, de aquí y de por allá, dan por válido: la fiesta perpetua o esa juerga forzada y ruidosa que busca sacar los cuartos. El flamenqueo no tiene nada que ver con la manifestación artística del flamenco; o a nivel popular, la expresión sincera de una pasión a través de sus códigos. Podríamos indignarnos, como está de moda, por una ofensa al flamenco valioso, pero estaremos de acuerdo en que en nombre de algo tan nuestro se cometen crímenes contra la humanidad del buen gusto por saraos, tablaos de opereta y corrillos de pelmazos. Cuando se manosean asuntos que son más serios de lo que parecen se dan argumentos al enemigo de arrastrar con sus burlas lo bueno y lo malo. Y el flamenco, como la copla, el carnaval o las sevillanas, son tesoros en su justa medida, sin convertirlos en el afán obsesivo y autocomplaciente de una identidad andaluza sesgada, excluyente y parda. Una identidad que es más rica, auténtica y diversa que tantos quejíos y gorgoritos. Somos más que la tierra del flamenco. Y nunca deberíamos haber sido la tierra del flamenqueo. De esta manera Canal Sur ha dejado de representar e integrar a la mayoría de andaluces. Con una programación que ensalza clichés y tópicos y por contra se olvida de muchas realidades.

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