Un hombre y su hijo, juntos con un balón de fútbol por medio. Un hombre y su hijo, juntos con un balón de fútbol por medio.

Un hombre y su hijo, juntos con un balón de fútbol por medio.

UNA llamada en la madrugada nunca presagia nada bueno. Aun atrapado por un profundo sueño, el sonido de un teléfono en el silencio de la noche es capaz de superar cualquier barrera onírica y hacerte volver a la conciencia. Un ring a las tres de la mañana era augurio de una mala noticia que no podía esperar al día siguiente. Lo había dejado sonar para cerciorarme de que no era un error. Pero sólo fue ese cerrar de ojos de quien tumbado en la vía del tren trata de evitar así que la locomotora le pase por encima.

No había marcha atrás. En el momento en el que descuelgas, toda la maquinaria implacable de los hechos te revienta sobre la cabeza. Cuando escuchas al otro lado aquello que has estado temiendo, el dolor es tan intenso dentro de ti que te hubieras sentido aliviado si el ring hubiese sido en realidad el pitido del tren que te lleva por delante.

Un año después de la muerte de mi hijo, me acercaba a un estado de autodestrucción. Decidí que debía continuar. Lo haría por él. Daniel era un gran deportista, jugaba al fútbol y apuntaba alto. Sus cualidades no hubiesen sido suficientes para convertirlo en profesional, pero lo importante era que se le veía feliz jugando. Su sonrisa era conocida en el club, siempre amplia, siempre presente. Yo me hubiese sentido satisfecho con verlo crecer un poco más, verlo madurar, pero comprendí que seguir lamentándome no era el camino.

Crear la fundación que llevaba su nombre fue el primer paso. Honrar su memoria no significaba enaltecer su recuerdo, sino ayudar a otros chicos que como él jugaban al fútbol para ser felices. Conté con la ayuda en un principio de varios de sus compañeros del equipo, después se fueron uniendo otros muchos amigos y finalmente tuvimos una acogida excepcional a través de nuestra adopción digital. Ayudábamos a familias con historias realmente dramáticas. Realizábamos una comprobación exhaustiva de la veracidad de cada caso. Miles de personas anónimas participaron del programa. En poco tiempo nos habíamos convertido en una especie de “Club de la buena gente”, este fue el apodo que utilizó un periódico y así fuimos conocidos desde entonces. Fue tal la demanda que se hizo necesario ampliar el campo de acción a mucha otra gente fuera del fútbol.

Crear la fundación con el nombre de mi hijo honrando su memoria significaba ayudar a otros chicos que, como él, jugaban al fútbol para ser felices

Habíamos atendido más de mil casos y empezamos a recibir premios, homenajes y llamadas. Jamás recogí ningún trofeo, asistí a un homenaje o atendí una llamada. Yo sólo necesitaba la aprobación de Daniel. Suena muy egoísta, pero lo hubiese cambiado todo por poder disfrutar un minuto más a su lado. No soy ningún héroe. De hecho, no era digno de que me asociaran con toda esa “buena gente”. Un lunes cualquiera me marché. Ni siquiera lo llamaría dimisión, simplemente me fui… Abandoné a toda esa buena gente sin más. Ya os lo he dicho, no soy un héroe. El Club se repuso pronto a mi marcha.

Hacía un tiempo que había vuelto al estado de autodestrucción. Un día el ring volvió a ser protagonista. Un escalofrío me hizo estremecer. Era raro. Nadie tenía aún mi nuevo número de teléfono. Descolgué.

–Le llamo del ‘Club de la Buena gente’–. Pensé que me habían localizado y me pedirían que volviera, pero al parecer mi interlocutor no sabía quién era yo. –¿Qué quiere? –Tenemos aquí una carta solicitando ayuda para usted.

Al día siguiente vino un chico. Fue un momento extraordinario. –Hola, hablamos ayer por teléfono, estoy aquí para ayudarle… mi nombre es Daniel–. No podía ser una casualidad.

Ahora sé que no fui yo quien dio vida a aquel proyecto. El motivo por el que Daniel lo creó no fue sólo para ayudar a tanta gente como hizo a través del fútbol, sino para mantener a su padre en pie cuando parecía derrumbarse después de su muerte. Yo sólo fui un caso más al que Daniel y el Club de la Buena Gente salvó la vida.

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