Balas de plata

Calidad Mola

Y como siempre, todo se politizó de inmediato. Ruido, chirridos, insoportabilidad

Lo reconozco, no he leído ninguna de las novelas de Carmen Mola, aunque siempre sospeché que detrás de ese seudónimo se escondía un hombre. Esos mensajes que buscaban despistar relativos a que se trataba de una profesora madrileña con dos o tres hijos no me convencían.

¿Qué razón podría tener una docente para ocultar su identidad, recién convertida en una best seller literaria? Ninguna, en mi opinión.

Una semana antes de la entrega del premio, alguien me dijo que alguien le había dicho a alguien que Carmen no era Carmen, sino tres guionistas. Es más, precisó uno de ellos, al que conozco, admiro y aprecio. La fuente de la filtración era de confianza, así que me dediqué a aguardar con calma que se descubriera si el chivatazo era correcto, al tiempo que ponía crípticas estupideces en Twitter, para mi propia diversión privada.

Aquella noche me encontraba mal y me costaba dormir. No conseguía leer en la cama y me levanté. Primero vi la entrega del premio Planeta y luego estuve zapeando entre los partidos de pretemporada de la NBA, hasta que me entró sueño y conseguí cerrar los ojos sobre las dos de la madrugada. Cosas del estrés laboral. Pero mientras clausuraba el chiringuito estuve pensando en ese doble pseudónimo, en los tres felices amigos que habían ganado el premio, y en la riada de reacciones que estaban produciéndose ya, incluso en tiempo real, en el chat de la retransmisión del Planeta. "Señoros, pollaviejas", decían algunos descerebrados. "Vaya decepción", escribía una mujer.

Al día siguiente la estrategia de marketing se descubrió como un rotundo éxito, pero es que, además, la campaña no había hecho sino comenzar. Primero fueron las entrevistas a los premiados, tres escritores y guionistas de gran prestigio que decidieron un día escribir a seis manos; luego la valoración de su motivación para explicar por qué lo habían hecho. Tras eso, llegaron las críticas y las interpretaciones más o menos sesgadas u orientadas, y el anuncio -retropublicitario- de una librería feminista madrileña, subiendo un vídeo a sus RRSS mientras embalaba y mandaba de vuelta a la editorial los ejemplares de las obras de Carmen, que había dejado ya de molar.

Hoy he leído una interesante entrevista al escritor Sergi Puertas (Estabulario, editorial Impedimenta) en El Confidencial en la que éste confiesa que se inventó una falsa identidad de una joven y discreta escritora porque a sus cincuenta años las editoriales ni le contestaban los envíos de sus manuscritos. El resultado fue que recibió de inmediato el interés de todas esas empresas que antes ni lo miraban. Me hizo gracia la historia. Lo agregué a Facebook. Me gustaron sus respuestas. Compré su libro.

Y como siempre, todo se politizó de inmediato. Ruido, chirridos, insoportabilidad. Mientras sigo leyendo los relatos de "Culpa", de Ferdinand Von Schirach -tan recomendables-, me abstraigo de tanta polémica estéril y trato de no tomarme en serio tanta historia. De hecho, he descubierto la mejor manera de tomar distancia. Coger el coche este sábado y llegarme a la plaza de España de Medina Sidonia, para disfrutar de la IV Feria del dulce y el pan. Me chiflan los alfajores del que fue el pueblo de mi abuela. Y no me importa si los prepara la sobrina de las Trejas, Aromas de Medina o Carmen Mola. De eso trata todo. De la calidad.

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