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Balcones y cacerolas

Esos son los discursos de nuestros políticos. Balcones y cacerolas, sí. Poco más que eso conservaron nuestros abuelos cuando acabó todo

Santiago Abascal ha obviado la España de charanga y pandereta que nos dibujaba Antonio Machado, poeta perdido y eterno, para inventarse la coronavírica Hispania de balcones y cacerolas. Es digno de encomio obtener tropos líricos de un tipo recio como Abascal, joven cachorro que fue de las Nuevas Generaciones aznarianas, caudillo ahora de un grupo político con nombre de diccionario del bachillerato viejo o la reválida. Es un sujeto aparentemente calmo, con su puntito ágil de cinismo y su aplomo de guerrero de Cuba que, como tantos allí, no hizo el servicio militar. ¡Santiago y cierra, España!

Hace Abascal con esto de los balcones y las cacerolas una sinécdoque interesada, esa que confunde la parte con el todo y genera la sensación falsa de que un barrio como el de Salamanca pueda representar a toda una nación. Ni tan siquiera el CIS de "Master Chef" Tezanos puede tapar el descontento generalizado de una ciudadanía enferma o arruinada, pero de ahí a llegar a las cábalas de Vox hay un mundo.

Cada vez que comparo a Pablo Iglesias con Abascal recibo duras críticas de ambos lados del equidistante espectro. La cosa es que les veo parecido, no diré qué físico, pero sí en la defensa de lo extremista de sus ideologías. Resulta algo normal que los dos gallos alfa de los corrales de Atocha se tienten los penachos, exhibiendo afiladas espuelas; no es que me parezca bien, sólo digo que es lógico. Tras las descalificaciones de días pasados en redes sociales, ayer volvieron a enfrentarse en el diezmado congreso de los diputados.

Todo viene a cuenta de los escraches. A Pablo ya no le molan y advierte a los Abascalistas que ese juego sabe jugarlo también. Y lo dice sin reírse, como si no lo hubiera inventado él con los que reventaban charlas en las universidades. Pero, claro, a Abascal le sale la vena derechosa y baladronea al líder de Unidas Podemos: "Si prefieres hacer de matón, no mandes sicarios, ven tú". Que es como decir, ven y recoges, no sé si me explico: que te vas a hartar de comer bordillos, Pablo, como en aquella película tan X de Edward Norton.

"La revuelta es imparable", clama Santiago al auditorio vacío al tiempo que acusa al Gobierno de matonismo, incivismo, chantajismo y todo lo que rime con ismo. Las cacerolas y los balcones denuncian a Sánchez e Iglesias, les advierten de las querellas que vendrán. Toda esta faramalla son fuegos de artificio electoral. Han pasado cien años y parece que sigamos anclados en los odios fratricidas de antaño: en Largo Caballero y Primo de Rivera, en Carrillo y Carrero Blanco. Las derechas e izquierdas civilizadas y centristas parecen haber caído en desgracia y retornan los ecos del Guernica y de ETA, de los abogados de Atocha y del GRAPO, de las cunetas y las checas. Esos son los discursos de nuestros políticos. Balcones y cacerolas, sí. Poco más que eso conservaron nuestros abuelos cuando acabó todo.

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