Análisis

Rafael duarte

Antonio fernández: llevarlo

En el campo los vencejos son herraduras que vuelan. La finca de La Montera, serena y elevada nos espera para charlar. Antonio Fernández, matador de toros, junto con Mané García Ramos, su tío y admirador, nos reunimos en torno a un café. El campo tiene algo que invita a la reflexión, a la confidencia. Yo he visto muchas tardes al maestro con distinto ganado, de muchas procedencias, viejos y jóvenes, nobles o desarrollando sentido. El maestro disfruta toreando. Está puesto. Fibroso. Ágil. Con temple y conocimiento. Evoca tardes. Las primeras vacas cuando no sabía casi ni coger los trastos. A Marismeño en los tentaeros donde lo aconsejaba en cómo cogerlos. Yo creo que al maestro se le está montando esta tarde encima la nostalgia. Rodeado de fotos, una galería completa en las paredes de la finca. El toro de Sevilla. Cómo superó mentalmente la cornada. Cómo tiró la moneda.

Al torero se le vienen faenas con cuatro orejas y rabo. Sevilla, El Puerto, El Bosque, San José del Valle… pero también esas faenas intensas como las que se sueñan: Benalmádena, Caravaca de la Cruz, Madroñil… Tantas y tantas faenas de campo donde todavía se siente. Aquellos patios y caballos, la responsabilidad, la ilusión, la presión de puntuar. El Valle del Terror con su cara y su cruz. Las mentiras. Los triunfos. Los tentaeros de machos y de hembras en Jandilla, Torrealta, el Torero, Cebada, Juan Pedro…

La concepción del toreo se lleva dentro. El toreo es algo que tiene que nacer contigo. El temple se trae de nacimiento. El valor y la inteligencia para entender animales y reglas, también. El valor es el instinto de superación. El miedo el de conservación. Gana el que tenga afición y ganas.

Muchas tardes en la soledad del campo, entrenando duro, la rapidez del pensamiento debe de igualarse con la rapidez física, Antonio sigue ejecutando su toreo personal, ése de pata adelante y recorrido de la res, ese que domina terrenos y voluntades, ese que lidia o lo hace bonito. El temple es el pincel de la emoción.

Recuerdo los cuatro toros que mató en solitario en La Isla. Se la debía a los suyos. Y la lesión en la mano en el primero e infiltrado cumplir el compromiso adquirido consigo mismo y con su magnífica familia, Esperanza, Paco, Montse…María, su hija, nació con Antonio toreando en la Costa del Sol. Pero el maestro, al que le tengo fe y devoción hay que verlo también cuando enseña a los alumnos o aficionados. Ve la res desde que desembarca. Y va diciendo, terrenos, distancias, alturas, profundidades, querencias…Si el que torea sabe escuchar hará una faena completa y maciza. Eso ocurrió ayer, lo viví intensamente, y comprendo al maestro que es toreo puro desde que habla o sale y se pone a disfrutar.

Nos gustaría, cumple quince años de alternativa, verlo en lLa Isla de nuevo. Igual que José Ignacio Ramos o Pepín Liria que vuelven para refrendar recuerdos y sentimientos, verlo en la Feria del Carmen y de la Sal. Recrear para todos lo que recrea tantas tardes en la soledad de la Montera, ese toreo de clase y profundidad, mientras los vencejos como herraduras galopan el cielo y el rumor de los algarrobos es música y silencio para pulsos y almas.

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