Cultura

La verdad de una historia redime a Alexander Payne

Drama, EEUU, 2014, 115 min. Dirección: Alexander Payne. Guión Bob Nelson. Fotografía: Phedon Papamichael. Música: Mark Orton. Intérpretes: Bruce Dern, Will Forte, Bob Odenkirk, June Squibb, Stacy Keach, Devin Ratray. Cines: Bahia de Cádiz, Bahía Mar, Yelmo y Cinesa Los Barrios.

Bruce Dern es un mal actor y Alexander Payne es un director tramposo y sobrevalorado. Pero resulta que este mal actor hace aquí una interpretación memorable y que este director tramposo (porque suele revestir su superficialidad de profundidad y su habilidad de autorialidad) hace una película conmovedoramente sincera y humana. Bruce Dern, tras muchos años como secundario, fastidió como actor principal El gran Gatsby de Clayton y La trama de Hitchcock -dos ejemplos clamorosos de errores de casting-, interpretó la empalagosa El regreso de Ashby y tras una filmografía más bien lamentable volvió a ser secundario en unas pocas películas estimables de Walter Hill (Wild Bill), Tamahori (La brigada del sombrero) o Jenkins (Monster) y muchas mediocres o detestables. Alexander Payne, por su lado, sólo ha dirigido una película notable (A propósito de Schmidt) y dos sobrevalorados bodrios tramposos, cursis y fatuos (Entre copas y Los descendientes).

Asombrosamente este mal actor actúa aquí extraordinariamente y este director fatuo crea una película de desarmante emoción. ¿Gracias al guión de Bob Nelson, que por primera en la filmografía del director le ofrece un texto original en el que él no ha intervenido? No. O no sólo. Como ustedes saben un guión, por bueno que sea, nunca produce automáticamente una buena película. El mérito es de Payne.

Soberbia dirección de actores: Bruce Dern hace la mejor interpretación de su vida -no sean malos: vista su trayectoria, esto podría decir poco, pero se trata de un gran trabajo-, y Will Forte y June Squibb no resultan oscurecidos por la creación de este gigantón amargado y amargante, autodestructivo y destructor, que al final de su vida, dejando tras sí un camino regado de cadáveres emocionales, suscita una incomprensible ternura cuando en su demencia confunde una publicidad con un premio de un millón de dólares e inicia un tan largo como absurdo viaje para cobrarlo. Un viaje cuya meta real es él mismo, sus recuerdos, su familia, sus amigos, su pasado: las ruinas de su vida y de las vidas que él ha arruinado, sembradas en un paisaje desolador. En esto Nelson y Payne siguen de cerca los pasos de la admirable Una historia verdadera, la mejor película, junto a El hombre elefante, de David Lynch.

El mérito, decíamos, es de Payne. Y no sólo en lo que a la dirección de actores se refiere. En esto, si se quiere, ha de contar, como en el guión, con el talento de otros. Sin embargo es totalmente suya la decisión de rodar en un blanco y negro que evita tanto los peligros de la nostalgia de clásicos modernos con los que los ambientes de esta película podrían relacionarse (como The Last Picture Show), como los de buscar un falso realismo efectista. Es totalmente suyo el difícil tono agrio y dulce -no agridulce: nunca mezcla los sabores- con el que desarrolla visual y dramáticamente el muy buen guión de Nelson. Es totalmente suya la creación de atmósferas de pesadumbre que nunca caen en esa tan explotada retórica feísta que se complace en la marginación y la derrota. Es totalmente suyo -y esto para mí es lo más importante- no salirse nunca de las medias luces de lo humano, no condenar ni exaltar, no ceder al tópico de la representación reprobatoria de los tipos comunes o zafios de eso que se llama la América profunda, tan maltratada siempre por un cine que suele mirar desde una altura olímpica de desprecio y censura las vidas sin interés aparente que se desarrollan en los campos, los pueblos y las ciudades medianas.

Nada de eso hay aquí. Ni idealización ni desprecio: la cámara de Payne intenta desvelar el interés que en sí mismo tiene toda vida, por mediocre o igual a otras que pueda parecer. Esto, servido por grandes interpretaciones y filmado con un austero sentido de la imagen, hace la grandeza de esta película que contrasta con la filmografía anterior del realizador y con el actual panorama de un cine americano que parece escindido entre la impostura indie, la violencia estúpida y las grandes máquinas de efectos especiales.

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