Cuando ruge la barahúnda
Reino Unido, 2008. Dirección: Alex Gibney.
En el principio era el caos. Y en medio y hasta el final, y sólo el verbo parece dar un sentido a este caleidoscopio fragmentado, que da vueltas sobre sí mismo hasta la extenuación. Paradójicamente, se presenta una línea clásica de documental con entrevistas entrecruzadas, material fotográfico junto a fragmentos de otros documentales o películas, en un juego de intertextualidad narrativa, donde la palabra escrita se presenta también frecuentemente como imagen. El hilo conductor parece ser el de Ariadna en un laberinto confuso, como si el realizador pretendiera fundir tema y estructura, para pormenorizar un personaje con el que el espectador no sabe con qué carta quedarse. En Thompson culmina un largo y oscuro sendero que comenzó en la absenta generadora de flores del mal, hasta el ácido o el LSD del flower power, tan inocente así como reivindicativo en sus principios, para luego degenerar en el desencanto y el vacío. Gonzo se nos aparece como una figura poliédrica donde sus múltiples caras presentan trazas de oportunismo y heroísmo, al mismo tiempo; la del hombre comprometido que se lanza a la búsqueda del ideario de su patria, como si se tratara del Santo Grial y en cuanto uno se descuida, la luna lo transforma en sórdido lobo, ávido de fama y protagonismo. Contar la verdad, sentido y clave del periodismo, se convierte en pensamiento único del que se auto erige como su único valedor en un acto quizás de soberbia y, a la vez, de idealismo osado frente a la corrección política actual. Sus escritos reflejan el poder de la metáfora como clave para desentrañar la realidad, de la subjetividad de la parte para entender el todo, pero se pierden en una amalgama desbarajustada carente de ritmo que hace flaco favor a quien, por encima de todo, con sus luces y sus sombras, quiso sorprender, aguijonear, impresionar o pasmar, pero nunca adormecer
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