144 años del nacimiento del músico gaditano | En busca de la Atlántida en Sancti Petri 90 años de la 'expedición' más legendaria de Manuel de Falla

  • Este 23 de noviembre, cumpleaños del más universal compositor gaditano, recordamos su visita al islote de Sancti Petri en diciembre de 1930

Manuel de Falla desembarcando en el islote de Sancti Petri en diciembre de 1930. Manuel de Falla desembarcando en el islote de Sancti Petri en diciembre de 1930.

Manuel de Falla desembarcando en el islote de Sancti Petri en diciembre de 1930.

“¿A qué íbamos al islote de Sancti Petri ? Creo que es fácil de adivinar: íbamos en busca del templo de Hércules... Falla quería pisar el sitio donde estuviera el famoso templo dedicado al héroe de su futuro poema” (José María Pemán)

¿Para qué existen los cumpleaños si no es para celebrar? Y, desde Diario de Cádiz, no encontramos otra manera mejor que celebrar este año al músico gaditano más universal que rescatando una pequeña pero hermosa historia dentro de la gran historia que fue la vida del maestro. No nos referimos al centenario de ninguna gran obra, ni siquiera se cumplen números redondos de su muerte o nacimiento, sin embargo, reparamos en que el próximo 12 de diciembre se cumplirán 90 años de la expedición más legendaria de Falla. De su aventura en busca de la Atlántida para inspirar su propia Atlántida.

Ya residía don Manuel en Granada cuando su obsesión por aquel poema de Mosen Jacinto Verdaguer comenzaba a solidificarse en la idea de una nueva pieza, una que él nunca terminaría... Fue entonces cuando aprovechando su viaje a su Cádiz para ofrecer un concierto benéfico el 5 de diciembre en el Teatro Falla, enredó a unos cuantos amigos para que lo acompañaran a visitar el islote de Sancti Petri donde ya se decía que debió estar levantado el Templo de Hércules. Viajar en el espacio, pero también en el tiempo, a la mítica Tartessos que ya se identificaba con la Atlántida, aunque “uno de los navegantes, perito en arqueología gaditana,” señalara al maestro los intentos fallidos del arqueólogo alemán Shulten por demostrar con la ciencia esta relación. Falla no pudo más que lamentar “que la arqueología resultara tan irrespetuosa con Platón”. “Pero no importa. En este duelo vence siempre, en definitiva, la verdad poética”.

Fue José María Pemán, uno de los protagonistas de esta aventura, quien tomó también la voz del narrador para dejar, magistralmente, inmortalizada esta historia que cuenta con pasajes tan bellos como el del “cuerpecillo breve y tembloroso” del autor de El amor brujo, dudando sobre la proa del bote, antes de ser entregado a los brazos del botero que los desembarca uno a uno del vaporcito de “proa alta y picuda” de una almadraba cercana en el que llegan al islote desde la playa de La Barrosa: “Pregunta ingenuamente: -¿Podrás conmigo...? Y la voz de uno de los acompañantes contesta: -Maestro: podría con Wagner, no sé si podrá con usted”.

“Es aquello una escena primitiva y mitológica”, describiría Pemán sobre el momento en el que los hombres tocan tierra y todo lo que aconteció después...

Enfrentarse al viejo fuerte de Sancti Petri y al islote en que se cimienta, “medio derruidos por las embestidas y mordeduras del mar”; el pedazo de cerámica que sacan tras escarbar en la tierra negra; cómo el arqueólogo les explica que bien pudiera ser “el trozo de una urna cineraria del templo de Hércules... Todo aquella activa la imaginación de Falla... “Y el templo estaba en Tartessos, y Tartessos es el origen mítico de la Atlántida... Así, en un momento, el maestro Falla , acariciando el fino casco de barro, prolonga su curva apenas iniciada, hacia todos los nobles y floridos sueños... Y el enigmático trozo antiguo, le hace locuaz como a don Quijote el puñado de bellotas. Nos habla con amor y entusiasmo de su obra futura: la entrada de Hércules, el incendio de los Pirineos, el canto a Barcelona, la canción de las siete pléyades; Hércules, vencedor, corriendo hacia España con la rama cimera del naranjo de oro; la ruptura del Estrecho de Gibraltar. Y luego, los atlantes, formando una torre humana para escalar el cielo. Y cuando ya rozan las alturas, se oye la voz de Dios. Falla se estremece al decirlo. Y la voz de Dios -continúa Falla - inicia la magna estrofa verdegueriana: Atlantes: perecer debéis... Falla hace una pausa. Se oye el rumor del mar. Luego termina con sencillez emocionante: -Esta parte quisiera yo que el coro la cantara de rodillas...”, recordaría Pemán.

El rumor del mar... “Prefiero el rumor de las olas mansas de la playa, no el de las rompientes de las escolleras y murallas. Este último es el diálogo del mar con las piedras; el primero, en cambio, es el monólogo del mar solitario que empezó con el mundo y terminará con él...”, eso decía Falla que lo buscó y lo encontró en Sancti Petri, y en su Cádiz natal durante aquellos días previos en los que “iba mañana y tarde a la playa, se acercaba a las olas murientes y escuchaba en silencio: un minuto, otro, otro... No se saciaba. Con las manos en los bolsillos del largo abrigo, permanecía inmóvil, con los ojos entornados. Y en la bóveda de su alto cráneo bético, parecido al de Séneca, un coro interno y soñado, preludiaria la futura estrofa: Un tiempo fue jardín de Hespérides alegres.

El rumor del mar... Que hoy abraza su tumba, demasiado solitaria, en la cripta de la Catedral de Cádiz.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios