"La cultura no ha de ser mercancía sino una cualidad de la sangre"
Montero Glez. Escritor
El autor madrileño presenta esta tarde 'Talco y bronce' (Algaida). El título, que refleja el mundo lumpen de los años ochenta, obtuvo el VIII Premio Logroño de Novela.
-¿La ley del bronce de la que habla en el libro es la ley gitana o va más allá?
-No, va más allá: la gente del bronce es la gente que, desde los márgenes de la historia, tiene un código interno en su lenguaje. El código interno que tiene El buscón de Quevedo en su lenguaje es el mismo que tienen mis personajes en los ochenta. Cambia, claro, evoluciona con el tiempo... pero siempre es un código interno a la hora de buscar el significado. El lenguaje se va transformando con la época pero siempre ha existido un vocabulario y un código interno de la gente del bronce, que vive en los márgenes. La gente del bronce es la gente que está segmentada en los márgenes: va más allá de gitanos, mercheros y cualquier tipo de raza excluida. La gente del bronce es desde el Siglo de Oro, la gente marginada.
-En 'Talco y bronce' refleja el escenario lumpen de los ochenta. De hecho, El Nani es uno de los personajes, pero aparece como secundario.
-La historia es una historia de amor en los años ochenta, y quería basarlo en hechos reales. No encontré ninguna novela del primer desparecido de la democracia, aunque sí la película. Sí había mucha crónica, mucha no ficción, mucho periodismo... Pero no encontré una fábula, así que me dije: "¿Qué haría James Ellroy a partir de estos hechos, si en vez de hablar de policías corruptos en Estados Unidos hablara de los corruptos de aquí?". En el policíaco español siempre me quedo como si fuera una fantasía, con los investigadores buenos y los delincuentes malos... Aquí quería demostrar que hay malos, y que hay malos malísimos, y son estos policías capaces de articular una banda de delitos desde arriba.
-¿La novela negra en España no refleja la realidad?
-La primera novela negra se escribe hace cuatro siglos, dentro de Las novelas ejemplares de Cervantes, con Rinconete y Cortadillo: esa especie de pícaros que se juntan camino del sur y ahí salen los elementos de la novela negra, el burle, el juego de cartas, la picaresca, incluso una especie de crimen organizado cuando llegan a Triana... Fue la primera y fue la mejor. A partir de ahí, se degenera. En la sociedad industrial pudo tener un impulso este tipo de novela, pero Franco dejó esto como un erial y ese tipo de reflejo no existe. Tenemos a Plinio, un policía bueno que es una especie de Holmes ibérico, hasta que alguien rasca con una cerilla los rincones oscuros. Y ese alguien es Jorge Martínez Reverte con Demasiado para Gálvez, y también aparece Juan Madrid, y luego Mendoza con La verdad sobre el caso Savolta, con una estructura de vanguardia tomada de hechos sumariales. Pero la novela social se va abandonando gradualmente con la llegada del PSOE al poder, y se empieza a apoyar a gente como Juan Benet: una literatura más aburrida. Hasta ahora, que parece que hay ganas de alumbrar rincones oscuros de la sociedad pero aun así, la tradición actual parte de Plinio el poli bueno. Tal vez la época de Martínez Reverte fue la mejor para el género. Ahora, se está mercantilizando.
-El Madrid que retrata es un Madrid que conoció de cerca.
-Lo viví. Era joven en el Madrid de los 80, se masticaba la inseguridad ciudadana. Casi todo el mundo vivió un asalto alguna vez, aunque esa situación se subrayaba desde los medios de comunicación: una cortina de humo para tapar los verdaderos problemas que hay también ahora. Con la inseguridad ciudadana nos vendieron miedo para que el pueblo comprarse seguridad.
-Teoría del shock en toda regla... En la novela se refleja que la Transición no fue limpia en muchos aspectos, que arrastraba gustosos lodos de todo tipo. ¿Seguimos en ellos? ¿Son endémicos?
-Esto tiene una raíz lógica y es que Franco murió en la cama. Una vez muere, se pasa página y dejamos atrás los delitos de sangre y los delitos de robo del Franquismo y colocamos a su hijos en los partido. La disidencia se la van cargando y luego, lo que es la verdadera izquierda, libertaria, pura... se ve intoxicada policialmente, como al final de los años 60 como con el Caso Scala de Barcelona. Todo el movimiento de la disidencia de izquierdas se termina gradualmente... Esa continuidad tiene el principio del fin ahora, cuando se cumplen cuatro años del 15M, y los jóvenes salen al Kilómetro Cero a exigir el relato veraz de la Transición, a decir que no entienden a esos que no nos representan. A mí me han dado una lección, desde luego: esta novela no hubiera existido si los chavales no salen a la calle a buscar respuestas a ese vacío y, también, a preguntarnos a los de mi generación "¿Qué habéis estado haciendo?". Mi generación no luchó, por eso se perdieron tantos derechos. A partir de ese movimiento, se organizaron los yayoflautas, las mareas y los partidos de personas que hacen política. Para mí ha sido toda una lección y me dije: "Voy a aportar mi granito de arena y contar de dónde venimos". Yo soy libertario, y pienso que la autoridad y el Estado poco o nada tienen que ver conmigo, pero para acabar con las autoridades, la del mercado la primera, tenemos que actuar desde el consenso (por eso estoy con Pablito Iglesias y lo que su gente propone). Y aquí hemos pasado del Estado autoritario gris marengo a al Estado hegeliano en el que el individuo no puede hacer nada.
-El opio del pueblo no es una expresión desfasada. Toma muchas formas, más o menos perniciosas, nunca inofensivas.
-Nunca lo son.
-En los ochenta actuó como tal droga, ¿y ahora?
-Pienso que la televisión como medio, aunque el opio del pueblo está en la superestructura. Por un lado, tenemos los informadores y todo lo que son las cadenas televisivas: la intoxicación vienen por ahí. Y en la cultura, en lo que nos venden como cultura, en mi gremio lo que se vende es una farsa: la cultura no es una mercancía sino una cualidad de la sangre, y tampoco se puede culturizar la mercancía. Se está vendiendo farsa como literatura y lo peor de todo es que se vende farsa como relato de hecho real, en lo que es la historia. El opio está en todo ello (superestructura), desde los medios hasta lo que nos venden como mercancía del libro: hay que invertir los términos y que la cultura sea un fenómeno con raíz moral, que sea intrínseco al ser humano, que no sea un adorno.
-¿Sabe si algún policía ha leído la novela? Porque en la historia nadie sale bien parado, pero ellos menos que nadie.
-Nunca pensando en lo que puedan pensar al leerme: si lo haces así, pierdes pistas, te despistas. Pero espero que si algún policía lo lee, deje la placa y la pistola, se haga pueblo y deje de ser guardián.
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