Cultura

La chica de portada que no quiso serlo

  • El nuevo diseño de la portada de 'Lolita' para Anagrama rompe los estereotipos en un ejercicio que une, al fin, continente y contenido

¿saben cuando se dice eso, a la vez tan plano y tan difícil de explicar, de que una novela esta "bien escrita"? La Lolita de Nabokov está varias galaxias más allá de "bien escrita". Es un reloj sin manierismos, un ejemplo práctico -al alcance práctico de nadie- de cómo emplear la pulsión poética en la prosa sin caer en el lirismo. Su otro gran logro es la perspectiva: conseguir que entremos en la piel pegajosa de ese anfibio perverso y elegante que es Humbert Humbert. Misógino, maniático, arrebatado a la belleza: la joven Lolita es, a sus ojos, una nínfula, pura eclosión de lo bueno, bello y verdadero; y es, también, una seductriz -inventemos el palabro-, quién sabe si inconsciente.

Suya, de Humbert Humbert, es la historia. Pero la gran maestría de Lolita es que la verdad flota por encima del prodigioso discurso de Humbert, el anfibio: y la verdad es que la de Lolita es la historia de un abuso. No es una interpretación particular: no sólo es imposible leer la novela sin percibirlo de otro modo, sino que el propio Nabokov lo recalcaba. "Cada noche, cada noche -como relata Lola López Mondéjar en una novela del mismo título-, Lolita lloraba". Por ello, Nabokov no estaba de acuerdo con la elección de una adolescente para interpretar a la protagonista en la producción de Kubrick: una niña, sostenía, hubiera sido más adecuada para señalar la acusada diferencia de edad, la relación desfasada y enfermiza que existía entre los personajes -sugerencia imposible, sin embargo, para los estándares cinematográficos-.

La adaptación de Kubrick incidió tanto en el imaginario que una "Lolita" pasó a ser sinónimo de seductora precoz. La iconografía (coletas, gafas de corazón, piruleta) funcionó como un puñetazo. Y así como no hay mayor ciego que el que no quiere ver, tampoco hay historia más allá de la que uno quiere escuchar. ¿Mansplaining, mansdegluting? Mucho más atractivo para el espectador /receptor tipo era intuir una historia desestabilizadora en la que la víctima (el hombre) tenía mucho de pobre diablo: caer entre las garras seductoras de una niña de doce años. Por supuesto: ¿a quién no le puede ocurrir algo así? Son los padres, que las visten como putas.

"Nada de niñas", llegó a señalar el propio Nabokov, largo como el mismo diablo, cuando discutía cómo debía ser la portada de la novela. Da igual. Lolita dejó pronto de ser Lolita. La mayor parte de las portadas de las muchas ediciones que se han dado de la novela han reproducido algún fotograma de las distintas adaptaciones; o una seductriz infantil de gesto pícaro (en fin); o alguno de los elementos asociados con el mito (de nuevo: coletas, gafas de corazón, piruletas). Alguna, es cierto, retoma el tema de la mariposa, que era el que Vladimir Nabokov tenía en mente -y que remite al concepto de nínfula-: en la primera página de su copia personal del manuscrito, Nabokov había dibujado varias mariposas agolpadas y la transcripción de "Lolita" en japonés.

Es difícil encontrar un caso de disociación más grave entre lo que hay dentro y fuera de un libro que en el caso de Lolita. Consciente de ello, John Bertrand convocó hace unos años a distintos ilustradores para que desarrollaran una portada que se mantuviera fiel, tanto a los deseos de Nabokov como al contenido de la novela. Una selección de esa convocatoria aparece en las interesantes propuestas reunidas en Lolita: historia de una chica de portada (Lolita: The Story of a Cover Girl), que Bertrand terminó publicando en papel. Un trabajo -afirmaba Mary Gaitskill en el prólogo- más difícil de lo que pudiera parecer, ya que "ninguna portada podría plasmar las combinaciones imposibles e infernales de amor y crueldad que se encuentran en la historia". Tal vez. Desde luego, la propuesta consiguió reunir ideas soberbias: por ejemplo, la piruleta aplastada de Jennifer Heuer, efectiva en su simplicidad; o los labios que reproducen la fonética de Lo-li-ta de Matt Dorfman, que remiten implícitamente a la obsesión de Humbert Humbert y a la sensualidad no buscada. O el trabajo de Jamie Keenan, con un libro hecho carne que recuerda lo escandaloso -¿en su época? ¿en esta época?- de sus páginas.

La nueva portada de Lolita de Anagrama -firmada por Henn Kim-, con una chica atravesada por unas tijeras y una llave de cuerda a la espalda, no hace más que casar continente con contenido.

En tiempo de revisionismos, Lolita se ha convertido en un farolillo rojo. Laura Freixas, por ejemplo, opinaba esta semana que la obra merece ser leída pero no "sacralizada". Sin embargo, los elementos resbaladizos de la historia -la cosificación "justificada", la supuesta seducción, un abuso que, a ojos de su narrador, se nos presenta como consentimiento- ni están en la conclusión ni son lo que la novela cuenta -mientras que los hechos que se narran, como en un juicio, hablan de cosas tan brutales como un tutor legal que tiene relaciones con una niña, el secuestro de una menor o los crímenes de sangre de Humbert Humbert-. La zona gris la procuran las proyecciones de la mente del protagonista -Nabokov nos la cede: aquí tienen el cerebro de un pedófilo narcisista, tengan cuidado, no se manchen- y la interpretación -predominante, sesgada y, sí, machista- que terminó popularizándose de la historia.

Asumirla como una influencia funesta es no haberla entendido.

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