max. premio nacional del cómices

"Incluso el cómic más banal y de serie B es arte para mí"

  • El dibujante barcelonés afincado en Mallorca ha participado en la muestra que reúne en Sevilla los diez primeros libros de cómic galardonados desde 2007 por el Ministerio de Cultura

Max (Barcelona, 1956) en la exposición de la Casa de la Provincia de Sevilla en que participa. Max (Barcelona, 1956) en la exposición de la Casa de la Provincia de Sevilla en que participa.

Max (Barcelona, 1956) en la exposición de la Casa de la Provincia de Sevilla en que participa. / reportaje gráfico: belén vargas

Esrecién llegado de la isla de Mallorca, en cuyo interior reside desde hace décadas, Francesc Capdevila, más conocido como Max, recorre la muestra colectiva que la Casa de la Provincia dedica en Sevilla a los 10 primeros años del Premio Nacional del Cómic y comparte algunos de los secretos de Bardín el Superrealista, libro con el que ganó en 2007 la primera edición del galardón. Es uno de los nombres esenciales del dibujo y la historieta pero también un pensador que nos ha acercado a través de sus imágenes algunos de los mayores logros de la cultura europea. Así ocurre con dos de sus libros ilustrados: el que dedicó al pintor El Bosco con motivo de la muestra que el Prado inauguró en el V Centenario de su muerte; o el que realizó en 1994 para la Fundación Luis Cernuda sobre el mito de Orfeo. Órficas, que Nórdica y La Cúpula reeditaron en 2017 tras llevar años agotado, es un título clave en la producción de este hombre afable y extremadamente fiel a sus afectos, a sus chanclas y sus paisajes mediterráneos. Ajeno a boatos y coches -o aviones- oficiales, Max es uno de los mayores artistas que ha dado este país.

-¿Qué supuso ganar con Bardín el primer premio del Ministerio de Cultura al cómic?

-Bardínme sirvió para reconectar con los cómics tras varios años haciendo obra menor o un poco dispersa y dedicándome sobre todo a la ilustración como medio de vida. Supuso mi regreso y el volver a hacerme fuerte en el cómic, y también el inicio de mi última etapa.

-¿Qué rasgos comparte el personaje de Bardín con una obra que, desde sus inicios en los 80 en la revista El Víbora, ha abarcado trabajos tan diversos como carteles, portadas de discos, ilustraciones, viñetas y cómics?

-En cuanto a la temática hay una exploración del mundo de las ideas filosóficas, artísticas, religiosas... Bardín toma esos asuntos pero les mete una bomba retardada de humor dentro. Eso ha estado un poco presente en toda mi trayectoria anterior y en la posterior, donde el humor es cada vez más acusado. Con Bardín encontré el camino por donde transitar y el tema del humor desde entonces lo llevo como bandera. No voy a renunciar ya nunca al humor.

-El comisario de esta muestra antológica sobre el Premio Nacional, Pepo Pérez, destaca de su obra el equilibrio que logra entre la densidad de las ideas que maneja y la aparente ligereza -su admirada línea clara- con que las presenta. ¿Está de acuerdo?

-Creo que se refiere a mi manera de tratar unos temas que podrían ser muy áridos o pedantes si no les aplicara un poco de humor. Encontré esta fórmula de abordar asuntos que me interesan sin ser yo ningún especialista en nada pero sí un consumidor de cultura, que es lo que más soy. Me permite expresar mis dudas sobre todo. A partir de ahí me han adjudicado a veces la etiqueta de dibujante filósofo pero yo no soy nada de eso. Mi nivel cultural es medio pero a mí el consumir arte y cultura me hace reflexionar, me plantea dudas, y esas dudas generan en mí ficciones que yo a mi vez dibujo y escribo para que continúe esta cadena de autor a lector. Digamos que el hueco que he encontrado en el mundo es éste: seguir la cadena.

-¿No le tienta realizar una novela gráfica sobre un icono cultural como hizo Zapico con su biografía de Joyce en Dublinés, Premio Nacional del Cómic en 2012?

-No. Podría hacerlo y ha habido algún encargo frustrado en ese sentido pero no es algo que me tiente. En todo caso tuve la oportunidad cuando el Museo del Prado me planteó hacer una obra original donde recreara la vida de El Bosco o trabajara a partir de su obra.

-¿Qué elementos valoró al recibir en 2016 el encargo del Prado?

-Me facilitó las cosas el hecho de que se sabe muy poco de la vida de El Bosco, existen aún muchas lagunas. Eso me dio el pretexto para abordar con libertad su arte y meterme donde realmente yo podía hacerlo: en sus cuadros. El Bosco es un pintor por el que he tenido devoción desde siempre. Me llamaba la atención lo mismo que a todo el mundo, ese desfile de bichos raros y situaciones extrañas que en teoría él realizó para provocar miedo pero que a mí me parece que, por el contrario, dan risa o incitan a la lujuria. Tras estudiar a fondo lo poco que se sabe de su vida y de su obra logré hacer este libro porque me identifiqué con él en dos aspectos: en el hecho de que, al igual que yo, él trabajaba por encargo, como ocurría con todos los artistas de la pintura antigua; y en el tema del catolicismo, pues El Bosco debía ajustarse a esos temas que le pedían. Me eduqué en un colegio de curas y la religión es una carga con la que he tenido que lidiar muchos años después de dejarla. Y ese mundo torturado del Bosco, ese fardo del pecado, ha estado durante años en mi cabeza y me hacía sentirme muy cercano a él. Pensamos en El Bosco como una persona que siempre fue de la misma pieza pero no creo que eso fuera cierto. Lo imagino como alguien muy creyente de joven, con dudas después, y al final prácticamente ateo. Y aunque la cronología de sus cuadros también es confusa, El Jardín de las Delicias es una obra de madurez claramente, él ya es lo suficientemente descreído como para atreverse a jugar con el tema que le han encargado: esa ambigüedad entre lo terrorífico, lo risible y lo grotesco. Y después, si rastreas muchísimo el cuadro, ves cosas que los estudiosos del arte no han visto, como me ocurrió a mí: hay un ojo en mitad del primer panel, una fuente con un agujero y un búho dentro, y ahí insertó un ojo con su iris... Y ése es, para mí, el ojo del pintor, del Bosco. Y está situado justo allí, en el momento de la creación del paraíso.

-¿Quiere decir que advirtió un mensaje de afirmación del artista como creador?

-Sí. Y también saqué esa conclusión por la presencia de las aves nocturnas que dibuja, como búhos, lechuzas... Sólo en esta pintura hay cuatro o cinco diseminadas. Experimenté esto en carne propia: a mí también me dio durante un tiempo por incluir búhos en todas partes y al hacerlo estaba representando, sin saberlo, al artista, porque el ave rapaz nocturna es la que ve en la oscuridad lo que los demás no ven y, por tanto, la que enseña. Hay tantas teorías de los historiadores del arte sobre El Bosco y son tan distintas entre sí que pensé que no estaría tan equivocado si tenía la mía propia, tan particular como lo son las suyas. Pero quien me abrió los ojos a la hora de interpretar su cuadro más célebre no fue un historiador del arte sino el filósofo Michael de Certeau, que le dedica un capítulo en su libro sobre la mística de los siglos XV y XVI. Su visión no la encontré en los tratados clásicos sobre El Jardín de las Delicias pero es la que me abrió los ojos. Él dice que el cuadro no tiene ningún sentido y que El Bosco juega en él al despiste total, que es una obra llena de pistas falsas y callejones sin salida. Dice muchas más cosas pero ésta ya bastaba para dejarme boquiabierto.

-En su libro, titulado El tríptico de los encantados (Una pantomima bosquiana), tomó como punto de partida tres obras. El Jardín de las Delicias parecía una elección obvia pero se decantó además por La extracción de la piedra de la locura y Las tentaciones de San Antonio. ¿Por qué estas dos?

-Obviamente tenía que elegir pinturas suyas en las colecciones del Prado y la de la piedra es para mí como la viñeta de un cómic, una pintura que me servía a la perfección para iniciar la historia que quería contar. Curiosamente luego los holandeses pusieron en duda la autoría del cuadro y en el Prado se enfadaron muchísimo, por lo que yo me alegré más de haberlo elegido. Las tentaciones de San Antonio aborda un tema que él trató en varios otros cuadros pero éste del Prado siempre me pareció una delicia, con su formato pequeño, muy tierno. Y decidí hilar una historia con los tres. Mi relato arranca justamente con un tipo al que le extraen su locura y esa piedra viaja gracias a un pájaro -porque había quedado olvidada por ahí- hasta un lugar donde está San Antonio, que la recoge junto al cerdo. Pero no se trata de una piedra, sino de una canica translúcida donde, al mirar dentro, encuentran el mismísimo Jardín de las Delicias. En realidad la piedra no tiene un significado preciso, es como un Macguffin hitchcockiano, un elemento de suspense que me permite avanzar la historia. El asunto del libro no es la piedra aunque al final volvemos a ella para decir que si a uno le extirpan su locura la acaba añorando. Y quien dice su locura dice su imaginación, su capacidad de fantasear.

-¿Qué sintió al ser el artista que introdujo el cómic en el Prado? -Fue un hecho importante pero no hay que perder de vista los orígenes turbios y de serie B del cómic. Ambas cosas tienen que coexistir, a mí el cómic más cutre y más banal me parece arte aunque no me parezca bueno. Porque también hay arte malo en el arte contemporáneo pero nadie le discute su carta de naturaleza, así que con el cómic debería ser lo mismo. Me considero un eslabón más en la historia de la creación y por eso me hace ilusión haber trabajado para el Prado, y que allí tengan el cuaderno de bocetos que sirvió para el libro, del que hice donación al museo. Ellos además me compraron tres originales relacionados con el proyecto. Así que, sí, tengo obra en el Prado aunque no está expuesta, se exhibió solamente unos días.

-En Órficas pintó, como en El tríptico de los encantados, numerosos animales. ¿Qué recuerda de la génesis del libro? ¿Conectaba con el tema del músico y su descenso a los infiernos?

-Desde hacía años estaba descatalogado y había gente que lo buscaba o me lo pedía. Órficas fue el primero de mis libros que no era sólo un cómic pues allí escribí textos, fue mi primera experiencia como escritor. Y además la Fundación Luis Cernuda y su extraordinario equipo me dieron carta blanca, al igual que el Prado ahora, así que pude experimentar mucho, tanto en dibujos en blanco y negro como en color. Incluí también historietas y unas estampas que embellecían cada acto de la ópera de Monterverdi... Disfruté mucho escribiendo y dibujando ese libro. Además me sentía muy cercano al tema de Orfeo en ese momento de mi vida. En cuanto a los animales, lo cierto es que me gustan mucho y tiendo a dibujar aquello que me entusiasma, como mi perro.

-En esta exposición se recalca la influencia del surrealismo en su trabajo. ¿Qué otros referentes visuales destacaría?

-Bebo de muchas fuentes, desde la pintura paleolítica -que protagoniza mi próximo libro- al arte minoico y la pintura renacentista flamenca, el romanticismo y las vanguardias históricas. Y por supuesto del cine de Buñuel, de David Lynch... Hay una serie de directores y de músicos esenciales para mí, de los cuales aprendo mucho. Y luego están mis dos creadores favoritos del siglo XX, las dos influencias que siempre se cuelan en mi obra: Borges, esencial en la escritura de mis guiones, y la otra, tal vez menos evidente, es Kafka. Aunque ilustré un libro suyo -El fogonero- esa influencia aún resulta extraña pero está ahí, me interesa mucho el humor torcidillo de Kafka.

-¿No echa de menos contar con un guionista con el que trabajar codo a codo regularmente?

-No, desde hace tiempo no. Aunque desde el principio me apañé como dibujante y fui creciendo, en cambio como guionista era un desastre. Tenía ideas en la cabeza pero organizar los temas para convertirlos en historias me costaba mucho. Finalmente aprendí con Mique Beltrán en un libro que hicimos juntos, Mujeres fatales, a convertir las ideas en historias y a partir de ahí me he sentido fuerte para hacer mis propios guiones. Además las cosas que me gustan a mí son tan personales que no podría trabajar con guionistas.

-Colabora desde hace años con el suplemento cultural Babelia. ¿Nunca le falla la inspiración?

-Tengo que estar pendiente cada semana de dar con la idea y a veces no la encuentro hasta que está a punto de cumplirse el plazo pero siempre acaba saliendo.

-¿Qué proyecto le gustaría realizar si no hubiera trabas económicas, si tuviera un mecenas?

-Lo que más me gusta últimamente es escribir, incluso más que dibujar. Estoy escribiendo además muchas más cosas de las que puedo pintar y por primera vez igual soy yo quien acaba buscando dibujantes. Nunca escribo ensayos, es siempre ficción. Incluso he escrito un cuento infantil que está dibujando Flavia, una ilustradora mallorquina. Sin embargo, ahora estoy terminando un libro que llevaba cuatro años en mi cabeza y en el que no hay palabras, sólo imágenes. En cuanto a los mecenas, no los busco porque no existen. Soy lo suficientemente viejo para saber lo que me espera el resto de mi vida y a lo que me voy a tener que enfrentar; voy a continuar en la guerrilla. Tengo un proyecto para el que sería estupendo contar con un mecenas y es hacer una película real, no de animación, pero tampoco me empeñaré en ella. Si sale, bien, y si no, no. Seré el autor de la historia y el guionista, también de algún modo el director de arte y el creador del story-board pero no la dirigiré. La cámara y el cerebro lo pondrán, si llega el momento, otras personas que saben de cine mucho más.

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