Cultura

Don Carlos, príncipe romántico

  • Akal publica el drama en el que Schiller reinventó al hijo de Felipe II

Carlos de Habsburgo, príncipe de Asturias, fue el malogrado hijo de Felipe II y su primera esposa, María Manuela de Portugal. A su deformidad física (tenía las piernas desiguales y una joroba incipiente), se unió un carácter violento, sádico, inestable, que precipitó su final cumplidos los 23 años. Fue este ánimo turbulento, y su acercamiento a la facción rebelde, el que impidió que se le concediera el gobierno de los Países Bajos, en beneficio del Duque de Alba. Y también el motivo último de que se le confinara en el castillo de Arévalo, donde murió en julio de 1568. Con esta infortunada historia, el Romanticismo construyó la leyenda de un doncel heroico, libertador de Flandes y edípico antagonista del rey de España. Con este episodio aciago y doloroso, Friedrich Schiller escribirá su Don Carlos (1787), obra que luego Verdi llevaría a la ópera en la segunda mitad del XIX.

Sin embargo, para que se produzca esto a finales del XVIII, han tenido que suceder varias cosas. Se ha debido suscitar un vivo interés por el pasado, como ocurre en la historiografía de Herder y la estética de Wackenroder; se ha tenido que imponer la libertad como nuevo ideal del siglo; se ha sustituido la Razón por una lírica de las pasiones; se ha adoptado el modelo de una juventud airada y turbulenta, frente al de una ancianidad erudita, pausada y respetable; se ha convertido al individuo, al artista, al hombre excepcional, en transmisor e intérprete de la realidad, en genio visionario. Si aceptamos todo esto, será fácil comprender la lectura que hacen Schiller o Verdi de la Historia de España. Una lectura que utiliza el pasado para ejemplificar y elucidar su tiempo presente.

Así, el infante don Carlos será el joven hermoso e idealista que nunca fue; y su padre, el rey Felipe II, el monstruoso anciano, tiránico y aborrecible, que sojuzga a los países de la Protesta (Felipe II contaba 39 años cuando muere su hijo). De igual modo, Isabel Valois, la joven esposa del monarca, será el amor inconfeso que la política de Estado arrebató al Infante. Amor, juventud, libertad, un caudillaje épico de los pueblos, son los nudos que enlazan esta tragedia romántica. Y es romántica no sólo por el friso atormentado de los jóvenes amantes, o por el genio providencial de don Carlos, sino por el discurso libertario, por la construcción nacional que la Alemania de Schiller y la Italia de Verdi emprenderán en aquella hora, antes y después de la derrota napoleónica. Buena parte del interés del XVIII y el XIX por la Historia de España se debe a su Leyenda Negra; leyenda auspiciada por los enemigos del imperio Habsburgo, y que en el Romanticismo sirvió de expresión, de ejemplo vivo, para las fuerzas ingobernables que alientan en el ser humano. Esa es la razón de Shakespeare o Calderón de la Barca influyan de modo determinante en el teatro de la época. Ése es el principal motivo (la ambición, la crueldad, los conflictos religiosos, la tiranía regia) de que Schiller encontrara en Felipe II, en el desgraciado fin de su primogénito, una excusa para componer su ambicioso drama. La libertad de los Países Bajos que aquí se postula, con inadvertidos anacronismos, no es sino metáfora de una Alemania en ciernes.

Don Carlos, por otra parte, expone uno de los problemas del teatro romántico, luego tratados por Hugo en su prólogo a Cromwell. La unidad de tiempo, acción y lugar, defendida por el teatro clásico francés, dará paso a una multiplicidad de lugares y escenarios, así como a una temporalidad más laxa. En este sentido, el Don Carlos de Schiller es todavía deudor del teatro de Racine. La temática, no obstante, es plenamente moderna. La juventud, la pasión, el sino irracional que copa las almas, serán sacrificados por un ideal más alto: la libertad de los países oprimidos. Todavía el Nemo de Verne vive de esa vindicación. El rey triste, el rey prudente, el hijo de Carlos V, habrá de esperar a Braudel, a Lucien Febvre, a Bataillon, para que se le haga justicia.

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