MÚSICA Diana Navarro, garganta sublime

  • La artista malagueña anticipó su nuevo álbum ‘Inesperado’ en Sancti Petri

  • El concierto chiclanero se caracterizó por su gran teatralidad, derroche vocal y variedad musical

La cantante Diana Navarro, durante su actuación en el Concert Music Festival La cantante Diana Navarro, durante su actuación en el Concert Music Festival

La cantante Diana Navarro, durante su actuación en el Concert Music Festival / SONIA RAMOS

Dio el miércoles noche en el centro de la diana. El aforo frente al escenario Lenovo del Concert Music Festival no consiguió llenarse al completo pero los aplausos de la audiencia suplieron las ausencias físicas con una calurosa bienvenida a la garganta sublime de la artista malagueña. Muy emocionada salió a escena y cumplió Diana Navarro. Acertó con un espectáculo muy teatral, con abundantes cambios de vestuario en casi dos horas de recital -hasta en seis ocasiones- y sobre todo un repertorio de temas que viajan por diferentes estilos y matices sin devenir extraño.

Y es que Diana Navarro es una rara avis de nuestra música. Transita entre lo tradicional -copla, zarzuela o flamenco- y la vanguardia sin disrupciones. De esto último dio muestra en la última canción de la velada, una versión trap de Encrucijada de Marifé de Triana que ya está promocionándose como sencillo y que dejó a todos con la boca abierta. Pero hubo más, una colección de melodías que la artista tuvo el detalle de introducir con sus correspondientes títulos en la pantalla que abrigaba las notas de su banda: el gaditano Javier El Capitán (guitarra), Juan Bandera (percusión) e Iñaki García (piano).

Diana Navarro comenzó la noche de blanco -un color que fue la tónica de su indumentaria- e interpretando Una flor como la mía para, a continuación, asegurar que “es un honor estar aquí hoy”. La audiencia respondió con entusiasmo durante todo el recital y claudicó ante las capacidades vocales de la cantante. “¡Qué barbaridad!” o “Lo cantas todo” solo fueron algunas de las expresiones que se oyeron entre el público cuando la garganta privilegiada y reconocible en Sancti Petri y en cualquier rincón de Navarro se expandió en toda su riqueza en cada uno de los pasajes que interpretó, a ratos a susurros, en ocasiones absolutamente desbocada en pasión pero milimétricamente controlada, al tiempo, con la precisión de un reloj.

Voz y presencia escénica, Navarro montó un espectáculo con las dosis justas de teatralidad para vestir las canciones. Así, calmó los calores del fuego amatorio con un abanico en Moreno, recogió la chaqueta del roneo con Me bebo tus secretos, invocó al sentimiento con aires morunos y flores blancas en Cuando venga el amor, recorrió la procesión del deseo iluminada de Coral y espuma -en esta ocasión de negro-, jugó a preguntas y respuestas con el destino con una actitud jovial, acompañada de palmas y coronada con una diadema en Inesperado, le dio el rollo rock a los palillos flamencos con La flor del asfalto, y miró más allá del horizonte de las despedidas con Adiós, una melodía con mimbres chill out con la que la artista quiso cantar “a la tristeza tan enorme que nos queda cuando alguien se nos va y el consuelo que permanece cuidándonos”, explicaba al público.

Todos y cada uno de estos títulos fueron estreno en Sancti Petri, aunque la cantante tampoco escatimó en composiciones pasadas, algunas no tan lejanas como las que formaron parte de su anterior disco de estudio Resiliencia.

Se escuchó la reivindicativa Los niños, no, en la que tiraba del piano al suelo un montón de papeles, seguramente y metafóricamente mojados por el llanto de esas criaturas olvidadas, moneda de cambio del egoísmo de sus padres. “¡Qué importantes son los niños! Ellos son el futuro. Los mayores debemos facilitarles valores. Cuando los padres se separan no deben utilizarlos para hacerse daño”, relataba Navarro.

También Olivia Ovidia, “la historia real de una mujer que me robó el corazón, me pidió ayuda para volver a su país, Bolivia”, contaba la artista sobre la composición de Antonio Martínez Ares que remató lanzando un beso al cielo.

Y una más, El perdón, que consiguió que el respetable se pusiese en pie, algo que no dejó de repetirse a lo largo de la cita, sobre todo cuando la malagueña recurrió a su artillería pesada, como su voz de mil quilates. “Me gustaría ahora, que parece que estamos en un teatro, hacer una capela”. La gente recibió con gusto la propuesta de la artista que, atendiendo peticiones, encaró sin acompañamiento alguno, despojada de artificios y teatralidad el tema Deja de volverme loca reconvertido en sus postrimerías en María la Portuguesa de Carlos Cano. “Hace mucho que no la canto”, confesaba Navarro. Un poco más adelante aprovechó cambios en la escenografía para regalar Romance de la otra, preludio a la parte más sureña y disfrutada del concierto. “No me quiero ir sin cantar flamenco, hubo un antes y un después de grabarlo en mi carrera”, explicaba.

Y de esta manera se puso flamenca la garganta insondable de Diana Navarro en el sitio adecuado, Cádiz. Acompañada ya de cajón y guitarra y mantón en ristre regaló sus Cuplerías, compuestas de la canción que la lanzó al estrellato, Sola, la singular media granaína con tintes de jazz latino para la ocasión y ampliamente aplaudida por los asistentes que la estuvieron esperando durante el variado recital; las bulerías Yo soy Matilde la Chula; y La loba, de nuevo Marifé. Un breve pero intenso recorrido por nuestra raíz que demostró de nuevo el arrojo y las capacidades de Diana Navarro para afrontar cualquier género con precisión e imprimiéndole su propio estilo al cantar.

“Aquí en mi corazón os llevaré siempre. Que tengáis un feliz verano y nos veamos muchas veces”, se despidió la artista. La estaremos, sin duda, esperando.

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