Cuando el silencio se adueñó de las calles
Enfoque de Domingo | Dos años de pandemia
Hace dos años las ciudades se vaciaron, la distancia se impuso a los abrazos y la realidad se convirtió en película
El sábado 13 de marzo de 2020, un Pedro Sánchez cariacontecido anunció que España declaraba el Estado de Alarma para intentar frenar al coronavirus. “El heroísmo también consiste en lavarse las manos”, dijo, antes de vaticinar que nos esperaban “semanas muy duras”. Poco después del anuncio de Moncloa varios aviones que se dirigían a nuestro país procedentes del Reino Unido se dieron la vuelta en el Canal de la Mancha. Fue sólo la primera muestra de pánico a un virus que cambió nuestras vidas, que se llevó miles por delante, familias enteras, y que vacío las calles dejando para el recuerdo imágenes que permanecerán por siempre en la memoria colectiva de quienes vivieron un momento histórico.
En la provincia de Cádiz la primera ola no se dejó sentir con la fuerza de otras posteriores. Hubo días, lejanísimos, en que no se notificaron contagios en toda la provincia, pero el confinamiento fue idéntico al de otras zonas del país donde el covid llenaba de ataúdes pabellones enteros.
El confinamiento se inició el 15 de marzo y se prolongó hasta el 21 de junio. 100 días. Aunque algunas semanas antes de levantarse ya se permitió a la población salir a pasear un par de horas o a hacer deporte, los primeros 40 días fueron duros, muy duros.
Desde este diario fuimos testigos de escenas de película, con los militares fumigando residencias de ancianos como la de Alcalá del Valle o trasladándolos en vehículos especiales hasta La Línea. En los supermercados escaseaban productos como el papel higiénico, las colas fuera de los establecimientos se hacían interminables, se cerraron las escuelas y los centros de trabajo. Llegó el teletrabajo, que todavía colea en algunos sectores, y los balcones se llenaron cada tarde para aplaudir a esos héroes de la sanidad a los que ahora, apenas dos años después, se les vuelve a maltratar y a criticar si tardan en ponerse al teléfono para tomar nota de un positivo.
El miedo, desconocido para muchos, se asentó y echó raíces. Los nietos dejaron de poder abrazar a sus abuelos. Llegaron las miradas desde lejos, la desconfianza ante el más mínimo carraspeo, las coplas virtuales y hasta las lágrimas ante imágenes de una playa gaditana. El Palmar, los Caños de Meca, Zahara, Bolonia y hasta La Caleta nos parecieron tan inalcanzables como la luna, mientras nos repetíamos en voz alta lo felices que éramos sin darnos cuenta. Los carnavales se celebraron de milagro, mirando con el rabillo del ojo a Venecia, a toda Italia, que en ese mes de marzo era el epicentro de un tsunami vírico de consecuencias nefastas también para la economía.
Llegaron los cierres de establecimientos, de bares, de comercios. Las barajas cerradas anunciaban el entierro de los sueño de muchos emprendedores y desde las azoteas se miraba a la calle preguntándose en voz alta cómo era posible vivir algo así.
Fue un tiempo de distancia, de saludos fríos, de aguantarse las ganas. Un tiempo de echar de menos y de oír estupideces como que la pandemia nos haría mejores, como si un virus fuera capaz de lograr lo imposible. ¿Quién nos va a hacer mejores, menos egoístas, más solidarios, más empáticos, más pacientes, más generosos, más honorables, más trabajadores? ¿Nos hará cuidar mejor a nuestros mayores? ¿Un virus? ¿En serio? Bobadas.
Han pasado dos años y el mundo sólo ha cambiado para peor. De hecho, el único que ha podido relegar al coronavirus de las portadas de los periódicos ha sido Putin con sus delirios soviéticos. Los virólogos de patinillo son ahora geopolíticos de tertulia chunga. Pero entonces, hace dos años, aún no imaginábamos que la amenaza vírica quedaría en pañales ante la atómica, ante una guerra a las puertas de Europa, el viejo y complaciente continente donde todo se relativiza hasta la exasperación.
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