El naufragio del ‘Calpe Quintans’: Cuando la dureza del mar golpeó a El Puerto
Pesca | 35 años de una tragedia inolvidable
El naufragio de un pesquero gallego en Terranova ha recordado al que sufrió un barco con sede en El Puerto en el que perdieron la vida diez marineros y sólo hubo dos supervivientes
El naufragio en las gélidas aguas de Terranova del pesquero gallego Villa de Pitanxo ha traído a la memoria otra tragedia en el mar que, hace 35 años, golpeó de lleno a El Puerto de Santa María. Hablamos del hundimiento del pesquero Calpe Quintans cuando faenaba en el caladero marroquí, al noroeste de las Canarias. De los 12 miembros de la tripulación sólo hubo dos supervivientes, se rescató un cuerpo sin vida y otros nueve marineros se dieron por desaparecidos tras no conseguir subir a bordo del buque francés Orque, que fue el primero en llegar al lugar seis horas después de que se produjese el suceso.
El 30 de marzo de 1987 era lunes y el Calpe Quintans faenaba a bastantes millas de Casablanca. Se trataba de un pesquero de madera de cien toneladas cuyos armadores eran los hermanos Morató Martínez. Miguel Navarro era el patrón, y junto a él navegaban Pedro Morató Blanquer, José Adán López, Antonio Robles Cairon, Manuel Calatayud Ojeda, Eduardo Jiménez Ruiz, José Borga Pérez, José Luis Lara Rodríguez, Ángel Anaya Pecho y Ramón Arana Pino. Los únicos supervivientes fueron el primer mecánico, Manuel Julián Sempere; y Ángel Pedro García Serrano, curiosamente los tripulantes de mayor y menor edad del barco.
Tal y como parece que ha ocurrido ahora con el Villa de Pitanxo, el fallo de los motores pudo haber sido el desencadenante del naufragio. El fuerte temporal de poniente, con olas que superaban los siete metros, provocó una vía de agua en el pesquero portuense, la sala de máquinas se inundó y la embarcación quedó a merced del fuerte oleaje. “Toda la tripulación agotó los medios técnicos a su alcance para evitar que el pesquero zozobrara, pero nada dio resultado. Finalmente, el motor terminó parándose porque se inundó”, recordaba Manuel Julián Sempere, uno de los dos únicos supervivientes. Entonces la sala de máquinas quedó a oscuras y la tripulación optó por salir a cubierta para abandonar el barco en los botes salvavidas.
A las cuatro de la mañana del 30 de marzo de 1987 los ocupantes del Calpe Quintans, provistos de salvavidas, arrojaron al mar una de las dos balsas, pero esta no se abrió porque el tubo para inflarla se rompió con el fuerte oleaje. El otro bote sí lo hizo pero perdió el fondo y los marineros no encontraron cobijo. Siete tripulantes, entre ellos los dos supervivientes, se agarraron a los bordes del bote y allí permanecieron flotando hasta que apareció el Orque. “Fueron horas angustiosas, de espera en silencio. Cuando vimos el buque francés reaccionamos y nos dimos ánimos, pero cinco de nosotros no consiguieron conservar fuerzas para subir a bordo”, contó Sempere en su día en un relato estremecedor.
Manuel Borga era hermano de José Borga Pérez y, a la vez, padre de unos buenos amigos de este periodista. No sólo era un gran hombre por su tamaño sino por su carácter afable y bonachón. Tras poder abandonar el trabajo en el mar y encontrarlo en la factoría de Astilleros, Manolo se mudó a la calle Isabel La Católica de la capital gaditana y tuvo cinco hijos con su mujer, Gertrudis, una de esas madres de compañeros de la infancia en la que siempre se encontraba consuelo, apoyo en los malos momentos y sonrisas en los buenos. La muerte de su hermano le pesó a Manolo en el alma hasta el fin de sus días. Sobre todo porque José fue uno de los que pudo aguantar con vida hasta que llegó el Orque. Manolo relataba amargamente en aquellos días que su hermano no pudo subir hasta el buque por las redes que les lanzaron al fallarle las fuerzas tras seis horas en el mar. Los sucesivos golpes con el casco por los envites de las olas embravecidas hicieron que José Borga no pudiera volver a El Puerto de Santa María que tanto amaba ni recibir el abrazo reparador de un hermano que nunca dejó de mirar hacia el océano con melancolía.
La tragedia del Calpe Quintans hizo aumentar los controles en materia de seguridad en las diferentes flotas pesqueras, sobre todo en la andaluza, que quedó muy mal parada tras un informe publicado en su día por El País y que hablaba de condiciones “deplorables” y “tercermundistas” en los pesqueros. No obstante, ni siquiera el endurecimiento de estos exámenes periódicos han conseguido evitar que se sigan perdiendo vidas de marineros mientras faenan.
Aquel 30 de marzo Onda Pesquera fue la primera que informó del naufragio del Calpe Quintans y los familiares de los miembros de la tripulación comenzaron a acercarse hasta la Cofradía de Pescadores de El Puerto. Allí se vivieron momentos de gran dolor captadas por el fotógrafo de Diario de Cádiz,Fito Carreto, que esta semana aún lo recordaba con nitidez. “Hace mucho tiempo pero sí que me acuerdo de todo. Una señora se desmayó incluso, de la tensión. También recuerdo al marinero que no se embarcó por encontrarse enfermo y al que fotografié sentado sobre unas redes en el muelle”.
Aquel hombre al que el destino dio una segunda oportunidad era Juan Cordero García. Entonces contaba con 29 años, estaba casado y era padre de dos hijos. Este medio ha intentado, sin éxito, localizarlo esta semana. Llevaba siete años enrolado en el barco siniestrado y esta era la primera vez que dejaba de embarcarse por una enfermedad. Así contaba a Diario de Cádiz el momento en que se enteró de la tragedia que había acabado con la vida de diez de sus compañeros. “Cuando me levanté y me puse a escuchar la radio dieron la noticia. Estoy bastante emocionado, pero todo el día he estado deprimido, porque he convivido con todos, menos con los dos nuevos, el joven que se salvó y el que me sustituyó, que, por desgracia, ha desaparecido”.
La noche antes de que se produjera el naufragio, Cordero recordaba que le comentó a su mujer que a esas alturas “ya estaríamos en el cabo de Agadir… y luego me llevé la triste sorpresa de lo que ocurrió allí”.
También, como crítica y testimonio de la dureza de la mar, recordó que en el anterior viaje “estuve 64 días con sus noches trabajando embarcado y me pagaron 112.000 pesetas (672 euros)”. ¿Quién es capaz de quejarse del precio del pescado oyendo a estos hombres?
Leer el testimonio de los dos supervivientes al llegar al puerto de Arrecife (Lanzarote) es desgarrador. Hablaron de cómo resistieron olas de siete metros durante seis horas en un mar a muy bajas temperaturas. El buque francés pudo rescatarlos, así como el cuerpo sin vida de José Luis Lara Rodríguez, el único que pudo recibir sepultura en El Puerto. Sempere declaró a televisión que el salvamento de sus otros cinco compañeros “no fue el más adecuado. Lo más lógico es que hubieran lanzado un bote, en vez de las redes”, por donde intentaron escalar sin éxito los cinco marineros desaparecidos. “Vimos morir en silencio, pero luchando hasta el final, a cinco de nuestros compañeros, de los que nunca nos separamos. Fallecieron ahogados, algunos de ellos por los golpes que sufrieron al acercarnos al barco francés”, dijo.
Este diario informó en su momento ampliamente de la tragedia, relatando como antes de irse a pique el pesquero “lanzó varios mensajes de socorro y el Esperanza del Mar logró conectar cuando estaba hundiéndose. Desde la base aérea de Gando se enviaron dos helicópteros y un avión de rescate, que pudieron balizar la zona del naufragio”.
El único cuerpo que se pudo recuperar fue el de José Luis Lara Rodríguez, que fue enterrado en El Puerto el 2 de abril de 1987, celebrándose el funeral en la Parroquia del Carmen y de San Marcos. Los dos supervivientes asistieron al sepelio. “Fue muy duro y muy triste. Hice una foto de los familiares del fallecido llorando desconsoladamente sobre el féretro”, recuerda Fito Carreto.
Esa imagen, la de las lágrimas vertidas por culpa de la furia del mar, se repite estos días en Galicia, en otros puntos de España y en Ghana, de donde eran naturales algunos marineros desaparecidos en Terranova. Porque contra la fuerza del océano no hay quien pueda, y cuando se pone serio eres capaz de rezarle hasta a los dioses del Olimpo.
Los ocho muertos del ‘Nuevo Pepita Aurora’, siempre presentes
Por desgracia, la tragedia del Calpe Quintans no ha sido la única sufrida por la flota pesquera gaditana. La más reciente, y la más numerosa, es la del Nuevo Pepita Aurora, que se hundió el 5 de septiembre de 2007 a unas 7,8 millas de Punta Camarinal (Tarifa) cuando regresaba al puerto de Barbate tras faenar por la noche en las costas próximas a Marruecos, con una tripulación compuesta por el patrón y quince marineros. Al llegar a la zona del Estrecho de Gibraltar el pesquero se enfrentó a viento de Levante y a una mar muy gruesa “con olas de hasta siete metros” que hicieron que el barco se pusiera quilla al sol. El patrón del pesquero y siete tripulantes pudieron ser rescatados, al igual que los cuerpos sin vida de tres marineros. Los supervivientes siguen con graves secuelas.
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