Enrique Rioja Guerrero | Fotógrafo de prensa jubilado "Nunca me negué a hacer una foto, aunque sufrí haciendo algunas"

  • El fotógrafo que ha retratado para Diario de Cádiz el día a día de San Fernando durante más de 30 años reflexiona sobre una profesión en constante transformación

  • "Los redactores eran los toreros y los fotógrafos éramos sólo los banderilleros. Era un trato muy injusto"

  • "Una vez hasta logré que se repitiera un pleno para poder hacer la foto. No podía estar en tantos sitios a la vez"

Siempre sabíamos lo que iba a responder, pero también sabíamos cómo iba a actuar después. Porque cuando en la Delegación de Diario de Cádiz en San Fernando un redactor le encargaba una foto, en la mayoría de los casos Enrique Rioja hacía el mismo comentario: "Eso es un mamarracho". Pero de inmediato cogía su cámara, su casco y su moto y para allá que se iba. Y sabíamos que no iba a fallar, que podíamos contar con esa foto. Quizás no destacó en exceso por la calidad de sus fotografías, algo que él mismo reconoce, pero esa eficacia, esa capacidad de trabajo, esa profesionalidad infatigable constatada durante más de 30 años hicieron que Rioja terminara formando parte de la historia reciente de La Isla. Porque siempre estaba ahí, en primera fila, fotografiando una manifestación, un pleno, una inauguración, una conferencia, un suceso, una procesión, una jura de bandera, un partido del San Fernando, una entrega de premios, etc. Y así durante más de tres décadas, hasta que hace tres años una diabetes severa le apartaba de una profesión en constante transformación.

Hoy, cuando está a pocos días de cumplir 65 años, Enrique Rioja reflexiona sobre la fotografía, el periodismo y su ciudad, tres de sus grandes pasiones. Y, algo habitual en él, lo hace desde la mayor humildad "porque yo sólo he sido un fotógrafo de pueblo", deja claro antes de empezar la entrevista. Así es, de cerca, el cascarrabias más entrañable que ha dado San Fernando.

–¿Cuándo se enamoró usted de la fotografía?

–Cuando tenía 12 años. Con esa edad empecé a coger una cámara fotográfica que tenía mi hermano, una Kodak Fiesta que era como un cajoncito, con unos carretes de 12 fotos en blanco y negro. Y empecé a hacer fotos a la familia y a los amigos, y me picó el gusanillo.

–Y de ahí a Diario de Cádiz. ¿Cómo entró en el periódico?

–Yo estudié la FP de Delineación en la Escuela de Maestría Industrial, e incluso llegué a trabajar de delineante para varios arquitectos. Pero al final pudo más la fotografía, que era mi pasión. Primero entré en la Asociación Fotográfica Isleña (AFI) y a partir de ahí me fui pofesionalizando, haciendo fotos para El Mirador de San Fernando y La Hoja del Lunes y cobrando por fotos. Y en el Diario empecé a publicar fotos en 1985. Quintín Dobarganes, que era el corresponsal, empezó a encargarme fotos porque el fotógrafo que había entonces en San Fernando, Nicolás, ya estaba mayor y con problemas de visión, y donde él no llegaba sí lo hacía yo, que era más joven, más entusiasta y estaba todo el día en la calle. Yo estaba mucho más centrado en El Mirador, pero recuerdo que cada vez que se publicaba una foto mía en el Diario, Nicolás cogía unos cabreos que no te veas. Pero jamás di un codazo, ni quise pisarle el terreno a nadie. Esos fueron mis inicios en el Diario, pero la relación se fue estrechando tras los sucesos de 1986.

–¿Qué sucesos de 1986?

–Sí, una bronca tremenda que hubo en abril de ese año en las puertas de la Bazán (actual astillero de Navantia en San Fernando) por una reconversión industrial que se había planteado. Aquello fue una batalla campal, con los antidisturbios en un lado, los trabajadores en el otro, yo en medio de todos ellos y muchas cosas volando. Hice aquellas fotos, Nicolás, que estaba ya muy mayor, no apareció por allí, y ahí me gané el carnet de colaborador del Diario.

–De esos 31 años que ha estado usted en activo, ¿cuántos ha estado usted sin vacaciones?

–Uf, muchos, muchos. Sin vacaciones y sin días libres, ojo, porque como cobraba por foto publicada, si no trabajaba, pues no cobraba. Así fue hasta 1992, cuando firmé mi primer contrato con el Diario.

–Y a partir de ahí ya centrado al cien por cien en Diario de Cádiz, ¿no?

–Sí, bueno también fui fundador de un semanario que hubo en La Isla que se llamaba La Cuestión. Ahí estuve colaborando hasta que aquella publicación pasó a ser diaria. Entonces lo dejé porque no podía estar en algo que le hiciera competencia al Diario. Podía ir contra mí. Pero siempre he sido de Diario de Cádiz. Me ofrecieron irme a otros periódicos pero yo aposté siempre por el Diario. De ahí nunca me salí. Y es que en la Delegación de San Fernando he sido de todo: grumete, timonel, señalero, hasta piloto... Llegué incluso a naufragar, pero fui rescatado a última hora y pude llegar a puerto. Aquí he hecho de todo y estoy muy orgulloso de ello. Siempre supe que yo valía más por lo que sabía, por donde me movía, por mis fuentes de información y por mi capacidad de trabajo antes que por la calidad de mis fotografías.

–¿La ilusión en el trabajo se mantiene igual después de 31 años en activo o se termina perdiendo?

–Bueno, todo cansa. El cuerpo nota la paliza de tanto ir de aquí para allá caminando o en moto, y la rutina también va calando. Este trabajo a veces es muy cíclico porque había que cubrir muchas cosas repetitivas, con pocas variantes. Y la diabetes que me diagnosticaron hace ya 20 años también fue minando poco a poco las condiciones físicas y la moral.

–Usted empezaría revelando las fotos en su casa.

–Sí, claro, revelaba en mi casa o en la sede de la AFI. Lo hacía mientras el redactor escribía la noticia en su casa en una máquina de escribir. Después iba a su casa, metíamos la noticia y la foto en un sobre y lo llevaba todo al autobús que iba a Cádiz, donde previo aviso un cartero del Diario tenía que recoger ese sobre en la parada de la Plaza de España para llevarlo a la Redacción.

–Y después llegó la Delegación de Diario de Cádiz en San Fernando, que estuvo primero en la calle Rosario y luego en la calle Real. Alguna mejoría habría, ¿no?

–Sí, pero no se crea que tanto. Yo tenía mi cuarto oscuro para revelar pero el mecanismo de envío de las fotos seguía siendo el mismo, a través del autobús.

–Tengo una duda, ¿los fotógrafos antiguos echan de menos el cuarto oscuro, con ese líquido de revelado, las cubetas, las pinzas, el fijador y su olor tan característico?

–Es verdad, aquel olor a ácido acético... Pues no sé los demás, pero yo no lo echo de menos. Para nada. Es más, cuando me jubilé me compré un equipo entero de revelado pero no lo he usado aún. Allí está guardado en mi casa.

–¿Y se le veló alguna vez algún carrete?

–No lo recuerdo, pero me imagino que sí. Alguien que entraría en el cuarto oscuro o que encendería la luz cuando no debía. Pero accidentes así fueron pocos.

–¿Y se quedó alguna vez sin carrete a la hora de hacer una foto?

–También, pero eso se fue corrigiendo con los años. El aprendizaje era a diario y en todas las facetas. Con los años uno veía la foto antes de que se produjera. Y en cuanto al material, era el que era, no se podía malgastar y había que racionalizarlo todo. Y uno aprendió que la foto buena había que asegurarla en apenas dos o tres disparos. Eran otros tiempos. Después fíjese lo que ha cambiado todo con las cámaras digitales, que se pueden hacer todas las fotos que se quiera.

–Otro cambio importante en su profesión sería el paso a las fotos en color, ¿no?

–Ahí el trabajo se complicó un poco porque había que ir antes a un laboratorio para que te relevaran el negativo y después seguir tú con el trabajo. Un follón.

–Y llegó el boom de las cámaras digitales, que aportan más comodidad y agilidad. Pero, ¿pierden calidad las fotos con el nuevo formato?

–Mi primera cámara digital me la compré en el año 2000. Tenía solamente tres megapíxeles, que era lo máximo entonces. Y ahí descubrí que ese era el futuro de la fotografía. Hay gente que opina que sí, que el negativo tiene más resolución. Y a los que piensan así yo les digo que muy bien, que para ellos, que yo prefiero las cámaras digitales, indiscutiblemente. El revelado de carretes se ha quedado para los sibaritas o para los nostálgicos.

–Me imagino que habría cosas en La Isla que a usted le gustaba cubrir informativamente y otras que no.

–Bueno, yo no me aficioné nunca a algo en concreto, ni a la Feria, ni a la Semana Santa, ni al Carnaval... Nada me gustaba mucho y nada me gustaba nada. Iba donde había que ir. Y traté por igual a todo el mundo, desde el más alto al más bajo. Lo mismo iba a hacer una foto al sitio más decorado que al fango de los caños. Y con los políticos sucedía lo mismo, que he tratado a todos por igual y jamás me he posicionado ideológicamente. Todo el mundo me tenía que ver objetivo y neutral por fuerza.

–¿Es verdad que ha logrado usted que se repitan actos, como por ejemplo una entrega de premios, porque llegó tarde?

–Sí, claro, logré que se repitieran entregas de premios y hasta un pleno. Pero no llegaba tarde porque yo me despistara, que siempre he sido muy puntual. Era porque tenía que ir a muchos sitios a la vez para hacer las fotos y no podía partirme en dos.

–¿Cómo? ¿Repetir un pleno?

–Es que cuando llegué al Ayuntamiento ya se había levantado la sesión y estaban todos los concejales yéndose. Pero conseguí que todos volvieran al salón de plenos y se sentaran en su sitio. Los 25 concejales. No podía irme sin esa foto.

–¿Se negó usted alguna vez a hacer una foto?

–No, no. Negarme, nunca. Alguna vez sí que me ha costado mucho trabajo hacer una foto, pero la he hecho, aunque sufriendo. Por ejemplo cuando había un accidente y yo era el primero en llegar al sitio. Hacía la fotos pero las hacía con amargor, porque sabía que ni siquiera la familia del accidentado tenía conocimiento de lo que había sucedido. Pero al final lo haces porque es tu profesión.

–¿Alguna vez ha pasado usted miedo haciendo fotos?

–Sí, claro, bastantes veces. En sucesos, en trifulcas, cuando a alguien no le interesaba que saliera en una foto y tenía que ingeniármelas para lograr tirar esa foto a escondidas... Son momentos de miedo en los que pese a todo prima más la imagen que quieres captar antes que tu propia seguridad. Una vez hasta me pusieron una navaja en el cuello por hacer una foto, pero, bueno, de eso hace muchos años y no merece la pena recordarlo.

–¿Y ha llorado usted haciendo alguna foto?

–Sí, sí, también he llorado, sobre todo cuando hemos hecho reportajes de niños enfermos que no tenían remedio y hemos entrevistado a sus padres pidiendo ayuda angustiados... Ahí no pude aguantar tanto dolor sabiendo que a esos niños les quedaba nada de vida.

–¿Cuál de sus fotos es a la que le tiene más cariño?

–Quizás una de las primeras que publiqué en el Diario, con el Castillo de Sancti Petri y unos delfines pasando por delante. Quedó muy bonito, aunque fue un fotomontaje. Los delfines pasaban ese día por allí, eso es verdad, pero por un lugar bastante más alejado del Castillo. Pero yo después en el laboratorio lo junté todo en una imagen.

–Bueno, si era un fotomontaje mejor quitamos eso de la entrevista, ¿no?

–¿Y por qué lo va a quitar? No, no. Anda que no estaba yo orgulloso de ese montaje. La foto coló como si fuera de verdad y gustó muchísimo (Risas).

–¿Es usted de los que piensa que los medios de comunicación en general siempre han tratado mejor a los redactores que a los fotógrafos o cámaras de televisión?

–Eso es indiscutible. Los redactores siempre han sido los toreros y los fotógrafos o los cámaras éramos sólo los banderilleros. Siempre hemos estado en un segundo nivel. Y eso siempre me ha parecido un trato muy injusto porque el fotógrafo a veces también tiene que hacer de redactor. Nosotros siempre teníamos que estar en el sitio de la noticia, pero el redactor podía enterarse después de lo que había sucedido haciendo una llamada telefónica o porque yo se lo contara.

–¿Qué consejos le daría a ese aficionado a la fotografía que puede estar pensando en dedicarse profesionalmente a ello?

–Yo creo que la clave es que te apasione. No es bueno pensar que la fotografía puede ser un recurso más para ganarte la vida. Te tiene que gustar de verdad, tiene que ser vocacional. Si no te gusta tu trabajo, nunca llegarás a nada. Pero si te gusta y eres inteligente y resuelto, llegarás y triunfarás. Y después hay que tener mucha capacidad de trabajo. No se puede pensar solamente en los días libres y en las vacaciones. No, no. Trabajo, trabajo y trabajo.

–Ha vivido usted desde primera línea los cambios vividos en San Fernando en las tres ultimas décadas. ¿Cómo ve usted La Isla de hoy?

–La Isla ha vivido cambios importantes, pero los problemas que había antes siguen existiendo, y aún no sé por qué no se han logrado solucionar. Me refiero sobre todo a la escasez de industrias, con lo que esta ciudad fue en su día. El principio de la decadencia fue cuando desapareció la mili. Aquello fue un golpe durísimo en la línea de flotación de La Isla. Se cerraron comercios, se fue mucha gente, desaparecieron muchos empleos... De ese golpe La Isla jamás se recuperó.

–¿Tranvía sí o tranvía no?

–El daño que el tranvía le haya podido hacer a La Isla ya está hecho. Por eso ahora lo que hace falta es que funcione cuanto antes y que vaya bien. A ver si podemos llegar no ya a Chiclana, sino hasta Algeciras. Pero, vamos, la verdad es que ha sido una triste guasa destrozar la calle Real con esa obra, porque se ha quedado completamente desierta, con la vida que ha tenido siempre esa calle. Es una pena.

–¿Sigue haciendo fotos ahora que está jubilado?

–Nada, prácticamente nada.

–Pero seguro que alguna foto le falta por hacer todavía. ¿Cuál?

–Pues no lo sé. Quizás la de mi nieto, cuando llegue. Pero, vamos, con tranquilidad, que no hay prisas, ¿eh? (Más risas).

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