Cambio climático: lo que pasa en la Antártida no se queda en la Antártida
Tres investigadores del ICMAN-CSIC de Puerto Real participan este año en dos de las campañas científicas que tienen lugar en las Shetland del Sur
Galería de imágenes de la última campaña en la Antártida
A la Antártida uno viaja con equipación de esquí y una mochila de veinte kilos. Ese es, al menos, el equipaje con el que ha salido esta semana hacia el continente austral la científica del ICMAN-CSIC, Emma Huertas. Huertas (Cádiz, 1971) se ha especializado a lo largo de su trayectoria en biogeoquímica marina y es coordinadora de la plataforma Oceans+ del CSIC. “El resto del equipo (maquinaria, botellas, sensores...) la lleva el Hespérides a las bases cuando llega noviembre”, comenta. Una vez en el subcontinente americano, los científicos vuelan desde Punta Arena hasta la isla del Rey Jorge, y allí cogen el 'Hespérides', que los lleva primero a la base Gabriel de Castilla, donde estarán 15 días, y luego a la Juan Carlos I, donde pasarán otros 15 y en cuyas aguas tienen el sistema de fondeo del proyecto Dichoso -este año estarán sólo un mes frente a los dos del año pasado. “Tenemos la suerte de que las dos bases están al lado de las corrientes circumpolares antárticas", apunta la científica.
“La verdad es que la Antártida engancha. Entre otras cosas –comenta-, porque estás rodeado de gente rara como tú, que no es rara allí. Cuando en cualquier investigación salen unos resultados relevantes, la alegría es común. No hay ese ego de competencia”.
Emma Huertas es, junto con Antonio Tovar, una de las investigadoras principales del proyecto Dichoso, que cumple en esta edición el tercer año de sus cuatro campañas.
Los investigadores de Dichoso –un estudio que intenta revelar el control que los procesos ambientales ejercen sobre los ciclos marinos– dejaron el año pasado una línea de fondeo en un observatorio sobre el cambio climático que está frente a un glaciar: “Allí hay todo un equipamiento oceanográfico que mide la evolución del glaciar Johnson desde 2016, un glaciar que está experimentando un deshielo acelerado en los últimos años”, explica Emma Huertas. Tanto es así, continúa la especialista, que ya ni siquiera hace banquisa. “Además -continúa-, la llegada de agua dulce a la parte de agua marina de la Antártida modifica las corrientes”. Y cuando hablamos de corrientes hablamos de todas: de la circumpolar antártica parten corrientes frías hacia el resto de cuencas, siendo fundamental en la circulación termohalina.
“Lo que ocurre en la Antártida –añade Huertas– no se queda en la Antártida: aunque estemos a 11.000 kilómetros, la Antártida está aquí al lado”.
Una de las afecciones del aumento de CO2 y de los cambios químicos en el medio y las aguas antárticas se traduce en su influencia en las tendencias de las corrientes marinas de todo el planeta, de las cuales la que más titulares ha protagonizado es la AMOC.
“Cuando la corriente del Golfo sube a Islandia, también se ve influida por la corriente antártica –explica al respecto Emma Huertas–. Si la corriente antártica ha experimentado cambios en su densidad, todo esto se altera, aunque hay que tener en cuenta también otros factores. Hablamos de escalas de tiempo de cientos de años, pero es verdad que la AMOC se está ralentizando, y que si la corriente del Golfo se para a la altura de Islandia, vamos a tener otra Edad de Hielo en el continente europeo”.
A escala global, el océano austral ha acumulado el 75% del calentamiento y ha absorbido más del 40% de CO2 antropogénico: su capacidad de asimilación es mucha, pero no infinita. “Nos ha prestado un gran servicio, pero es un sistema muy afectado”, indica.
Además de influir en el resto de cuencas marinas, los efectos del deshielo se dejan sentir especialmente en las zonas cercanas a los glaciares, ya que ahí llegan directamente sustancias provenientes del continente que terminan afectado al equilibrio habitual del sistema: “Ahora vamos a poder ver todo lo que ha pasado durante este año, cómo se está modificando el medio natural”, añade.
IA PARA INDAGAR EN EL FUTURO
El proyecto Dichoso también cuenta con el trabajo de Susana Flecha y Alejandro Román, dos investigadores del grupo gaditano que están desarrollando la línea de IA: “Hemos llegado a un momento, desde el siglo XXI, en el que lo que sobran son datos: tenemos más de los que podemos procesar y estudiar, satélites, planeadores... –continúa la investigadora–. Este gran big data oceánico contrasta con la capacidad analítica en tiempo real. Los investigadores que trabajan en la IA del proyecto están desarrollando algoritmos basados en aprendizaje automático (machine learning); por una parte, para reconstruir lo que está pasando ahora hacia el pasado y, por otra, para elaborar modelos que nos digan con una certeza bastante precisa lo que va a pasar”. Unas aproximaciones que también se pueden emplear para mejorar el sistema de muestreo e identificar, por ejemplo, eventos extremos, como las olas de calor en el océano austral.
Los investigadores del ICMAN-CSIC formarán parte además del proyecto Polaromics, desarrollado desde el Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona y dirigido por la especialista en microbiología Silvia González. Polaromics investiga el comportamiento de las bacterias en los polos y si existe conectividad entre las comunidades del Ártico y de la Antártida, y cómo se comportarían según los distintos escenarios de cambio climático: “Cuando se acelera el deshielo y no hay banquisa –desarrolla Emma Huertas-, todos esos microorganismos van al océano. Los especialistas en microbiología identifican las especies y qué función cumplen, pero el medio físico (la biogeoquímica) no es su especialidad, y ahí entramos nosotros”.
MARES MÁS ALLÁ DE LA RESILIENCIA
El mar Mediterráneo dejaba el verano de 2025 con niveles récord de temperatura: unas cifras que se sumaban a las que ya iba rompiendo en años anteriores. El mar civilizatorio tiene fiebre: “Pero el principal peligro del Mediterráneo –indica Emma Huertas–, no es el calentamiento, sino la acidificación".
El IPCC señala que el Mediterráneo está absorbiendo una gran cantidad de CO2 tanto desde la atmósfera como desde el Atlántico y, a consecuencia de esto, su pH se ve alterado y está bajando. ¿A quién afecta esto especialmente? Pues a los organismos calcáreos: “Muchos de ellos, como los corales rojos o las células fitoplanctónicas, están expuestos a ciertos niveles de carbonato (el cemento de las estructuras calcáreas) bastante menores que los que han tenido en los últimos 800.000 años. El proceso es gradual, pero se calcula que, para antes de final de este siglo, las condiciones químicas para que los organismos calcáreos calcifiquen no son óptimas”.
Pero si creemos que el Mediterráneo está mal, el océano Antártico está peor. “¿Tú eres de letras, verdad?”, pregunta Huertas. Y yo que creía que no se me notaba: “La solubilidad de los gases aumenta cuanto más fría esté el agua -explica-. Por eso las aguas antárticas tienen tanta capacidad para absorber el CO2 de las emisiones antropogénicas. Pero aun así, todas las condiciones químicas del antártico meridional se están acidificando en tasas muy elevadas, lo que puede llevar a un colapso del sistema: cuando cae un elemento, se produce un efecto dominó”.
CRUCEROS EN LA LUNA
“Si todos tuviéramos el privilegio de ir a la Antártida, con sus paisajes imposibles y esa fauna que te mira y no te ataca, porque eres un elemento más del ecosistema, seríamos mucho más conscientes de lo que nos estamos jugando en el planeta –afirma la científica–. A mí, de hecho, me ha picado ya el bicho de la Antártida y vuelvo cada año, pero sí es verdad que hay zonas que mueven a la preocupación, más allá del Tratado Antártico”. Huertas se refiere a la presencia cada vez más común de cruceros (un pasaje oscila entre los 10.000 y los 20.000 dólares). “Hay zonas protegidas porque son santuarios de la biodiversidad -continúa-, generalmente, zonas de cría y demás, pero después la ballena va a seguir nadando y chocándose con los grandes barcos. Pienso que el tratado requiere una revisión y hay que hacerlo más estricto”.
No cree, sin embargo, que el continente helado pueda vivir un episodio ampliado de lo que hoy día sucede con Groenlandia: “El tratado actual es vinculante: cometerías un delito si explotas los recursos del espacio o haces uso comercial de la biodiversidad o la fauna. De hecho –prosigue–, Argentina y Chile llevan muchos años intentando tener parte del continente, pero el tratado lo impide: la Antártida es territorio de la humanidad sin ser de nadie, como la Luna”.