salud mental

Para volver al mundo

  • El aislamiento y el estigma social son aún inseparables de la enfermedad mental 

  • En Puerto Real, protocolos cada vez más abiertos y terapias como la asistencia con animales trabajan a favor de la asimilación

Unidad psiquiátrica del hospital de Puerto Real / FITO CARRETO

Enajenados. Así están, ¿no? De eso hablamos. Eso son los enfermos mentales: personas no responsables de sus actos, fuera de sí mismas. Están más allá de la realidad –decimos– por lo que, como sociedad, más allá de la realidad los colocamos. Fuera del mundo, entre el miedo y el castigo. Así ha sido durante siglos, desde la figura tenebrosa de los hospicios –donde se mezclaban indigentes, ancianos, enfermos mentales y todos los descastados posibles– hasta la figura más moderna –tampoco muy tranquilizadora– de los psiquiátricos.

El lema parecía ser abundar en la enajenación, en la disociación. Fuera, fuera, lejos, no vaya a ser contagioso. No se nos olvide, tampoco, ese tabú de la habitación cerrada que existía en tantas casas. A quien se deslindaba de la realidad, lo premiábamos abundando en la desconexión. ¿Qué esperar? Son locos, inasumibles, violentos, casos perdidos, no tienen remedio.

–”¿El estigma? El estigma ni siquiera se queda fuera de las puertas de un hospital”. El psiquiatra Eulalio Valmisa es coordinador de la Unidad de Gestión Clínica de Salud Mental de Puerto Real: “Uno de nuestros grandes problemas, incluso dentro de la sanidad, son los prejuicios –continúa–. Esos fantasmas del pasado, imágenes que todos tenemos, que todavía resuenan en la opinión pública. Si se produce un incidente determinado en cualquier otra unidad, es algo desgraciado pero circunstancial; si se produce aquí, es la norma”.

La atención a la salud mental –que, en Andalucía, está inmersa en el llamado III Plan Integral de Salud– vivió en los años 80 una ambiciosa reforma que, para el especialista, está inconclusa. Una renovación que, “también dentro de un paraguas político”, bebía de las prácticas “que se estaban desarrollando sobre todo en Italia e Inglaterra: reducción de medicación y medios coercitivos, cierre de psiquiátricos, lucha por la integración”.

“Parte de ese cambio de paradigma en psiquiatría –continúa el psicólogo Adolfo Rendón, coordinador de la Unidad de Hospitalización– radica en que, antes, se ponía más el foco en la incapacidad. Ahora, se pone no tanto en la incapacidad como en la vulnerabilidad. Lo que intentamos es que los enfermos sean capaces de tener un proyecto, de ver que hay una opción de que las cosas sean diferentes, más allá del: a mí lo que me queda es la paguita”.

A pesar de la restricción de tratamientos coercitivos y de la evolución en los psicofármacos –que, progresivamente, han ido permitiendo una mayor autonomía– las barreras sociales siguen firmes, “y, en muchos casos, son las que impiden una evolución favorable”.

Lejos, muy lejos. Aquí somos gente de orden, nada de esto nos afecta. Eso es, en efecto, lo que creemos. La realidad es otra: una de cada cuatro personas va a experimentar a lo largo de su vida algún tipo de trastorno mental. Pueden ser desórdenes alimentarios graves; o te puede arrasar la depresión, o presentar un cuadro severo de ansiedad. O puedes tener muy mala suerte y que una meningitis te haga ingresar en agudos. Ninguno de los presentes tratan estos casos como menores. Mencionan el gran trabajo que queda por hacer en la prevención de los suicidios, el papel que jugamos los medios, congelados por el efecto llamada.

1decada4 es, precisamente, la iniciativa que desde la Junta de Andalucía pretende luchar contra el estigma que rodea la enfermedad mental. La mayor parte de enfermos mentales se recuperan. Sólo algunos trastornos pueden desarrollar episodios violentos en ausencia de tratamiento. No, su destino inevitable no es el encierro: “Los enfermos atenidos en comunidad evolucionan mejor y durante más tiempo”. Cuando se incorporan al mercado de trabajo, no hay diferencias en cuanto a productividad.

En tres años, Puerto Real ha reducido en un 40% las técnicas de contención mecánica

El rechazo nuclear cuando hablamos de trastornos mentales –eso que nos hizo apartarlos del mundo secularmente– se fundamenta en la incomprensión y el miedo a la violencia, a los brotes agresivos: el principal cliché recae, por tanto, en las personas con esquizofrenia, cuando “en su gran mayoría, no cometen actos violentos ni son más peligrosas que el resto”.

“Piensa por un momento cómo tiene que ser creer, creer de verdad, que quienes te rodean van a matarte –explica Antonio Linares, coordinador de Cuidados–. Uno de nuestros enfermos, por ejemplo, ponía la cama frente a la puerta cerrada”.

Además, los mayores problemas –coinciden los tres especialistas– los dan aquellos que no son enfermos mentales, pero que están desesperados por parecerlo: los casos en los que unos cargos o una disminución de pena pueden depender de un diagnóstico.

Aun así, el momento del ingreso sigue siendo el más duro. Volvemos al principio: desconexión sobre desconexión. Casi un tercio de los ingresos se producen contra la voluntad del paciente. Hay quien llega con cuadro de inhibición (depresivo) o quien tiene un brote agresivo. Las llamadas técnicas de coerción o de contención mecánica –el uso de la fuerza y el amarre a la cama, tan denostados como imbuidos en el imaginario colectivo– se producen en gran parte en estos momentos. En el Hospital de Puerto Real han conseguido reducir esta práctica –desaconsejada no sólo por las asociaciones de pacientes, sino desde los derechos humanos– en un 40% en sólo tres años. Una auditoría realizada en 2010 en todas las unidades de hospitalización de Andalucía ponía de manifiesto que todas empleaban un protocolo de contención mecánica, con una variabilidad más que significativa en la frecuencia de uso. Así, el promedio de episodios mensuales registrados, en el caso de la contención mecánica, variaba de 4,5 a 34.4. El mismo informe señalaba que factores como menos personal o habitaciones y salas mal diseñadas podían influir en el aumento de casos. “Nosotros queremos llegar a cero –apunta Eulalio Valmisa–, y hacer que todo el proceso sea lo más terapéutico posible”. Para ello, utilizan una “técnica de desescalada”, indica Adolfo Rendón, aprovechar cualquier resquicio para que el paciente “regrese”, vuelva a la realidad.

Eulalio Valmisa: "El estigma ni siquiera se queda a las puertas de los hospitales"

Este momento, el del ingreso, tiene otro hueco el imaginario de lo tenebroso: el temor a la reclusión injustificada, a la fuerza. Desde hace unos años, un equipo jurídico y de abogados de oficio se personan, además del forense, en las unidades de hospitalización psiquiátrica para asegurarse de que no se producen retenciones ilegales.

En fin, ¿a quién le gusta ingresar en un hospital? “El momento de ingreso suele constituir una vivencia desagradable y muy estresante –insiste Rendón–. Por eso estamos desarrollando un protocolo de acogida para orientar a los pacientes, informarles de cómo funciona la unidad y atender sus dudas e inquietudes, procurando un clima de seguridad y tranquilidad”. Por eso se intenta también que el espacio sea lo menos claustrofóbico posible. Que haya luz, que los salones de encuentros y actividades sean amplios. “La oferta de actividades y el carácter grupal de las mismas afianzan no sólo la seguridad y la socialización, sino que son un medio de escape y desahogo para los enfermos”.

Al respecto, la actividad estrella en la Unidad de Hospitalización es la que, dos veces por semana, algunos enfermos realizan con los perros de Asiste. La asociación –que también trabaja en residencias de mayores– tiene, desde hace dos años, un acuerdo con el centro para realizar terapia asistencial. Hoy los maestros de ceremonias son Bang Bang y Tierra, cada uno con un perfil ligeramente distinto. “Lo ideal es que, por cada cinco pacientes, haya un perro y un técnico”, comenta su entrenador, Javier, que comenzó a adiestrarlos cuando eran cachorros de cinco meses. Desde fuera, da la sensación de que si ellos no consiguen acercarse, consolar, romper la cuarta pared, todas las paredes, nadie no lo conseguirá. Los perros asistenciales son, ya lo sabemos, increíbles: pueden sentarse con alguien en una silla de ruedas, tirar de juguetes con correas, saltar a tus brazos con precisión de equilibrista y posar con torsión de bailarina rusa. En Asiste realizan este tipo de actividades voluntarias “para ayudar a colectivos que pensamos tienen un presupuesto demasiado reducido para todo lo que acometen –indica Javier–. El beneficio para los pacientes y familiares va más allá de este momento: muchos me han pedido de forma particular que trabajara para ellos, con su mascota, que al final se termina convirtiendo en un punto de ayuda más”.

Se ha demostrado que las Intervenciones Asistidas con Animales mejoran el estado de ánimo, fomentan el contacto social y una mayor empatía, ayudan a centrar la atención y concentración y disminuyen la sensación de rechazo.

Junto a la terapia con animales, entre las actividades complementarias de la Unidad se encuentra la puesta en marcha de un huerto en los terrenos del hospital: una iniciativa que comenzó en unos maceteros y de la que disfrutan, “muy especialmente, los pacientes de La Janda”. Ahora mismo, hay una buena selección de huerta de invierno: canónigos, coles, coliflores, puerros, apio, col morada. Todo lo aprovechan. No es la única iniciativa al respecto en la provincia: en Cádiz, por ejemplo, la Asociación de Familiares y Personas con Problemas de Salud Mental (FAEM) mantiene un huerto ecológico con subvención de Diputación.

Asiste realiza en la unidad, desde hace dos años, sesiones de terapia asistencial con perros

“Es algo que cuesta mucho de entender que, a nivel de tratamiento, nuestro campo termina siendo más amplio y complejo que el del resto de especialidades médicas: el material, por ejemplo, va más allá de lo evidente, de la medicación y los bisturíes; y tiene peculiaridades mucho más profundas. Nuestros recursos son fundamentalmente humanos, e incluyen también a terapeutas ocupacionales, trabajadores sociales...”, comenta Valmisa.

Digamos que la parte del león está en transmitir que estar en una Unidad de Salud Mental no es un desgajamiento, no es un encierro: forma parte de un proceso. El Hospital de Puerto Real cuenta con 29 camas para cubrir los episodios de agudos temporales en la práctica totalidad de la Bahía (Puerto Real y El Puerto, pero también los procedentes de Cádiz y San Fernando): esto incluye, por ejemplo, intentos de suicidio, brotes inducidos por toxicomanías, esquizofrenia, delirios de distinto tipo. La media de ingreso ronda las dos semanas. Los niños dependen también de la unidad pero se los traslada a la planta infantil; los adolescentes más mayores, ingresan aquí, en la unidad de adultos.

Tienen distintas actividades –proyección de películas, entre ellas– que los enfermos echan de menos los fines de semana: “Ten en cuenta que no suelen ser enfermos como los demás, en el sentido de que no están impedidos en una cama –comenta Eulalio Valmisa–. La estancia se hace aún más larga”. Para despejar la sensación de aislamiento se ha instalado una cabina para hacer llamadas. Suministran chicles de nicotina –no son pocos los que piden fumar–. “Con todos estos factores, la evolución de los pacientes es mucho mejor”. Por supuesto, las visitas están permitidas, al igual que las salidas –consensuadas– al exterior. Y, a no ser que se desaconseje médicamente, los enfermos pueden tener un acompañante durante todo el tiempo en el que permanecen en la unidad de hospitalización.

Existe la posibilidad, pero no siempre es así: “Muchas veces, las dos semanas de ingreso les suponen a los familiares un descanso”, comenta Antonio Linares. Hay familiares que no pueden o no saben hacerse cargo de un enfermo de estas características: el desgaste es alto. “El impacto de una enfermedad mental en la familia –apuntan en 1decada4– es muy alto y no siempre fácil de llevar”. La persona que cuida puede experimentar “restricciones sustanciales de su vida social y pérdida de oportunidades laborales”.”Por eso, en el proceso de rehabilitación también se trabaja mucho con los familiares a nivel de psicoeducación. Sobre todo en el momento en el que sospechamos que puede ser una enfermedad grave o crónica –explica Adolfo Rendón–. No poner más emoción de la que se pone o ser demasiado crítico”.

Según registra AFEMEN, la asociación de familiares y personas con trastorno mental grave (TMG)de la provincia, el 84% de los enfermos conviven con sus familiares, que tienen que asumir en gran medida la responsabilidad su cuidado, “en la mayoría de los casos sin conocimientos ni medios suficientes”. Por eso, desde la asociación desarrollan programas de ayuda que incluyen, entre otras aportaciones, apoyo psicológico o de asesoramiento jurídico.

“¿Qué te ha parecido?”, preguntan cuando acaba la visita, porque los prejuicios nos llegan a todos, y no se quedan a las puertas del hospital: “De hecho, con los residentes me ocurre constantemente –comenta Antonio–. Cuando llegan, les digo: ‘Seguro que tenéis una idea formada que cambia por completo cuando terminéis la estancia’. Y así es”.

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