Manzana en Montauban, vendimia en Perpignan

Alcalá del Valle aporta la mayor parte del millar de temporeros de la provincia que van a Francia "No tenemos otra cosa. Aquí sólo hay paro, paro y más paro"

Vecinos de Alcalá, temporeros en Francia, en 2008, junto al monumento al emigrante que hay en su pueblo.
Vecinos de Alcalá, temporeros en Francia, en 2008, junto al monumento al emigrante que hay en su pueblo.
T.r. Cádiz

26 de julio 2015 - 05:01

Dice Antonio García que en su pueblo, en Alcalá del Valle, "no hay nada". Bueno, sí; sí hay algo: "Paro, paro y más paro". Y hay también, añade inmediatamente, un ansia por buscarse la vida que distingue a los alcalareños. "Aquí, en cuanto uno se queda parado, ya está saliendo a trabajar donde sea. En otros pueblos no ocurre eso. Están sin trabajo y se quedan allí parados, casi no sale nadie. En Alcalá salimos a buscar trabajo enseguida".

De ese espíritu nada conformista da cuenta el millar de vecinos de Alcalá del Valle (unos 5.500 habitantes) que ahora mismo andan por Francia como temporeros, según un cálculo aproximado que hace el propio Antonio. Él mismo ha llegado a casa hace poco más de veinte días y en unas semanas, entre el 22 y el 25 del próximo agosto, con otros 15 paisanos se subirá al autobús que los llevará a Perpignan, a la vendimia.

Antonio es uno de los 15.000 trabajadores españoles (hombres y mujeres) que este año trabajarán en la vendimia francesa, según estimaciones de la federación agroalimentaria de CCOO. Más del 75% son de Andalucía. De la provincia de Cádiz, unos mil. Si hay un pueblo en la provincia gaditana que año tras año es mencionado como el que más temporeros aporta a esa cifra es Alcalá del Valle, el pueblo de Antonio García.

Emigrante veterano, Antonio es el encargado de una cuadrilla de 22 personas que vendimia en un pueblo de la zona de Perpignan, en Bages. A él y a los otros vecinos de Alcalá se les sumarán otros de Granada que recogerán de camino. Antonio va desde hace 15 años a ese mismo lugar y antes fue durante otros 15 años a otro. Precisamente tenía 15 años de edad, en 1979, cuando emigró por primera vez, al norte de Francia, a la campaña de la endivia. Este año estuvo ya unos meses preparando la viña y a finales de agosto se plantará allí de nuevo y experimentará la misma sensación: lo duro que es tener que ir a trabajar lejos de casa, de la familia. "Trabajar es sano, pero no si no estás a lado de los hijos, si te pierdes tantas cosas que se van quedando en el camino. Parece que con el paso de los años uno debería acostumbrarse, pero qué va. A esto no se acostumbra uno", se lamenta Antonio.

Sus hijos dejaron de ser niños mientras él se convertía en un temporero veterano. Uno tiene 18 años y comenzará a estudiar en la Universidad. El otro tiene 27 y es diplomado en Magisterio y con formación en psicopedagogía. Pero está desempleado. Es ese joven de la foto, con la cesta de uvas al hombro, en un amanecer de trabajo en la viña. La vendimia francesa ha permitido a unos cuantos alcalareños pagarse los estudios.

La mecanización ha reducido la necesidad de mano de obra y se echan menos horas que antes. La diferencia de nivel de vida entre España y Francia ya no es ni parecida a la que era cuando Antonio se estrenó como temporero; y mucho menos si vamos más atrás, hasta principios de los años sesenta, cuando cruzaron los Pirineos los primeros emigrantes de Alcalá. Pero aún compensa trabajar en la vendimia francesa si no hay otra cosa. Y no la hay para muchos.

Antonio explica que el salario está estipulado este año en 9,62 euros la hora para 35 horas semanales. Lo que pase de ahí es extra y se paga a unos 12 o 15 euros, depende del número de horas. En la vendimia, un 11% va para la seguridad social; en la fruta y otras campañas, el 24%. Entre ir y venir pasan unos 33 días; entre 25 y 27 son de trabajo. Hace poco más de una década, la vendimia duraba hasta 40 días y se sumaban más horas extra que ahora, era más rentable.

Andrés Barquero es delegado local de la UGT en Alcalá. El empresario francés es serio, dice, y corrobora así otros testimonios. Con la salvedad de algún caso aislado, se ajustan al convenio, a lo regulado. Andrés también ha sido temporero y explica que quien va ahora a la vendimia francesa ganará entre 1.200 y 1.500 euros por unos 20 días de trabajo. En la campaña de la manzana echan más tiempo, unos 90 días, y se traen entre 4.000 y 5.000 euros.

Los patrones franceses proporcionan viaje y alojamiento, que incluye el gas, el agua y la luz. Los temporeros se instalan en viviendas en los pueblos o en las grandes casas de campo, donde se han habilitado, por ejemplo, un salón y habitaciones para ellos.

Andrés calcula que ahora habrá unos mil vecinos de Alcalá en Francia recogiendo fruta: melocotones, nectarinas o albaricoques. Enlazan una campaña con otra. Algunos se quedarán para la de la manzana y otros se engancharán a la vendimia. "Es un continuo ir y venir. Es el principal sustento de este pueblo", comenta Andrés. Parecía que había dejado de serlo, que habían cambiado las tornas, cuando se despedía un siglo y otro entraba por la puerta. Entonces, muchos alcalareños trabajaban en la construcción y no era complicado llevarse a casa 85 euros por día. Pero ya Elisa Armario relataba en 2008, en este periódico, cómo los albañiles agarraban de nuevo el petate y ponían rumbo a los campos galos. Se había terminado el milagro, estallaba la burbuja.

Victoriano Ponce, también de Alcalá, de 78 años, emigrante temporero desde muy joven, sostiene que no se supo gestionar aquella época de abundancia. Y también, pesimista, aventura que aquí nunca se conseguirá lo que los temporeros hallan al otro lado de los Pirineos: salario regulado, todo muy bien controlado, un puesto que hay, un puesto declarado. "Francia es Francia. Lo que falla aquí es que no hay control. Aquí hay mucha granujería", resume.

Dos hijos de Victoriano han tomado su relevo: hacia el 10 de agosto partirán hacia Montauban, cada uno con una cuadrilla de 25 personas, para recoger la manzana durante unos tres meses. En el autobús cargan garbanzos, arroz, embutido, aceite. Allí compran el pan y la carne. Así logran traer lo máximo posible del salario.

Los hijos de Victoriano trabajan para los hijos del patrón para el que él trabajó durante casi 50 años en un pueblo de Montauban, en Les Barthes. Victoriano dice que quiere viajar una vez más a ese pueblo: quiere ver al patrón, que tiene unos tres años más que él y que está un poco malo. "Yo lo conocí mocito. Y quiero despedirme de él".

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