esperanza de vida

Cádiz, la provincia en la que te mueres antes

  • Desde el inicio de la crisis, ocupamos el último lugar de esperanza de vida en Andalucía 

  • En 2017,  la tasa de mortalidad infantil ha sido la más alta: un 3,5 

Entre barrios, la diferencia de esperanza de vida puede ser similar a la que existe entre distintos países. Entre barrios, la diferencia de esperanza de vida puede ser similar a la que existe entre distintos países.

Entre barrios, la diferencia de esperanza de vida puede ser similar a la que existe entre distintos países. / Belén Vargas

A la espera de saber qué es exactamente eso de vivir mejor, los gaditanos contamos con un dato seguro: nos morimos antes. Estadística tras estadística, y desde hace más de diez años, Cádiz es la provincia que copa el último puesto respecto a esperanza de vida en la región. Justo antes de la crisis, en 2007, era Huelva la que aparecía a la cola de la media de esperanza de vida de Andalucía (79 años), seguida muy de cerca por Sevilla, Málaga y Cádiz (que se situaba en una esperanza de vida de 79,8 años desde el nacimiento). Según datos del INE para 2017, el orden de esperanza de vida dentro de la comunidad autónoma sería: Cádiz (81,2), Sevilla (81,4), Huelva (81,7), Almería (81,8), Jaén (82), Granada (82,1), Córdoba (82,2) y Málaga, que roza el 82,3. En los últimos doce años, Córdoba se ha mantenido como la provincia con mayor esperanza de vida, ganando, como todas, un par de años por el camino: de los 80,3 de media en 2007 a los 82,2 del último registro, que la sitúan casi de la mano en el primer puesto, junto a Málaga. Y, desde 2008, la provincia de Cádiz va a la cola.

A más colmo, según los últimos datos del Instituto de Cartografía y Estadística de Andalucía (también de 2017), la provincia de Cádiz se coloca a la cabeza en la tasa de mortalidad infantil, con un 3,5 por cada mil.

Más de diez años apareciendo como la provincia con una menor esperanza de vida en la región revelan un mal sistémico, que guarda relación directa –comenta Antonio Vergara, coordinador de la Asociación en Defensa de la Sanidad Pública– con los “determinantes sociales de la salud”. “Que estar en paro afecta de forma seria y grave a la salud puede ser algo abstracto, difícil de creer para quien nunca ha estado desempleado –explica–. Quien lo está o lo ha estado, te dirá que hay más ansiedad, se come peor, se descansa peor, se fuma o bebe más... Y esto es sólo un ejemplo. Es muy distinto, por ejemplo, tener diabetes pero estar controlado, cuidado, porque tienes los medios y el entorno para permitírtelo, y estar jugando al tenis hasta los 85, que tener diabetes y que te amputen una pierna a los sesenta”.

En la esperanza de vida, por tanto, no todo es cuestión de número: “La esperanza de vida aumenta inexorablemente –apunta Vergara–. Lo que no disminuye son los diez años de diferencia entre un grupo social y otro. Pisar una facultad te da ya una diferencia de nueve años. Tampoco consiste sólo en llegar a los ochenta, sino en llegar activo, no dependiente”.

La primera causa de muerte y enfermedad en el mundo es la pobreza y la desventaja –comenta la doctora Paloma Navas, especialista en Medicina Preventiva y Retraso del Envejecimiento–. Hablamos mucho de la importancia de los estilos de vida, que es cierto que la tienen, pero de lo que hay que hablar es de los condicionantes de vida. Los factores sociales de la salud son muy determinantes, marcan tanto la calidad como la duración de la vida de las personas”.

Las causas de un dato tan persistente, insisten los especialistas, son estructurales: economía, ambiente, educación

Tomemos como ejemplo el sedentarismo, uno de los grandes problemas de salud del siglo: “El 60% de la población española es sedentaria, una barbaridad. Hay que procurar zonas verdes, sí: está demostrado que contribuyen a mejorar la salud física y mental –desarrolla–. Pero también tienes que darme entornos sociales y laborales que me lo permitan. Las ciudades con obstáculos, o con mucha contaminación, van a minar mi salud inexorablemente: se ha demostrado que la contaminación del aire no sólo afecta al tema del asma y las alergias, sino también a las demencias, el Alzheimer, incluso al desarrollo cognitivo”.

“Como muestra la epidemiología clínica, el sistema sanitario asistencialista sólo interviene un 25% en la salud”, indica Antonio Vergara. Del resto, un 25% es la estadística, lo inesperado e inevitable, y hasta un 50% lo conforman factores ambientales, sociales y económicos, la “salud colectiva”. Así, los determinantes fundamentales de la salud serán: desempleo, vivienda, educación, ambiente. Ahí está el origen del cepo de la esperanza de vida en la provincia. “En la salud pueden influir incluso factores como las posibles redes sociales de cercanía, de tremenda importancia en algunos barrios, que pueden verse afectadas por la turistificación”, prosigue. O hasta la existencia de pequeños comercios:“Su desaparición puede dejar a una zona libre de referentes e incluso de pequeños objetivos: ir a comprar el pan. Todas esas cosas que vemos insignificantes pueden ser decisivas”, comenta Navas.

Asumir un concepto global de salud no sólo redundaría en beneficio humano –destaca Vergara–, sino también en un importante ahorro público. ¿Por qué no se practica? “Por cortoplacismo político”. Antonio Vergara, que ha ejercido también de coordinador en el Plan de Salud de la Viña en Cádiz, pone como ejemplo el alto porcentaje de casos de asma infantil que se registra en el barrio del casco antiguo gaditano: “La labor de lo asistencial es proveer de alergólogos y pediatras –explica–. Pero los estudiosos de la salud pública se preguntan qué ocurre en las casas, y encuentran que hay una humedad altísima: la mayor parte de los casos los vas a solucionar o aliviar con un albañil. La salud no es sólo una cuestión de médicos y enfermos, hay muchos más agentes implicados”.

Las diferencia de esperanza de vida entre barrios de una misma ciudad pueden ser iguales que entre España y Marruecos: siete u ocho años

Y no sirve, advierten los especialistas, responsabilizar al enfermo: “¿El enfermo no sabe que está gordo, que tiene que dejar de fumar? –indica Vergara–. Máxime, cuando sabemos que la responsabilidad de peso la tienen otros factores. El incidir en la responsabilidad individual tiene, además, un punto biologicista e inevitable: ‘Soy gordo por genética’. Bueno, puede que sí, o puede que no. Incluso siendo así, tus condiciones vitales pueden determinar en gran parte tu estado. En una alta mayoría de casos, lo biológico es menos importante que lo social: las políticas que condicionan la vida y la calidad de entorno son fundamentales”.

Navas también rechaza de plano la asunción de culpas individuales, y también insiste en borrar el determinismo: “Conforme nos hacemos mayores, le echamos la culpa de todo a los años, y es verdad que pesan, pero también es verdad que, muchas veces, con pequeños cambios como un poco de actividad física, se nota una mejora en la calidad de vida”.

El problema entre los índices de esperanza de vida y salud es, insisten, de estructura, y es mucho más cercano de lo que suponemos: “Hay más diferencia entre barrios de una misma ciudad que entre países, que entre España y Marruecos, por ejemplo. En la ciudad de Cádiz, esa diferencia de siete u ocho años es la que se da en cien metros de distancia; entre Bahía Blanca y Santa María”.

“La ciudad hay que entenderla como el siguiente nivel de nuestra casa, y tiene que adaptarse a las necesidades de las personas que la habitan”, continúa Paloma Navas, que apunta que en Estados Unidos la diferencia de esperanza de vida entre barrios puede llegar a ser de treinta años.

La provincia de Cádiz también cuenta –según datos de 2013 del Plan Integral de Oncología de Andalucía– con tasas truncadas de mortalidad superiores a la media andaluza en cánceres como el de mama, colon, laringe y vejiga (mujeres) o colon, próstata, laringe y pulmón (hombres). Más del mismo caso: “Si fumas mucho, bebes mucho, y tienes una red social adecuada, las alarmas saltan antes –explica Antonio Vergara–. En un tejido social en el que ese comportamiento no destaca o se asume, la interrupción del hábito tóxico es mucho menor”.

“En Andalucía, casi la mitad de la población está en riesgo de exclusión o pobreza–continúa Vergara–. En Cádiz, es la mitad: un 49.2. Cuando hablamos de zonas o barrios vulnerables, al final, terminamos hablando de riesgo de exclusión laboral y residencial. Al final, lo que estamos diciendo es: vas a enfermar o a morir antes que yo”.

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