Baladas de invierno
Bienestar Social
Las 64 residencias de ancianos de la provincia, al límite de su viabilidad Visitamos dos geriátricos para conocer cómo es su día a día, la realidad y las vidas de sus residentes
Hay trece bungalows vacíos y cinco ocupados junto al lago de Arcos, dentro del recinto de la residencia de ancianos que a mediados de los 90 soñó un farmacéutico para trasladar a España el modelo asistencial sueco. Que siga adelante este centro, gestionado por el Grupo Aura actualmente, con 93 residentes pese a contar con 142 plazas, es un milagro. Es un milagro que uno de los bungalows, con salón, cocina, dormitorio, baño y un coqueto porche con vista a un jardín, esté ocupado por Ángeles y Antonio, que llegaron a esta residencia solos y tristes, y se quisieron, se acompañaron y se hicieron pareja; que en la trasera de otro florezcan rojos pimientos gracias a El Cortijero, que tiene un vergel en la trasera de su bungalow -burgalós, en la jerga interna del centro-.
Son milagros por varios motivos. Primero porque mucho antes de la Ley de Dependencia, el geriátrico se inauguró, gracias a al dinero de un fondo de inversión, y arrojó decenas de millones de pesetas de pérdidas. Su destino era el cierre. Segundo, porque un economista de Bilbao, Javier Oyarzabal, trabajador de ese fondo de inversión, llegó a este lugar y se enamoró de él, pero también lo hizo, él que sólo tenía relación con los números, de un modelo asistencial, de los ancianos que allí vivían, de historias como las de Ángeles y Antonio o de personas como El Cortijero. El hizo de este lugar una inversión rentable y convenció a un lejano y frío consejo de administración de que mantuviera en este centro el dinero y no lo trasladara a un polígono de naves industriales en un erial de Toledo. Ahora, el centro es de dos socios implicados en la viabilidad de un sector convulso. Economía al servicio de lo necesariamente humano.
Oyarzabal enseña las pulcras y racionales instalaciones con orgullo, un ejemplo de respeto al mayor. Hay 93 residentes, pero el espacio es grande, no hay acumulaciones, lo que reduce la conflictividad, secuencias habituales, "alguien que se queja de que otro escupe en la comida, otro que dice que la comida está sosa -hay una especie de mercado negro de saleros-, otro que dónde están las pastillas. Lo normal, los grandes momentos del día son la comida y la hora de las pastillas".
Pero ahora, además, hay un tercer milagro porque todo el sistema de atención a los mayores, ya con la Ley de Dependencia en marcha, pero sin dinero, se desmorona. Los geriátricos se asoman a un agujero negro.
Un geriátrico como éste tiene una media de 1,2 fallecimientos al mes, unos veinte al año. Andalucía, con una de las ratios más bajas de asistencia a ancianos de España, un 2,8%, según un informe de Portal de Mayores, cuenta con 688 residencias, 64 de ellas en la provincia, y 36.389 plazas. Un 75% de estas plazas están concertadas o son privadas, pero desde agosto la Junta no cubre los fallecimientos con nuevos residentes salvo casos de emergencia social. Esto significa que en estos seis meses en Andalucía han quedado vacantes no menos de 2.200 plazas geriátricas, más de 200 en la provincia.
Andalucía ha dejado de percibir 120 millones cuyo destino era la Dependencia. La Junta rebañó 60 millones de euros de otras partidas para salvar los muebles. Son 60 millones de euros menos que se traducen en la paralización casi absoluta de las valoraciones de Dependencia. Se pierde empleo en técnicos en valoración, cruzados de brazos durante meses, se está perdiendo empleo en los geriátricos, que no pueden sostener plantillas por la reducción de plazas. La Junta va a pagar un 12% menos por cada plaza, cuyo coste actualmente, ya muy ajustado, está estimado en 1.400 euros. Así es difícil sostener servicios como fisioterapia, que alivia dolores de los reumáticos y los artríticos, psicólogos que alivian las depresiones de los inviernos de la vida, o enfermeros las 24 horas. Las empresas están dejando de pagar o la Seguridad Social, o las nóminas, o Hacienda, o todo al mismo tiempo. Y hay geriátricos construidos en Cádiz, Benalup o Alcalá, proyectados para hacer viable la Ley de Dependencia, cuya inauguración está en el aire, pendientes de que caigan residencias que están al borde del precipicio.
Es un sector asfixiado. Lo que parecía que iba a ser un nicho de empleo se está convirtiendo en una legión de titulados en paro. Un estudio de la Fundación Alternativas calcula que hay unos 25.000 grandes dependientes andaluces, cerca de 3.000 en la provincia, esperando a recibir atención pese a la existencia de miles de plazas vacías.
Este informe, además, incluye un estudio económico que afirma que cada euro que se invierte en Dependencia supone un retorno para la Administración de 1,2 euros vía impuestos. Por cada dos usuarios nuevos en una residencia se crea un puesto de trabajo. Además, se racionaliza el gasto sanitario al reducirse derivaciones hospitalarias y controlarse el gasto farmacéutico. Oyarzabal, que ostenta la presidencia de la Federación Andaluza de Atención a la Dependencia, esgrime estos datos como prueba de hasta qué punto se está enfocando de manera equivocada el problema.
El Grupo Aura gestiona también la residencia San Miguel de Sanlúcar la Mayor, inaugurada en 2011. Su director, José Ángel Aranda, es un convencido de la calidad asistencial no ya como un derecho de los mayores, sino como un notable ahorro sanitario. "Lo asistencial y lo sanitario no pueden ser mundos paralelos". Esto es difícil mientras tengamos un gran número de dependientes fuera del sistema que se convierten en viajeros permanentes de las puertas rotatorias de los hospitales y consumen el tiempo de la atención primaria.
Junto a la sala terapéutica del centro, donde los ultrasonidos calman el tormento de la artrosis, hablamos con Antonio. Tiene 76 años, fue emigrante en Alemania en los 60 y regresó en los 70 a España. Su mujer cayó enferma hace cuatro años, postrada en una silla de ruedas y prisionera en un tercer piso sin ascensor. Durante un año Antonio cuidó de de ella, hasta que se le concedió la Dependencia. Entonces se la arrebataron, se la trajeron a esta residencia. El se quedó solo. Ella se quedó 'sola'. "Fue triste", resume el infierno de soledad Antonio. Desde el centro se consiguió, gracias a meses de insistencia, que a Antonio se le otorgara una 'dependencia' conyugal y ahora el matrimonio se ha vuelto a reunir. El ánimo de ella, cuentan los cuidadores, se vino arriba de inmediato, recuperó salud. ¿Qué hubiera pasado si no se hubiera valorado esta dependencia emocional? ¿Cuántos ancianos no valorados de la provincia están ahora presos en terceros sin ascensor? ¿A cuántos ancianos está abandonando una ley en quiebra?
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