¿Tercera Guerra Mundial?
El futuro, que no está escrito, siempre nos parece más amenazante de lo que fue el pasado
AnUNQUE estos días todo el mundo hable de la Guerra de Gaza, no debiéramos olvidar que estamos ante la tercera del mismo nombre, después de las de 2008 y 2014. Sabemos que en ninguna de las dos ocasiones precedentes se llegó a producir esa Tercera Guerra Mundial que destruiría nuestro planeta. Pero el futuro, que no está escrito, siempre nos parece más amenazante de lo que fue el pasado.
¿Qué razones hay para temer que esta vez puede ser diferente? Consideraremos tres. La primera, la escala. Para Tel Aviv –y no pretendo en absoluto entrar a discutir quién empezó primero– la segunda Guerra de Gaza fue la respuesta al secuestro y asesinato de tres adolescentes israelíes. Esta vez han sido 1.400 hombres, mujeres y niños los asesinados por Hamas. Hay, además, 240 rehenes. La fuerza de las cifras obliga a Netanyahu, presionado por sus votantes, a ir más lejos de lo que Israel llegó en las ocasiones precedentes.
La segunda diferencia se encuentra también en el Oriente Medio. El Gobierno de Netanyahu puede encontrar en la lucha contra el ISIS un precedente que le permita justificar ante el mundo un objetivo militar más ambicioso: erradicar a Hamas. Si el Ejército iraquí expulsó a los terroristas del Estado Islámico de la ciudad de Mosul con la bendición de todos, ¿por qué no puede Israel hacer lo mismo en Gaza? Hace unas semanas, pocos habrían comparado a Hamas con el ISIS. Hasta en el terrorismo, un fenómeno mal definido por la comunidad internacional, existen grados. Pero la inusual crueldad demostrada en la sangrienta jornada del 7 de octubre –es irrelevante si Hamas decapitó o no a los bebés asesinados– ha borrado en gran manera las diferencias.
Podemos encontrar una tercera diferencia en la complicada situación internacional creada por Putin al invadir Ucrania. Como consecuencia de la necesidad de encontrar armas para su Ejército, atascado en el frente desde hace muchos meses, el dictador ruso se ha abierto a profundizar las relaciones con algunos de los proscritos de la comunidad internacional. Rusia, Irán y Corea del Norte han construido sólidos vínculos alrededor de lo único que les une: el enfrentamiento con las democracias occidentales. Mientras China, que se beneficia de las tensiones, mira hacia otro lado y piensa en Taiwán, nace otra Guerra Fría. Como entonces, parece que cualquier chispa puede provocar un apocalipsis nuclear.
¿Hay razones para estar preocupado? ¿Hay riesgo de escalada? Vayamos por partes. Como en el infierno de Dante, en torno a la Guerra de Gaza existen círculos sucesivos que conviene analizar por separado.
En el primer círculo, como es lógico, se encuentran Israel y Hamas. En Gaza, la guerra va a continuar, a pesar de las crecientes críticas de la ONU y de muchos de los miembros de la comunidad internacional. Aunque poco a poco se van a ir aliviando las condiciones humanitarias, al menos en el sur de la Franja –en ese sentido está presionando la UE– seguirá siendo una guerra cruel, con demasiadas muertes de civiles. ¿Cómo evitarlas? Lo cierto es que Hamas podría dejar de refugiarse en las ciudades o recomendar a los no combatientes, niños incluidos, que abandonasen el campo de batalla. Así se cumplirían letra y espíritu de los convenios de Ginebra… pero los terroristas no lo harán porque quedaría indefensos. Israel, por su parte, podría aceptar el alto el fuego que tantos le exigen pero… ¿cómo ejercería entonces su derecho a defenderse?
En el segundo círculo encontraríamos a Cisjordania, Jerusalén Este y el Gobierno de la Autoridad Nacional Palestina. Como es lógico, las tensiones en torno a los asentamientos ilegales de colonos israelíes han aumentado en estos difíciles días. Son muchos –unos 130 desde el 7 de octubre– los palestinos muertos en enfrentamientos con soldados y colonos. Pero, por dramático que sea lo que allí ocurre, no se aleja de una anormal normalidad. Donde las chispas consumen vidas con tanta frecuencia es difícil que se produzca el incendio que podría arrasar nuestro planeta.
En el tercer círculo, alrededor de Israel y Palestina, encontramos al llamado Eje de la resistencia. Impulsado por Irán, alinea a su Guardia Revolucionaria Islámica con un abanico de grupos afines en Siria e Irak, Hizbolá en el Líbano, los hutíes del Yemen y la Yihad Islámica palestina. Todos ellos han proferido amenazas contra Israel pero, salvo Irán y su agente en el Líbano Hizbolá, no es mucho lo que pueden hacer. Los cohetes lanzados desde Siria, el Líbano o Gaza son, para Israel, business as usual. Los misiles lanzados por los hutíes desde el Yemen son anticuados y han sido interceptados sin dificultad por los buques norteamericanos o el Ejército israelí.
Es cierto que Hizbolá puede arrastrar al Líbano a una guerra con Israel, pero ¿qué ganaría con ello? Netanyahu, presionado por el recuerdo de las víctimas y quizá avergonzado por su fracaso al prevenir el ataque del 7 de octubre, parece haber dejado de escuchar las voces más moderadas de la comunidad internacional y de su propia sociedad. No es el momento de provocar a la fiera herida a menos que se haga desde una posición de fuerza que Hizbolá no tiene. Es más prudente apoyar políticamente a Hamas y cubrir su cuota de protagonismo mediante el incremento del número de cohetes y misiles que, lanzados desde ambos lados de la línea de separación, forman parte del ruido de fondo de una frontera que, por cierto, custodia la UNIFIL, al mando estos días de un general español.
Irán, por su parte, ha aplaudido el ataque de Hamas como un acto de legítima defensa contra la ocupación, olvidando el millar de civiles asesinados a sangre fría. Pero no hay evidencia alguna de que haya colaborado. Sus líderes amenazan a Israel un día sí y otro también, pero no han hecho nada que pueda provocar una guerra. ¿Por qué hacerlo si ya tienen todo lo que quieren? De cara al exterior, las negociaciones para que Arabia Saudí se uniera a los acuerdos de Abraham, un proceso que podía dejar a Irán cada vez más solo en su fanática cruzada por el exterminio de Israel, ya han descarrilado. Y en el ámbito doméstico, la unión de la opinión pública frente al enemigo israelí facilitará la represión del creciente descontento de muchos iraníes con las leyes islámicas que les arrebatan la libertad.
Todavía nos queda un cuarto círculo por analizar. Y es, sin duda, el más peligroso porque afecta a la única superpotencia que sobrevivió a la Guerra Fría. ¿Cuál puede ser la respuesta de los EEUU a un ataque con víctimas entre las fuerzas que tiene desplegadas en diversos puntos de Siria e Irak en el marco de la compaña contra el ISIS? ¿Puede Washington dejarse arrastrar a una guerra contra Irán, cuya larga mano está detrás de los intentos realizados en los últimos días por grupos afines?
La amenazadora presencia de dos portaviones de la US Navy –uno de ellos en el Mediterráneo oriental y el otro, que se incorporará en breve, probablemente al otro lado del Canal de Suez– tiene un doble objetivo. El primero es la disuasión. Irán sabrá a ciencia cierta lo que tiene enfrente. El segundo, facilitar una respuesta inmediata a cualquier provocación. En un entorno volátil, una respuesta militar rápida y controlada –como ocurrió durante la crisis provocada por el asesinato del general Soleimani– puede ser el mejor antídoto contra una escalada que nadie quiere y que, por eso, solo puede ser el resultado de una mala lectura de las intenciones del enemigo. Exactamente lo que llevó a Putin a invadir Ucrania.
Una lectura rápida de la historia parece sugerir que cualquier incidente puede provocar una guerra. Pero no es verdad. En la mayoría de las ocasiones, los incidentes ayudan a justificar las guerras que alguien desea, pero no provocan las que a nadie convienen. Por eso, a mi parecer, los españoles pueden estar tranquilos. No llegará el apocalipsis, pero no porque seamos más pacíficos que las generaciones que nos precedieron, sino porque ahora existen armas nucleares y tenemos más miedo. Y, como esa no es forma de hacer las cosas, no estaría mal que, viendo las orejas al lobo, algunos de los que hasta hace un par de años eran, quizá sin saberlo, meros negacionistas de la guerra –todo el mundo es bueno, decían– se transformaran en verdaderos pacifistas. Un calificativo que, en mi humilde opinión, no merecen los que solo desean la paz, sino los que trabajan para lograrla.
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