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Marta Jiménez Serrano: “Tenemos deberes pendientes a la hora de hablar de lo íntimo”

La autora recrea en 'Oxígeno' la intoxicación de monóxido de carbono que sufrió, un suceso que le sirve para hablar de la noción de hogar o la salvación que encontramos en los otros.

'Acción Portabella' en la Filmoteca

Marta Jiménez Serrano, el pasado martes en Sevilla. / Juan Carlos Muñoz
Braulio Ortiz

07 de febrero 2026 - 06:31

Un sábado de 2020, Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) se desplomó intoxicada por el monóxido de carbono que salía de una caldera que la arrendadora del piso llevaba años sin revisar. La celebrada autora de Los nombres propios recrea esa dolorosa cercanía con la muerte en Oxígeno (Alfaguara), un libro sobrio y emocionante en el que revisa asuntos como la noción de hogar y la salvación que hallamos en los otros. La escritora presentó esta semana su libro, acompañada de la escritora y librera María José Barrios, en el Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla (Cicus) en un acto programado por el Centro Andaluz de las Letras.

Pregunta.–La narradora dice que la literatura debe tener una lógica, una trama, pero este libro está inspirado en la vida. Y advierte: “Sepa el lector que toda ilusión de sentido es una fantasía”.

Respuesta.–Es de mis frases favoritas del libro, que es un intento de poner orden en lo que no lo tiene. En el lenguaje hay que poner una palabra detrás de otra, pero es muy difícil contar aquello que es un sinsentido en sí mismo y no tiene mucha explicación. Era uno de los desafíos de esta obra: dar forma a lo informe.

P.–Incluye noticias sobre muertes y accidentes por monóxido de carbono como el que usted sufrió.

R.–El libro tiene una vocación hiperrealista de hacerle creer al lector que todo lo que le estoy dando fue exactamente así, que no estoy ficcionalizando nada. Los fragmentos de los periódicos, algunos datos científicos, un artículo de la Constitución que se cuela por ahí reforzaban esa sensación de realidad. Creo que en Oxígeno hay una tensión todo el rato, por decirlo de algún modo, entre la cifra y la emoción. Está el problema de la vivienda que todos conocemos, pero ¿cómo se refleja esto en una vida humana? Puedo dar el número de fallecidos por monóxido de carbono, pero ¿cómo se vive eso de verdad? Las estadísticas no nos dicen nada.

P.–La protagonista contempla una foto de ella de niña, lanzándose por una tirolina, y siente que entonces era inmortal. Ser adulto es asumir que habrá un final...

R.–En esa escena comprendí el libro que estaba escribiendo. Esta historia, al final, es un duelo por esa niña, por esa época de la vida en la que yo no sabía que existía la muerte ni la concebía, y nada me daba miedo. Me pregunto a qué edad me monté en la montaña rusa y empecé a temer si estarían los tornillos bien colocados.

P.–Su pareja y usted hubiesen querido “una herida visible, un brazo escayolado” para que la gente comprendiera la vulnerabilidad que les provocó lo sucedido.

R.–A pesar de todos los discursos que hay sobre la salud mental, seguimos sin dar a los problemas psicológicos la consideración que merecen. Estoy convencida de que si me hubiese pasado dos años yendo a rehabilitación todo el mundo me habría seguido preguntando. ¿Ya puedes mover el codo? Asumimos que si no hay secuelas físicas o materiales evidentes ya está todo bien. Entiendo que yo no supe comunicar cómo me sentía, pero también creo que tenemos que escuchar más a los demás.

P.–A veces ese silencio, aunque torpe, es bienintencionado. Uno está con alguien que ha pasado por un episodio doloroso, y no sabe si es oportuno recordárselo...

R.–Creo que tenemos deberes pendientes a la hora de hablar de lo íntimo. Es verdad que a veces nos callamos por cautela pero debemos aprender a tratar ciertos temas, hay sitios y momentos para hacerlo. Hay muy poca educación emocional, y una de las cuestiones que se plantea mi literatura es dónde está el espacio para hablar de lo íntimo, de las cosas importantes. Vamos a muchas comidas familiares, quedamos con amigos, y volvemos con el resquemor de: Ay, le tenía que haber preguntado a X por esto...

“A pesar de todos los discursos sobre salud mental, seguimos sin dar a los problemas psicológicos la importancia que tienen”

P.–Dedica Oxígeno a los trabajadores del SUMMA 112, a los bomberos y a su psicólogo.

R.–Al final el libro es una oda a los cuidados, y a la comunidad. Hoy predomina ese discurso de todos podemos solos, del individualismo, y no: necesitamos a los otros, y es bonito que sea así. Lo que me ocurrió es un caso extremo, porque si la ambulancia no hubiese llegado a tiempo yo no estaría aquí, pero confiamos en el conductor del autobús, en el piloto, en la enfermera que nos pone la vía... Nuestro día a día es un confiar en los demás, aunque no seamos conscientes de ello. Deberíamos valorarlo.

P.–Le costó mucho retratar a la arrendadora, a la que no le perdona su negligencia.

R.–Tuve el libro parado porque no sabía qué hacer con ella, porque como escritora yo era consciente de que un buen personaje debía tener claroscuros, matices, pero yo me ponía a humanizar a esta señora y me hervía la sangre. Acabé comprendiendo que no es que no pudiera narrarla con contradicciones, es que no me apetecía. No es fácil contar el odio y la indignación que te provoca alguien, pero yo lo he intentado.

P.–“Nuestras abuelas”, se lee en Oxígeno, “nacieron, menstruaron, copularon, parieron y murieron en la misma cama”.

R.–Nosotros no podemos tener la misma relación con un hogar, no podemos sentir que pertenecemos a un sitio, si nuestro domicilio cambia cada nueve meses, si la subida del alquiler te expulsa del lugar donde pretendías instalarte...

P.-Confiesa en el libro que Roberto Bolaño le parece "un poco chapa". ¿Se le ha quejado algún fan?

R.-No, en realidad ha sido al contrario: hay quien me ha admitido en privado que tengo razón... [Ríe].

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