Tribuna Libre

Una crónica del Rocío que no fue

Un rincón rociero en casa de uno de los hermanos.

Un rincón rociero en casa de uno de los hermanos.

Hoy no es un miércoles cualquiera. Hoy la hermandad del Rocío del Gran Puerto de Santa María estaría con los nervios a flor de piel desde ayer noche o semanas antes de este día de comienzo a una nueva romería, tanta espera para que llegara este día… este día en el que habríamos recorrido las calles de nuestra amiga ciudad en busca de las peticiones, las despedidas y el calor de los hermanos portuenses que no hacen el camino, pero sin quererlo forman parte de él, que después de despedirnos de nuestra querida Virgen del Rocío en la iglesia San Joaquín, nos adentraremos en el parque de la Victoria para celebrar la santísima misa de romeros, esa que nos abre el corazón para recibir a la Virgen del Rocío y al pastorcito divino durante toda la romería y los meses posteriores a ella hasta la romería siguiente.

Escuchar los cohetes, los piteros y el sonido de las campanillas y los cascos contra el asfalto es señal de que la peregrinación hacia ella esta comenzando y a continuación ver la imagen de la Virgen del Rocío del convento del Espíritu Santo y las monjas tras la reja que parece que separa pero que acerca aún más a esa fe que nos une tanto… avanzar hasta ver esa cara morena que nos espera con ansias otro año más para despedirse con alegría y entusiasmo de su hermandad del Rocío que la quiere tanto. Luego conquistar el inicio de esa extensa carretera de Sanlúcar, que nos hace adentrarnos aún más en emprender ese camino de arena, hasta llegar al monolito de Las Marías, esa pequeña imagen, ese pequeño sitio que transmite el principio de algo grande con el primer ángelus de la romería.

Pero cuando empiezas a oler a mar, ay cuando huele a mar, esa sensación que no te cabe en el pecho empieza a acelerarse de nervios por llegar a ese Bajo de Guía donde espera la barcaza para ayudar a cruzar tantos peregrinos inquietos por el río Guadalquivir… a fluir en el coto de doñana con sonrisa de oreja a oreja y lágrimas en los ojos solo por ella.

En la entrada de Malandar ya nos espera nuestra carreta llena de cantes, ilusiones, rezos, peticiones… Espera que todos los caballistas, peregrinos, carretas y coches estemos ordenados para poder atravesar la entrada a ese coto de sueños, esas horas posteriores donde los nervios se van calmando al ver los pinos y las arenas, divisando Marismilla y con inquietud de escuchar el primer rosario en las arenas y organizándose para esa primera noche bajo su manto de estrellas.

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