Sonrisas y lágrimas de ternura

crítica de teatro

El hijo de la novia es una agridulce llamada de atención hacia la sociedad en la que nos desenvolvemos, en la que día a día la deshumanización, la ansiedad y la mala praxis hacia tus semejantes está colándose por las rendijas de nuestras paredes a pasos agigantados

Un momento de la función de la que se pudo disfrutar el sábado en el teatro Pedro Muñoz Seca.
Un momento de la función de la que se pudo disfrutar el sábado en el teatro Pedro Muñoz Seca.
Manolo Morillo / El Puerto

06 de junio 2016 - 05:01

EL HIJO DE LA NOVIA

Ficha técnico artística: una producción de Ados Teatroa y Pentación. Obra: El hijo de la novia. Basada en la película de Fernando Castets y Juan J. Campanella. Adaptación: Garbi Losada y José Antonio Vitoria. Dirección: Garbi Losada. Reparto: Rafael: Juanjo Artero; Norma: Tina Sainz; Nino: Álvaro de Luna; Nati: Dorleta Urretabizkaia; Juan Carlos / Tacho: Mikel Laskurain. Escenografía: Markos Tomas. Diseño de vestuario: Tytti Thusberg. Diseño de iluminación: Xabi Lozano. Duración: 1 hora y 40 minutos (sin entreacto). Lugar: Teatro Municipal Pedro Muñoz Seca en El Puerto. Aforo: lleno.

Esto de hacer una crítica sobre algo que has visto en teatro se debe entender como un acto exclusivamente subjetivo de una persona, que es la que escribe, y que tan sólo pretende dar una opinión muy particular sobre algo concreto. En absoluto se trata de pontificar nada. El que así lo haga o lo pretenda se equivoca de cabo a rabo. De vez en cuando es bueno dejar estas cosas claras para que nadie se lleve a engaño.

Dicho esto, hago mi reflexión en voz alta sobre la adaptación teatral de la celebérrima película de los argentinos Fernando Castets y Juan J. Campanella El hijo de la novia. Si ya de por sí cualquier adaptación teatral es complicada, la dificultad de ésta concretamente se elevada a la enésima potencia. Una película relativamente reciente en la cartelera en la que tanto su dirección artística, como su argumento y su grandísimo casting de actores han logrado de la misma que el gran público la tenga muy presente aún hoy en la memoria selectiva de cada cual, pues la verdad es que es casi imposible no comparar ambas producciones sin alejarnos del medio en el que cada una se desarrolla.

El hijo de la novia es una agridulce llamada de atención hacia la sociedad en la que nos desenvolvemos, en la que día a día la deshumanización, la ansiedad y la mala praxis hacia tus semejantes está colándose por las rendijas de nuestras paredes a pasos agigantados. Aunque sí es cierto que siempre nos queda un pequeño resquicio para la esperanza, y ese es el que encuentran nuestros protagonistas ante la desdicha de una enfermedad como el alzhéimer, y los apuros de un negocio familiar de hostelería que se le está escurriendo a su propietario de entre los dedos como el pájaro de la felicidad que nos describe Pío Baroja en Los Amores Tardíos.

Una puesta en escena quizás demasiado extensa en el tiempo pero muy correcta en cuanto a iluminación y decorado, que simula un salón en la trastienda de un restaurante en donde las paredes están repletas de cuadros con fotografías, sobresaliendo de entre ellas la de Norma (Tina Sainz) en plena juventud, como queriendo desafiar con la misma el alzéhimer que cobija a su mente entre dos mundos.

Álvaro de Luna y Tina Sainz son para mí actores de otra época, actores de compañías de teatro de la legua, actores que nos enseñaron a amar este arte en los recordados Estudios 1 de la televisión española. Dorleta Urretabizkaia y Mikel Laskurain que son la representación vasca de Ados Teatroa cumplen con su cometido, resaltando la versatilidad de Mikel en esta producción. Y Juanjo Artero, actor muy cinematográfico y televisivo lleva el peso de la historia con mucha dignidad, aunque todavía se le recuerda en el Muñoz Seca por su pulcrísima interpretación junto a Lola Herrera de Seis clases de baile en seis semanas. El público aplaudió acaloradamente al elenco actoral que lo agradeció desde el escenario. Yo me quedo al final con el poema de Baldomero Fernández que Norma recita repetitivamente en su enfermedad y que comienza así: Setenta balcones hay en esta casa/ setenta balcones y ninguna flor/ ¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?/ ¿Odian el perfume, odian el olor?

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