crítica teatral cine

Danza endiablada

EN EL DESIERTO

Ficha técnico artística: Losdeade Compañía de Danza. Obra: En el desierto. Idea original, dirección artística y coreografía: Chevi Muraday. Dirección teatral: Guillem Clua. Intérpretes: (por orden alfabético) Ernesto Alterio, Ana Erdozain, Sara Manzanos, Chevi Muraday, David Picazo, Maru Valdivielso y Alberto Velasco. Asistente de dirección: Manuela Barrero. Colaboración coreografía: Patricia Torrero. Música: Mariano Marín, Ricardo Miluy, Pablo Martín Jones. Textos: Guillem Clua, Pablo Messiez. Iluminación: David Picazo. Escenografía: Emilio Valenzuela, losdedae. Vestuario: Ana López Cobos. Fotografía: Ignacio Urrutia. Día: sábado 31 de octubre. Duración: 1 hora 30 minutos sin descanso. Lugar: Teatro Municipal Pedro Muñoz Seca en El Puerto. Aforo: media entrada.

Antonin Artaud, considerado "padre del teatro moderno" y creador asimismo del teatro de la crueldad, mantenía que el arte y la vida se identifican a través de la ruptura de las convenciones tradicionales. También sentenció en su momento que no quedaba claro, ni mucho menos, que el lenguaje de las palabras sea el mejor posible. "El maldito Artaud" asignaba al teatro la función de destruir los valores culturales artificiales, impuestos -según él- por siglos de dogmatismo racionalista, y proponía volver al ritual primitivo para reflejar la verdadera realidad del alma humana y las condiciones en que vive: "el drama de crueldad".

Dicho esto y sin haber escrito jamás una sola palabra sobre danza ni nada que se le parezca, permítanme que sea atrevido y que manifieste mi particularísima opinión sobre lo que vi en el escenario del Muñoz Seca el pasado sábado.

Al hablar de Antonin Artaud he querido encontrar cierto paralelismo entre su concepto de teatro y el montaje de danza/teatro que propone Chevi Muraday con En el desierto. He de resaltar que la estética de la representación para neófitos como yo en el mundo de la cabriola llama poderosamente la atención por su singularidad y por su "primitivismo" conceptual y homogéneo de actores y actrices danzando sin parar durante hora y media.

Cuestión bien distinta es lo que percibe el espectador -al menos yo- cuando es recibido en el patio de butacas a los sones de la Tosca de Puccini o el Rigoletto de Verdi entre una atmósfera mefistofélica -muy al pelo con la noche de Tosantos- y a un Chevi Muraday que por lo visto es arte, parte y el que reparte en todo lo que se menea en este montaje. En el programa de mano nos indican que los siete personajes que intervienen van hacia un lugar incierto; que huyen porque fueron expulsados de su lugar de origen y en la huida se cruzan y se encuentran. Pues muy bien. ¡Viva la imaginación! Y se encuentran, y se palpan, y desaparecen y aparecen, y danzan que te danzan como fantasmas haciéndonos creer que son fasmatodeos y mariapalitos con breves alocuciones del tipo "elije con cuidado el lugar donde quieres ser tú mismo", "si la humanidad entera se callara ¿qué sonaría?" o "pienso de noche cuando sale la luna que es el ojo del cielo" que te intentan orientar un poco por dónde va la cosa. La verdad es que el esfuerzo de los actores/bailarines es encomiable y en ese sentido muy de agradecer. Otra cosa es la oportunidad de programar este espectáculo de danza dentro del abono de teatro. La intención sé que es buena, pero a la vista está que el público habitual incluso de abono dejó en el desierto con toda certeza la mitad del aforo. Ya lo dijo Ernesto Alterio al final de su exégesis: "la soledad es el camino más rápido para perderse". No sé qué hubiera dicho Antonin Artaud.

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