Yo no soy esa
Doña Cuaresma
Me dijeron ayer, al salir de misa de la iglesia de San Antonio, que un coro de Carnaval se había disfrazado de Doña Cuaresma. Una alarma saltó en mi interior: no es posible que uno de estos grupúsculos se haya atrevido a ridiculizar a quien es, modestia aparte, catalizadora de la moral, atalaya del buen gusto, reducto de la elegancia de esta ciudad chabacana, cateta y ordinaria entregada a una horda de hombres disfrazados y malolientes (y cada vez más mujeres, válgame Dios) que en su vida han visto un tarro de Azur de Puig, Otelo o Brummel. Subí a casa angustiada para abrir el Diario por el centro (cosa que casi nunca hago) y ver el suplemento que dedica al Carnaval, en un exceso de atención a esta fiesta mamarracha. Tengo que decir que, de primeras, el nombre del coro me agradó: La dama de Cádiz. Evocador. Qué tiempos aquellos de pulcritud y buen hacer en las señoras de Pinillos o de Aramburu. Qué Cádiz ese de señorío, que se perdió para siempre. Luego me pareció grotesco ver a esos tipos (alguno de ellos con carrera) vestidos de señoronas para justificar no sé qué defensa de la mujer gaditana. Y ya me mató leer que habían cantado algo sobre unos leggins (¿se escribe así?) ajustados y que se les marcaba “la piera barco”. Ahí supe que no estaban, ni mucho menos, homenajeando a una servidora. Sigo vistiendo enaguas para preservar mi virtud. Todo lo más atrevido que me he puesto ha sido una bajera que me compré en 1973 en Almacenes Barcelona.
También te puede interesar