Diario del Carnaval

Sombra aquí, magia allá

  • Acompañamos a Sara Romero y su equipo en el proceso de caracterización de la comparsa 'Los irracionales'

La comparsista Milián Oneto antes de pasar por maquillaje. La comparsista Milián Oneto antes de pasar por maquillaje.

La comparsista Milián Oneto antes de pasar por maquillaje. / Joaquín Pino

Fue el único momento del día donde le vi los hombros relajados, los brazos rendidos y una sombra acuosa en la mirada. Diría que era emoción. Fue en el camerino 8, los chicos calentaban voces y ella, por un momento, se permitió reconocerse, como para sus adentros, en un imperceptible gesto difícil de explicar, ¿un movimiento de cabeza?, ¿una sonrisa asomando?, ¿un apretón de manos...? Fue durante el primer pasodoble, ¿apenas medio minuto...?, aún no había muerto la copla cuando detectó la necesidad de unos últimos retoques y, presta, daba órdenes a media voz al equipo. La boca de no sé quién; matizar a menganito; la nariz de fulanito... Fue el único y fugaz instante en el que vi quietos su cuerpo y sus ojos en apariencia de gacela pero dotados de la precisión del halcón. Sara Romero miraba las caras de 'Los irracionales', rostros esculpidos brocha a brocha, trazo a trazo, por sus pinceles, los de su pareja Jesús Belizón y por los de las nueve maquilladoras que trabajaron bajo su batuta en la espectacular caracterización de la comparsa de Jesús Bienvenido. Fue un momento de satisfacción íntima, un oasis al final del duro camino.

Un reto. ¿Cómo no afrontarlo? "Sara ésta es la idea". "¡Me parece genial!". "Pero no queremos llevar ni una prótesis". Al principio se desencajó, luego tomó el guante y desde el 7 de enero comenzó a trabajar en la caracterización con la que transformaría a 16 comparsistas en cuatro razas diferentes de monos y "ya luego te picas y vas incluso intentando crear para cada uno su propio rostros haciéndoles alguna pequeña variación", explica la profesional que trabaja para las agrupaciones de Carnaval desde que debutó con la chirigota de Selu 'Peña Flamenca Enrique el Alienígena' en 2003.

Curtida ya en mil batallas -intra y extra carnavaleras ya que Romero ha trabajado con artistas como Soraya, Manuel Carrasco, Pablo Alborán, Alejandro Sanz, David Bisbal...-, la maquilladora que hace tres años fundó Camerino 56, junto a la esteticista Gema Velázquez, cita a la agrupación en tres turnos y con tiempo de sobra para abordar con toda la rigurosidad necesaria el trabajo con el que los jóvenes se convertirán en mandriles, gibones, orangutanes y gorilas.

Así, apenas pasan unos minutos de las dos de la tarde, una de las salas del colegio Santa Teresa ya está tapizada, prácticamente, con el instrumental de un equipo con pulso de cirujano. Lo primero, la reunión a solas de las maquilladoras y el artista Jesús Belizón donde la jefa explica la distribución de los materiales según la lógica del trabajo.

Aparecen mil pinceles para difuminar, hacer los contornos, definir o realzar texturas. Los pigmentos del ocre al marrón mandan para las bases, los polvos traslúcidos para matizar, importantísimos, en vista de la de veces que Romero recalca su utilización, también, como ideal fijador de las pinturas más acuosas. Salen los azules cielos y los rojos para recorrer las caras de los mandriles de las que se ocupa Vanessa Pereira con una dedicación ferviente.

Y es que todas las maquilladoras -Vanessa, Inma Caramé, Cristina Molina y Marina Peña, que además se encargan de colocar con pegamento cada mechón de pelo en los rostros de los comparsistas, y Cristina, Clara, Lara Arenas, Fátima Fraga y Estefanía Moreno- se vuelcan en este proyecto con mucha "ilusión", "nervios" y "ganas de ver el resultado", van comentando las jóvenes a lo largo de la tarde mientras van desfilando por sus sillas los componentes de Bienvenido.

Si al comienzo de la tarde el trabajo va entrando a cuentagotas y sobre todo se dedican a la preparación de las bases -momentos que aprovechan para sacar el almuerzo a base de trozos de empanada y tuppers con fruta- sobre las seis de la tarde no hay mano que no tenga un rostro que transformar u otras manos que pintar. Si Jesús Belizón se encarga de hacer cada nariz -"yo le di mil vueltas y no me gustaba el resultado y él llegó a una de las pruebas y le salió a la primera, así que lo hemos fichado", ríe Romero-, Sara se carga los sombreados, el rictus de las bocas, los detallitos de las arrugas... "el trabajo sucio, vamos"... además de supervisar cada paso del equipo.

El tiempo se contrae en el último tramo y se imprime un ritmo frenético. Ya no hay hombres (ni mujer). Sólo primates cantando en el camerino 8. Sara Romero hace un gesto apenas perceptible. Está satisfecha.

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