El último barco | Crítica Leo Caldas, ocho años después

  • El escritor gallego Domingo Villar retrata su ciudad, Vigo, a través de una entretenida novela negra de más de 700 páginas sobre una desaparición

El escritor gallego Domingo Villar (Vigo, 1971). El escritor gallego Domingo Villar (Vigo, 1971).

El escritor gallego Domingo Villar (Vigo, 1971). / Lavandeira Jr / EFE

Hace cuatro años, se anunció la nueva novela de Domingo Villar, la tercera de la serie del inspector Leo Caldas. Iba a titularse Cruces de piedra e incluso se difundió por internet la portada del libro. Todavía, si se introduce en el buscador el título de aquella novela que nunca se publicó y el nombre del autor gallego, puede encontrarse la web de alguna librería que ofrece una ficha del libro.

Por qué se frenó aquella publicación es algo que este lector desconoce a ciencia cierta, aunque puede pensar mil cosas, desde una crisis de inspiración del autor hasta que éste no estuviera conforme con el resultado final. El caso es que en 2015 no se editó ninguna novela de Domingo Villar. Ni en 2016, ni en 2017, ni en 2018. Tuvo que llegar 2019 para que Siruela, la editorial que le ha publicado sus otros dos libros de la serie, editara por fin la tercera entrega, que no se llama Cruces de piedra sino El último barco.

Cualquiera de los dos títulos resultan atractivos, al menos para alguien que ya está familiarizado con los libros de Villar y que llevaba tiempo deseando leer la nueva aventura del inspector Caldas. Lo primero que llama la atención de El último barco es su extensión. Es un tocho de 700 páginas, de esos que causan una tendinitis cuando se leen en la cama y se intentan pasar las páginas con una sola mano. Y una historia policíaca de 700 páginas siempre puede generar algo de recelo, sobre todo después de los pestiños de Stieg Larsson y otra pléyade de autores nórdicos que siempre ideaban crímenes muy retorcidos y tramas con varios giros de escasa o nula credibilidad.

El caso es que el libro de Villar recuerda algo a los de Henning Mankell, escritor sueco pero de los buenos. En algunas fases de su novela, uno no puede dejar de identificar a Leo Caldas con Kurt Wallander. Ambos tienen padres ancianos que viven solos y están preocupados por su seguridad, por ejemplo. Pero, sobre todo, es en la marcha lenta de una buena parte de la novela, en la que el investigador no tiene demasiado de dónde tirar y sólo se encuentra consigo mismo y sus reflexiones, donde Mankell parece estar relatando un caso criminal en la ría de Vigo.

El ritmo lento marca la novela durante unas 500 páginas. Puede parecer que al autor se le ha ido la mano con la extensión del libro, como si fuera un director de cine que se ha pasado con el metraje de una película. Pero lo cierto es que esa lentitud de la trama refuerza la idea del estancamiento de una investigación que ni siquiera se sabe todavía si es criminal o no.

Villar es muy puntilloso, describe con exactitud todos los mecanismos de la Policía para trabajar en una investigación, las autorizaciones que ha de otorgar la juez que lleva el caso, las presiones que sufre por parte de la familia de la desaparecida y hasta la relación de la Policía con la prensa, a través del programa de radio en el que el inspector está obligado a participar.

Pero donde brilla todo ese primer tramo de la novela es en el relato de la ciudad de Vigo, de su historia, de sus marineros, de sus pescadores, de sus artesanos, de sus edificios, de sus bares, de sus parques y hasta de sus mendigos. Ahí, como las buenas novelas negras, El último barco es una crónica social al estilo de las de Petros Markaris en la Atenas de la crisis. 

Está claro que el autor domina el género. Ya lo demostró con Ojos de agua, su primera obra en la que presentó a Leo Caldas, y sobre todo con La playa de los ahogados, donde, además de tejer una trama redonda, ya había reflejado el carácter gallego y la extrañeza que éste provoca en alguien de otro punto de la península. De esto también hay en El último barco, pero en menos dosis que en la novela anterior.

Y domina el género porque ha leído mucho. Incluso hace sus propias recomendaciones dentro de la novela. Una de ellas, que no debe pasar desapercibida para el lector que no la conozca, es Cualquier otro día, la obra de Dennis Lehane sobre la huelga de la Policía de Boston en los años 20.

Después de 500 páginas en las que todo se cuece a fuego lento, llegarán las últimas 200 con un desarrollo frenético, varios giros argumentales (todos ellos creíbles, nada que ver con Larsson y sus discípulos) y un desenlace en el que todo encaja con la precisión de un reloj suizo. No se le puede reprochar al autor que deje ni un cabo suelto, aunque sí podría haber ahorrado un pelín de papel y tinta en algunos pasajes.

A pesar de su extensión, Domingo Villar se ha confirmado con esta novela como algo que ya era, uno de los mejores escritores de novela policíaca de España. A ello le ayuda una serie de personajes muy bien construidos, entre los que brilla no sólo el inspector protagonista sino también sus ayudantes y su superior. Y, cómo no, los lugareños con los que va teniendo que tratar para resolver el caso.

El último barco tiene quizás un punto menos de la ironía y sentido del humor que tenían las obras anteriores de Domingo Villar. No es nada malo. De Almodóvar dicen los críticos que acaba de firmar una obra maestra y no hay ni una sola nota del humor de sus primeras películas. No es el caso de este libro. Sigue habiendo alguna situación cómica, pero no abusa de ellas, quizás marcado por el propio carácter entre depresivo y apesadumbrado del inspector Caldas.

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