La tarta de la abuela.Por Toni Reguera

04 de mayo 2014 - 15:30

¿Dónde vas niño niño? ¿dónde vas con el pan debajo del brazo y la carita deslumbrada? “Voy a casa de la abuela, me ha invitado para almorzar, acudo presto y raudo, sus platos y rica tarta deseo degustar”.

Canción alegre y añoradora la que nos enseñaba el amor de los abuelos.

El chiquillo atendiendo las suplicas de sus mayores, partía feliz un Domingo mas para sentirse el soberano de la reunión familiar y disfrutar de su tarta preferida, la de nueces con almendras troceadas y regadas con crema de arándanos... esa era la primera capa, la de abajo.

Luego le seguía una de piñonate con frejoles revueltos en almíbar petrificado y guacamoles secos con yerbas agridulces.

La tercera se componía de dátiles rellenos con trozos de sultanas de coco y anís azucarado, mezclados sabiamente con hojaldritas mojadas ligeramente en chocolate sacarinado y esbozos de cortezas trituradas con suaves martilleos sobre la encimera, la cual debía estar desde horas antes impregnada en una ligera nata montada.

A decir verdad, lo que era el fondo de la susodicha tarta ya se daba por terminado, ahora venia la parte preferida de la abuelita, con la que realmente disfrutaba le venerable señora.

Su impresionante experiencia en el mundo gastronómico y más exactamente en el pastelero, le hacía poner sobre los tres pisos de apetitosas viandas lo que para ella trataba como sumun, las joyas de la corona.

Sobre la licuosa nata que hasta el momento decoraba el futuro inmejorable epilogo de platos, desgranaba con exquisita suavidad, unas bien picadas castañas pilongas, finas hileras de cascaras plataneras cocidas al vapor, y como no, colamalteados sufijos de abedul tibiamente fritos.

Proseguía su espectacular restauramiento con otra subida centimetrada de alimentos. Para llamémosle... quinta planta tartil.

La buena dama se empleaba, sin escatimar esfuerzos, en poner unos toques magistrales de floreados racimos pequeños de uvas pasas, diminutos... aunque perceptibles toques de miel semi-solida, manzana, pera, naranja, kiwi, también dejaba su impronta con leche agriada en queso fresco y relazos de semicurados.

Para entonces la tarta ya empezaba a coger su punto, todavía quedaban muchos elementos que deberían tener un lugar señalado en esa apetitosa circunferencia elevadora.

Llegados a ese punto, la veterana cabeza de familia rodeaba el majestuoso e inacabado postre con un redondeado molde metálico, para nada deseaba la bifurcación u/o desmembración de los múltiples parabienes ya confeccionados, esta operación debía mantenerse durante horas, la consistencia cogería así su forma adecuada, quedando un ensamblaje perfecto.

Una vez pasado el tiempo, y con la seguridad de haber asentado rigidez al opíparo y llamativo pastel, continuaba con la siguiente capa.

Para dicha superficie se decantaba en poner nísperos asados con crema de gelatina agria, dulcificadas esencias de álamos entroncados entre brillantes guindas rojas, un poco, apenas perceptible toque de crocanti de fresa y limón, y por ultimo un sello de distinción, gotas de vodka... de la isla vodka, cockteleadas con zumos naturales variopintos. Lo cierto es que para entonces un elegante aroma ya se hacía notar en la cocina y aledaños.

Seguía su sabio menester y buen hacer la incansable abuelita, poniendo sobre todo lo anterior, huevos duros, pistachos, cabellos de ángel, lengüitas de gato, fielatos robustos de leche merengada, rezumadas y pequeñas partículas de hojaldre, con sumisos tactos y suaves retoques de manga pastelera, partiendo de ella chorritos espumosos de bizcocho borracho.

La progenitora de la madre del feliz niño dejaba caer casi disimulando, unas lluvias ramilleteadas, infinitos trocitos de chocolate y yemas de San Eufrasio-monje (típicas de su tierra natal), formando montículos desordenados, entre los cuales insertaba nata, florecillas comestibles silvestres, canela, azúcar glass, parmesano esponjoso y gotas de un brandy severamente suavizado.

A modo de colofón, y usando de nuevo la ingeniosa susodicha manga fabricada por ella misma, remozaba el comestible con unos arduos, anchos y precisos higos-chumbos bañados por la sutileza que da la horchata de chufas, esta ultimas hacían el volumen de la tarta engrandecerse para así dejar caer el litro y medio de mantecado helado de menta, que era realmente la rúbrica del arte tartero, aprendido por ella de sus ancestros.

Terminado el almuerzo familiar, las manos envejecidas de la buena abuelita, no muy satisfecha por su labor... la verdad sea dicha, trajeron el postre. El alegre nieto probo un buen trozo de la tarta. Tras sentir pletórico su paladar, asintió con fuerzas y exclamo “Abuelita, que bueno esta, me encanta, quiero más, quiero más, que de cosas le has puesto, que rico, dame mas abuela...”

Ella, acariciando con amor la carita del nieto, le contestó “Pues no lleva apenas nada... guapo, bonito. Si vieras las cosas que le ponía mi madre-paz descanse, eso sí que era una tarta, esto apenas lleva condimentos, algún día te hare la que hacia la abuela de tu madre, esa sí que era una tarta. Esto es simplemente un ligero pastelito al lado de aquello. A ver si me animo y busco la receta, la tengo por algún lado... creo que está en la alacena de mi cuarto, ya verás. Te voy a cortar otro trozo, amor mío... lo que tú quieras precioso, que lindo eres hijo"

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