El partido de mi vida por María José Benítez
CUANDO GOLEAMOS EN ALEMANIA
Me ha costado decidir el partido de mi vida. Hay muchos. Casi desde que tengo recuerdos, el fútbol ha sido uno de mis alicientes. Lo era para mi padre; y él nos contagió a mi hermano y a mí aquella afición que era entonces, ysigue siendo ahora, una forma de vivir. Una forma de vivir en blanco. Porque por encima de todo, mi padre era muy del Madrid. Y yo seguí sus pasos irremediablemente. Cadadía de partido teníamos nuestro ritual: preparábamos unas tapas para el descanso; poníamos la bufanda en el sofá;cada uno se sentaba siempre en su sitio del cuarto de estar. Aquella rutina moldeó mi personalidad. Si el Madrid ganaba, cenábamos gambas al ajillo, berberechos, jamoncito… y si perdía, apenas comíamos y el jamón se quedaba para el bocadillo del día siguiente. Y sé que es políticamente incorrecto, pero esa liturgia también se repetía si el Barcelona perdía algún partido importante, como aquel 4-0 contra el Milán en la final de la Champions de 1994 en la que sacamos las bufandas del Milán por la ventana (aquello alivió algo el dolor del 5-0 que el equipo italiano nos había endosado en las semifinales de 1989). En cada partido, recuerdo a mi madre algo abochornada y pidiendo que no gritásemos tanto. Imposible. Eran 90 minutos en los vivíamos al margen de horarios y normas de buena vecindad.
Creo que tenía 11 años cuando nos hicimos socios del Cádiz. En Carranza disfruté del talento de grandes jugadores como Mágico, Pepe Mejías o Kiko y viví algunos de los partidos de mi vida: ver al Cádiz meterle 4-0 al Barcelona el 11 de mayo de 1991; o la permanencia contra el Málaga semanas después. Y uno de los partidos más tristes. Y no fue del Cádiz. El último partido de liga de 1992 se jugaba un Cádiz-Sporting pero yo estaba más en Tenerife, donde el Madrid se jugaba la liga. Me lo iba contando una radio de la época que me dio la tarde. Y los gritos de la gente en el estadio. Lo que pasó es historia del fútbol. Mi padre, mi hermano y yo salimos del estadio sin cruzar palabra. Recuerdo aquella vuelta a casa andando por la avenida sin poder parar de llorar. Mi padre nos pasaba el brazo por el hombro pero tampoco podía hablar.Creo, parafraseando a Los Secretos, que nunca he sentido igual una derrota. Al año siguiente dolió, pero menos. Ya sabíamos que podía pasar.
Pasaron los años. Llegaron otros partidos de mi vida con la séptima de Mijatovic, que grité hasta la ronquera en el piso de Cuatro Torres de Sevilla en el que estudiaba 2º de Periodismo; con la octava, contra el Valencia; o con la novena, con aquel golazo de Zidane frente al Leverkusen.
Por aquel entonces yo ya le hablaba a un muchacho quequiso el destino que fuera catalino y bastante quemasangres. Aprendí a vivir con el “enemigo” esos partidos trepidantes que antes vivía con “los míos”. Nuestras felicidades futboleras siempre han sido inversas –menos en los mundiales y eurocopas- así que me acostumbré a darme los homenajes culinarios tras las victorias yo sola.
Y tuve hijos. Y aunque cuando eran pequeños casi no me daba la vida, la afición futbolera seguía ahí, intacta. El fútbol me servía para soltar toda la intensidad acumulada de aquellos años de crianza.
Y llegó 2014. Y lo previsible sería decir que la final de Lisboa fue el partido de mi vida. Y fue increíble, el mejor minuto, el guante de Modric y el cabezazo del camero. Ganamos cuando todo estaba perdido, de una manera épica. Pero la realidad es que no disfruté del encuentro.
Porque ya había disfrutado, y mucho, unas semanas antes viendo golear al Madrid en Munich, al Bayern de Guardiola, en el partido de vuelta de aquellas semifinales que olían a final anticipada. Aquel fue el partido de mi vida del minuto 0 al 90. Íbamos a Alemania con un 1-0 de la ida que daba optimismo pero que no garantizaba nada. Todo estaba en el aire. Los últimos cruces de championssiempre son en primavera. Todavía había claridad en mi salón cuando el partido comenzó. Mi hija cenaba en la mesa y los mellizos lo hacían aún en las tronas porque así los controlaba mejor. Recuerdo que el partido empezó mal, el Bayern nos tenía encerrados atrás. Habíamos sufrido contra el Borussia Dormunt en cuartos y empezaba a temer lo peor. Apenas podíamos salir pero dos cabezazos de Ramos en cuatro minutos torpedearon la portería de Neuer. Cristiano puso la guinda con otro gol en la primera parte. El cuarto fue en el minuto 90. Tengo grabadas lascaras de mis hijos, atónitos por los saltos y los gritos de su madre, que ya en aquel momento había revoleado el plato de tortilla, de la que quedaron restos hasta en el techo. Ganar en Alemania era un reto que las estadísticas pintaban imposible. Por eso supo mejor. Fue un partidazo.El partido de mi vida. Historia. Aún guardo la crónica de José Sámano en El País, “Un Madrid Imperial”. Una joya.
Y después de Lisboa vinieron las finales de Milán, Cardiff y Kiev. La racha de mi vida. El quinquenio de mi vida. Porque además esos años estuvieron acompañados de las debacles del Barsa frente a la Juve, Roma y Liverpool tres años consecutivos. Pero el fútbol siempre tiene dos caras. Y la noche del 4-0 del Liverpool al Barcelona -cuando el equipo culé ya había vendido la piel del oso antes de cazarla- mi felicidad por ver la humillación del máximo rival fue inversamente proporcional al llanto sin consuelo de uno de mis hijos por saber que no podría ir a la final enel Wanda Metropolitano con su padre y su abuelo. Vi en él aquella tristeza infinita que yo sentí la primera tarde de Tenerife. Lo acurruqué hasta que, entre jipíos, se durmió. Supe que se acordaría de aquella noche para siempre. Y que le quedaban por delante muchos partidos de su vida. Esa es la grandeza del fútbol.
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