Tragedias y disputas en la aristocracia.

21 de octubre 2012 - 10:49

Las disputas de la familia de la escritora afincada en Cádiz Almudena de Arteaga en El Mundo ÍÑIGO DE ARTEAGA el trágico final del aristócrata seductor Tenía un éxito arrollador con las mujeres. Amigo del Príncipe, otro ha escrito: «Sólo a ti se te podría ocurrir morir como un Kennedy». Mantenía una disputa con su hermana por los títulos

uenta la mitología griega que los elegidos, criaturas que rozan la perfección, tenían una muerte trágica y prematura por el ansia de los dioses de tenerlos con ellos en el Olimpo. Aunque no pasa de ser una leyenda, lo cierto es que no existe nadie en el entorno de Íñigo Arteaga del Alcázar, fallecido el pasado domingo en un pavoroso accidente de avioneta, que no le describa como un personaje fuera de lo común. Calificativos como «encantador», «buen tío», «trabajador» o «nada estirado» se repiten como un rosario interminable cuando uno habla con sus allegados, sean operarios de sus fincas o pertenezcan a círculos nobiliarios. No en vano Íñigo huía como de la peste del estereotipo marqués de Sotoancho. «Soy un ser normal, sólo pretendo llevar mis títulos con orgullo, sin que me consideren un estirado o un cretino», aseguró en más de una ocasión. Lo cual tiene su mérito, si tenemos en cuenta que, a sus 43 años, este soltero de oro que ostentaba los títulos de marqués de Távora y conde de Saldaña y de Corres, estaba considerado el aristócrata más atractivo de España, hasta el punto de que en familia le apodaban el guapo. Lo suyo no quedaba en fachada, ya que mano a mano con su padre, actual duque del Infantado, se dejaba la piel en administrar el inmenso patrimonio familiar, compuesto por castillos, palacios y multitud de fincas desde el País Vasco a Andalucía. Y aún le quedaba tiempo para practicar hobbies tan aristocráticos como jugar al polo, embarcarse temporadas en un buque de la marina, de la que era oficial en la reserva y, sobre todo, pilotar avionetas. Pasión que heredó de su progenitor, Íñigo de Arteaga Martín, de 71 años, XIX duque del Infantado y ex comandante de Iberia. Esta afición acabaría con su vida el domingo14 de octubre. SUS 'COMPAÑEROS' Ese día había acudido al almuerzo que ofreció su padre en el Castillo de la Monclova, impresionante finca de 5.350 hectáreas que poseen los Infantado en la localidad sevillana de Fuentes de Andalucía. Entre los comensales estaban Gonzalo Lapique, un empresario de 45 años primo de Cari Lapique y gran amigo de Iñigo, fallecido con él en el accidente, y también la tercera víctima, África Lacalle del Cuvillo, de 21 años, estudiante de ICADE, que acudió con sus padres. La víspera habían asistido en Écija a la boda de la prima de África, María, hija del empresario Paco del Cuvillo. A los postres, Íñigo, que iba a regresar en su avioneta a Madrid con Gonzalo, ofreció a África ocupar la plaza que quedaba libre. Pasadas las 4 de la tarde, despegaron de la finca en dirección al aeródromo de Casarrubios, en Toledo. En torno a las 18.30, un vecino de San Pablo de los Montes observó una avioneta volar muy bajo, escuchando acto seguido un terrible estruendo. Cuando llegó a la zona de la explosión, Cabrahigos, el panorama era dantesco: En medio de una meteorología infernal, los restos de la aeronave ardían convertidos en un amasijo incandescente. Los equipos de socorro nada pudieron hacer, porque sus ocupantes habían muerto en el acto. El rescate fue complicado ya que la zona, muy escarpada, era de difícil acceso, requiriendo la ayuda de una unidad de montaña del ejército, cuyo helicóptero no pudo posarse, teniendo que recoger los cuerpos en un patín. Tampoco fue fácil identificar los restos, pues hubo que recurrir a las pruebas de ADN que se han practicado a lo largo de la semana. Por esa razón, tardó en hacerse público quiénes eran las víctimas. La mañana del lunes ni siquiera la madre de Íñigo, Almudena del Alcázar, con la que residía en Madrid y que se encontraba de viaje en Sudáfrica, conocía la muerte de su hijo. Almudena del Alcázar y Armada, hija del conde de los Acevedos, fue la primera esposa del actual duque del Infantado, casado dos veces, y madre de sus cinco hijos, de los cuales el fallecido era el segundo. Vino al mundo el 4 de marzo de 1969, dos años después que su hermana, la escritora Almudena de Arteaga. Le siguieron Iván, marqués de Armunia; Ana Rosa, condesa de Santiago, y Carla, marquesa de Laula. GRAN ESTUDIANTE La llegada de Íñigo, primogénito varón, fue un acontecimiento. Ojito derecho de su padre, que se volcó en formarle como futuro duque del Infantado. El guapo se convirtió en el referente de sus hermanos. Estudiante en el colegio San Patricio, fue un alumno brillante, hasta el punto de que era el último en enseñar las notas, para que así a su padre se le pasara el enfado por las calificaciones de sus hermanos. Posteriormente, cursó Derecho y Económicas con media de notable en la Universidad de los jesuitas de ICADE, que coronó doctorándose cum laude en el colegio de España en Bolonia. Acto seguido se instaló en Londres, donde trabajó 11 años en el banco Credit Suisse First Boston y vivía en un apartamento con cuatro compañeros, a los que apenas veía porque trabajaba hasta la madrugada. Lo cual no significa que no se divirtiera, pues sus amigos siempre le han considerado un disfrutón. Aunque no bebía alcohol (era abstemio), le encantaba ir a fiestas, sobre todo, si había mujeres guapas, con las que tenía un éxito arrollador. Según un amigo: «Si estaba Íñigo, teníamos asumido que no íbamos a ligar. Las mujeres se lo comían». A pesar de sus innumerables conquistas, sólo se le conocen dos relaciones. La primera con la modelo Eugenia Silva, cuando ella contaba 18 años, que terminó, según dicen, porque a ella se le cruzó un miembro «muy relevante» de la aristocracia. Y la segunda, con la también modelo sevillana María León, hija de los marqueses de la Cañada y actual directora de comunicación de Pedro del Hierro, con la que mantuvo un largo noviazgo. Curiosamente, a ambas la rumorología las vinculó antaño con el príncipe Felipe, con quien desde pequeños Íñigo mantuvo una buena amistad, aunque últimamente se veían poco. «Ya se sabe que los amigos solteros desaparecen de la vida de los casados», bromeaba. EL TÍULO DISPUTADO Quizá no tuvo entre sus prioridades el matrimonio, porque se volcó en prepararse para lucir el legado de sus antepasados, regresando a España en 2005 para gestionar el patrimonio familiar. Sin embargo, un año después se truncaron sus sueños con la aprobación de la ley Zapatero de la nobleza, que eliminó la prevalencia del varón en la sucesión de títulos, originando una conmoción por su carácter retroactivo, que despojaba de sus expectativas sucesorias a los ya nacidos. Íñigo de Arteaga vio con decepción cómo el ducado del Infantado pasaría en el futuro a su hermana mayor, la escritora de novela histórica Almudena Artega, marquesa de Cea y madre a su vez de dos hijas. Un golpe bajo que inevitablemente generó tensiones, aunque la sangre no llegó al río. «Gracias a Dios mis hermanos y yo somos una piña», explicaba en una entrevista el fallecido aristócrata, que se convirtió en uno de los abanderados contra la retroactividad de la citada ley. «Entiendo que si mi hermana posee unos derechos no tiene por qué renunciar. Pero los dos sabemos que es una ley mal hecha. Ella dice que es una cuestión de intereses y comprendo que le haga ilusión luchar por ellos, pero los títulos son una tradición que nada tiene que ver con intereses personales». La lucha fue estéril, porque jamás hubiera llegado a ser el XX duque del Infantado. Su final estaba escrito el 14 de octubre de 2012, cuando pilotaba su avioneta. Hoy sus restos yacen en el panteón familiar de la catedral de Toledo y este martes, 23 de octubre, se oficiará el funeral por su eterno descanso en la madrileña iglesia de los Jesuitas. Un amigo suyo ha escrito en Facebook: «Solo a ti se te podía ocurrir morir como un Kennedy». El paralelismo con John John, que se mató tambien pilotando su avioneta con 38 años, es inevitable. La mitología diría que ambos eran «elegidos de los dioses».

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