Relato de Jorge Bezares
Al inicio del confinamiento, empece una novelilla que quiero dedicar a mi infancia y a mi gente, que conforman la única Patria que conozco y coneceré. Es una ficción porque la memoria hay que rellenarla de sueños y ocurrencias, pero también está repleta de verdades y de personajes reales. La novelilla se titulará, cuando esté acabada, Barbésula. Aquí va el primer capítulo: JUAN BERMÚDEZ Y EL RÍO DE LAS CASAS La primera vez que tuve recuerdos de mi existencia de verdad fue el 6 de abril de 1966: acababa de nacer mi hermano Carlos -bautizado Carlos Javier no sé aún hoy muy bien por qué-, y mi padre, Juan José Bezares López, me empujó al dormitorio donde mi madre, Ana Bermúdez González, acababa de traerlo al mundo, en un parto sin gritos ni llantos. Era su cuarto hijo, aparte de dos abortos en avanzado estado de gestación, y tenía cierta experiencia en dilataciones. Los dos primeros, Pepe y Juan, nacieron cuando ella apenas tenía 20 años y él 25. Mi madre era de Barbésula, y mi padre de Villarrodrigo, un pueblo de Jaén en plena Sierra de Segura, límite con Albacete. Llegó en un batallón de castigo al Campo de Gibraltar por sus afinidades comunistas, sobre todo por ser primo hermano de Ignacio Gallego, un dirigente del PCE. Y en una visita a Barbésula para aprovisionar a su compañía conoció a mi madre, y se enamoraron locamente. Siempre, hasta los últimos días de sus vidas, lo estuvieron y hasta las trancas. Ella nunca lo llamó por su nombre de pila sino por su apellido: Bezares. Y él siempre se dirigió a ella por Anita. Así que, después de los abortos, vinimos Carlos y yo, y fue por prescripción médica. Esta broma terapéutica me perseguiría, como se verá, años después en otros recodos de mi vida. Evaristo Rialto, ginecólogo de Algeciras, le recomendó a mi madre, presa de una larga depresión, un tratamiento muy peculiar para salir del agujero negro de la postración. -Traiga usted familia, Ana –le dijo. Mis padres le hicieron caso, por eso entré en el dormitorio -recién encalado para el alumbramiento-, y vi enganchado al pecho derecho de mi madre al cuarto Bezares Bermúdez, un bebé negruzco. Miré a mi padre, y, sin pensármelo dos veces, le dije a quemarropa: -¡Mi hermano es negro! Mi madre me ofreció una sonrisa cansada, y mi padre me exigió un chitón para que dejara de molestar a mi madre con mis ocurrencias. El caso es que desde aquel día me convertí en el mayor defensor de toda minoría que se pusiera al alcance de mi corazón. Una vez, cuando la televisión en blanco y negro se había instalado en nuestra casa, saqué toda mi ropa del armario, la metí en unas bolsas de plástico y se las puse en el regazo a mi madre para que las enviara “ya” a los negritos de África. Supongo que la desnudez del hambre que vi en la tele con toda la crudeza me resultó a esas alturas, con apenas seis años, insoportable. Pero adoraba sobre todo a los indios. Los veía de noche pararse en la puerta de mi dormitorio a lomos de sus caballos mesteños. Llevaban siempre pinturas de guerra, pero no me daban miedo. La única vez que me sobresalté fue cuando una estampida de búfalos me pasó por encima del cobertor y levantó una polvareda que fue a alojarse en el techo de mi dormitorio. No sé. Desde pequeño siempre quise ser un indio. Cuando jugábamos al Oeste siempre quería ser uno de ellos, sin complejos, sin dudas. Me daba igual si tenía que hacer de sioux, cherokee, cheyenee, creek o apache. Con tal de parecer un pequeño guerrero con dos plumas de gallina vieja, me daba igual. A veces, en contra de la doctrina del muchachito, que era blanco, se llamaba Sebastián Marín y era un oficial del Séptimo de Caballería, protagonizábamos algún que otro Little Bighorn en Paseo de la Feria o el Lavasol. También me gustaban los toreros, o eso deduzco de un retrato con apenas dos o tres años donde aparezco en la puerta de mi casa ataviado con una montera y un capote de paseo, con la fachada desconchada y el Seat 600 de mi padre de fondo. Esta afición me duró unas cuantas verónicas. Con esa misma edad empecé a tener conciencia de la existencia de mi abuelo Juan Bermúdez, que entonces rondaba los 80 años. Era hijo de Barbésula, nacido en la antigua arquería de Los Canos, una de las casonas que dieron nombre en tiempo de los primeros omeyas al Guadiaro, un río que bañó mis grandes sueños de infancia. Solía acompañarlo de casa de mis padres a la casa de mi tía Catalina y mi tío Antonio Gómez Serrano, en la parte baja del pueblo, donde vivía. Era un recorrido de apenas 200 metros, pero se me hacía eterno. Mi abuelo, un campesino que sobrevivió gracias al contrabando con Gibraltar, sobre todo con perros adiestrados -tabaco, café, mantequilla e incluso a veces penicilina-, siempre fue, por lo visto, muy fantasioso, pero en aquellos días estaba como una regadera, quizás por una precoz demencia senil con golpes de lucidez. Recuerdo que en este corto trayecto se paraba cada poco para saludar a sus amigos muertos. Era un don que heredó de su madre, una campesina que huye (flamenca) de Benarrabá, en plena sierra de Málaga. A los vivos los despachaba con un perezoso “hay” que era en realidad “hi”: una herencia spanglish gibraltareña. A los fantasmas me los presentaba de forma muy ceremoniosa. -Aquí mi nieto Pablo, un chiquillo muy espabilado pese a que solo tiene unos pocos años -les dijo-. Le estoy enseñando a ir recto por los curvas de la vida. Yo no veía a nadie, pero mi abuelo me hacía un retrato pormenorizado de cada uno de ellos. Muchos eran gente de su edad, que había muerto en la orilla de la vejez. Pero uno, Juanito Estremera, era un niño de apenas diez años, amigo suyo, que falleció ahogado en una riada de finales de siglo XIX. Cada vez que lo saludaba, mi abuelo se emocionaba, hacía un puchero y derramaba algunas lágrimas. El niño lo consolaba con una sonrisa líquida. Por lo visto, mi abuelo lo tenía asido de una mano, pero se le escurrió y la corriente lo arrastró río abajo. El cuerpo apareció a los tres días, en avanzado estado de putrefacción y enganchado en unos matorrales de un meandro cercano a la desembocadura. Fue una tragedia en el pueblo, porque Juanito Estremera era de una familia campesina muy humilde y más buena que el pan. El niño, además, era un poeta muy precoz y con mucho talento. Paradójicamente, uno de sus poemas que le sobrevivieron se titulaba Río moro, y fue recitado por Rafael Alberti en un mitin en tiempos de la República celebrado en una plaza principal de Barbésula. -Río moro, río moro/fui finado en tus corrientes/Río moro, moro/y en ellas quedé para siempre como ausente… Esta historia me la contó mi tío Antonio, que, con los años, me completó muchos de los relatos con vivos y muertos que me trasladó mi abuelo en esos días, pero que, como es lógico, no recordaba al detalle por mi corta edad y por los desvaríos y atajos de su verbo. Sí recuerdo que mi abuelo se explayaba con cierta facilidad en cualquier circunstancia, pero especialmente cuando se sentaba al lado de la chimenea, al calor de un fuego de madera de alcornoque muy vivo y con Canelo, el último de sus legendarios perros contrabandistas, a sus pies. Allí contaba sus historias y montaba sus tertulias, por supuesto siempre con fantasmas de su absoluta confianza, excepto el comandante Miguel Pecino, un carabinero que salvó la vida reconvirtiéndose en el cabrero de un coronel franquista llamado Pacorro Doña Juanita, que lo sacó de la cárcel y lo protegió porque fueron amigos de niños. Era el único vivo en la tertulia. Los demás eran también republicanos, pero no pertenecían a este mundo: uno de ellos, José de la Pinta, murió fusilado por los moros en los primeros días del Alzamiento en la tapia del cementerio. Era el alcalde socialista del pueblo, y fue el primero en caer y lo hizo con vivas a la República que durante años se escucharon altos y claros en todo el valle de Almenara y en los bosques de Cagancha. El otro, Pedro Gallegos, falleció de tuberculosis antes de finalizar la Guerra en la cárcel de Málaga. Era filósofo y anarquista, y no se callaba empujado por un existencialismo muy combativo. Y el tercero, Manuel Peinado, fue acribillado a balazos en una cuneta de la carretera de Jimena. Era pintor y lo mataron por el vicio que tenía de retratar a los pobres. Y era también masón. Debieron fusilarlo, por tanto, dos veces. Su cuerpo no fue encontrado ni una sola vez. Según me relató mi tío Antonio, que a veces participaba en las tertulias para no dejar a su suegro solo o si acaso con Miguel Pecino -nunca creyó que en esas reuniones participaran fantasmas-, mi abuelo siempre lamentó no acompañarlos en el victimario, pero cuando entraron los moros en Barbésula, él estaba, con su mujer y sus cinco hijos, en una cortijada cercana a San Martín del Tesorillo, aun en la provincia de Cádiz. El instinto protector sobre los suyos le pudo más que la lealtad a la República. Posiblemente, aunque era militante socialista, a mi abuelo no le hubiera pasado nada, porque su mujer, Teresa González, era muy querida en Barbésula por rojos y nacionales. Era desde hacía 20 años la partera del pueblo y una mujer muy devota. Y, además, la verdad sea dicha, su marido era un republicano conciliador y moderado, poco dado a altercados y desencuentros. De aquellos primeros momentos en el escondite de la cortijada tesorillera, mi madre, una niña entonces, contó que cuando vio a hurtadillas pasar a los moros camino de Casares sintió tanto pavor que se meó encima. Su madre la abrazó, le susurró una avemaría y le tapó la boca para impedir una llantina que les delatara. Años más tarde, mi madre me confesó que las lágrimas le sobrevinieron más por la vergüenza que le provocó el alivio involuntario que por el miedo que le suscitaron los moros, que no fue poco. Al final, cuando acabó la guerra, mi abuelo estuvo unos meses en el penal de Cádiz y lo absolvieron por ser, efectivamente, una persona sin ningún delito a sus espaldas y por su poca notoriedad, más allá de esa militancia socialista que le acompañó discretamente toda su vida. Ni que decir tiene que mi abuela movió sus hilos entre el clero para protegerlo, y el empujón final para la absolución le llegó gracias a un curita de su pueblo muy cercano al obispo de Cádiz. Pocos años después, mi abuela Teresa murió de tétanos, que cogió en un inodoro de la época, situado en un establo. Frente al fuego, mi abuelo recordaba con sus amigos muertos lo que pudo ser y nunca fue, esa II República que los caciques y las derechas abortaron con un golpe de Estado y una Guerra Civil fratricidas. Pero también hablaban del estado de la cosecha, de mujeres y de temas de actualidad. Siempre comentaban las últimas noticias de Radio España Independiente, La Pirenaica, y especulaban sobre la muerte de Franco en un atentado o en cualquier circunstancia. Les daba igual. A veces, ellos mismos estaban dispuestos a montar un comando suicida, pero lo descartaban por el grave problema de movilidad y la falta de experiencia que atesoraban. Entre bromas y veras, mi abuelo desechaba el plan por miedo a que sus acompañantes se evaporaran en el último momento. Les dolía en el alma que el dictador fascista pudiera morir en la cama. Pero por encima del odio a Franco estaba el odio a El Innombrable. Planeaban totalmente en serio la muerte de esta especie de tío del saco local, hijo de un ricachón de un pueblo cercano, que se manchó las manos de sangre en la Guerra y que en la postguerra seguía haciendo de las suyas, bajo el paraguas familiar y de la Falange. El Innombrable era Nuño del Álamo, único heredero de la familia propietaria de todas las fincas entre Barbésula y San Roque, más de 10.000 hectáreas de terrenos agrícolas susceptibles de convertirse, sin papeleo alguno, en turísticos. Una fortuna. Como miembro destacado de la Falange, Nuño del Álamo estaba detrás del fusilamiento de muchos vecinos de San Roque y Barbésula. Mató o mandar matar a una cincuentena entre la Guerra y la postguerra. Muchos de ellos sin significación política alguna, simplemente eran republicanos o pobres. Pero dejó vivos a un pequeño ejército de enemigos de sangre. Acabar con él era una obsesión para vivos y muertos. Con Jorge Rojas no pudo acabar. Era un joven carabinero que resistió la feroz acometida de los moros en lo alto del cerro largo de Barbésula, los primeros días del Alzamiento. Con una ametralladora Hotchkiss M1914 y mucha munición, abatió a más de una treintena de insurgentes. Después de tres días de resistencia agónica, se escabulló como un fantasma y logró llegar a Gibraltar escondido en el maletero de un coche de Clive Golt, un amigo gibraltareño. Nuño del Álamo, enfurecido, lo buscó por debajo de las piedras: torturó a dos campesinos barbesulanos, Pascual Alcaraz y José Carrión, que supuestamente le habían ayudado en la fuga. Finalmente, impotente ante el silencio sepulcral de los dos pese a los tormentos que les infligió, mandó a un matarife que los degollara como a los cochinos. -San Martín, San Martín, socórrenos cuanto antes, danos justicia con urgencia-gritó enlutada la madre de Carrión en la plaza principal de Barbésula después de la misa de difuntos. Jorge Rojas viajó desde Gibraltar a Tánger y después a París. Cuando la invasión de Francia por las tropas alemanas durante la II Guerra Mundial se sumó a la resistencia, y el 25 de agosto de 1944 entró en la capital francesa bajo la 9, una compañía de 150 republicanos españoles integrada en la División Leclerc. Fueron los primeros en tomarla, aunque durante años Francia ocultó este hecho histórico. Pero el odio de Nuño del Álamo siguió vivo durante la postguerra. Poco antes de la toma de París, mandó asesinar a los padres de su enemigo, Salvador Rojas y María Sánchez, y a sus dos hermanos pequeños, Helena, de 14 años, y Diego, de 12. Alegó que esta familia, pequeños propietarios y solo significados políticamente por la acción militar de su hijo mayor, formaba una activa y peligrosa célula de espías británicos. Como prueba esgrimieron una vieja radio de cretona sin más historia y el hecho de que Jorge huyó a través del Peñón, con la ayuda del MI-5, rezaba en la farsa de informe oficial. Una monumental patraña que sus conmilitones de la Falange celebraron con unas risotadas y una borrachera de vino de Chiclana por la gesta de asesinar con total impunidad a cuatro inocentes más. Detrás de tal arrebato de venganza ciega no había ni una pizca de odio político, todo era personal. El Innombrable no le perdonó nunca a Jorge Rojas que robara a su prometida, Manuela Macías, en la romería de Castellar de 1934. Aunque después, cuando desapareció el carabinero republicano, se casó de inmediato con su antigua prometida y fue padre pronto, Nuño del Álamo se juró que algún día lo mataría. Manuela Macías aceptó casarse por miedo a que el falangista tomara represalias contra su padre, viudo desde que nació ella. El tiempo le dio la razón, y su padre, Andrés Macías, condenado a muerte por ser el maestro del pueblo, salvó la vida -aunque se le retiró el título de docente- por el bodorrio. Gracias a él, y pese a que no podía ejercer de enseñante, muchos niños pobres de Barbésula aprendieron clandestinamente a leer y las cuatro reglas, y supieron toda la verdad de lo que pasó en el pueblo durante la guerra. Por su parte, Jorge Rojas hizo lo propio cuando se enteró del asesinato de su familia, pero se prometió que lo haría con sus propias manos. Nunca más volvió a llorar tanto como aquel día de cielo cerrado. Militante ya del PCE, a los dos meses de la toma de París, tal eran sus ansias de volver a encontrarse cara a cara con Nuño del Álamo que se apuntó al intento de reconquista de España. Organizado por sus camaradas comunistas, tomaron el Valle de Arán durante seis días, entre el 19 de octubre y el 24 de octubre de 1944, en los que Jorge Rojas avanzó y avanzó como si no hubiera mañana. El fracaso de la misión le llevó de nuevo a París, donde espero una nueva oportunidad para buscar venganza. Aunque Nuño del Álamo era una obsesión para él y sus amigos, mi abuelo tenía otras muchas ocupaciones y amistades. Una nada menor era atender a un fantasma moro que se le aparecía en el cortijo de Los Canos, cerca del Cerro Redondo, un montículo artificial que sirvió en su tiempo como torre vigía árabe para vigilar la desembocadura del Guadiaro. Poco antes de morir, me llevó a conocer al más especial de todos. Recorrimos el trayecto desde su casa al cortijo en algo más de una hora, a paso de tortuga de mil años. Con el permiso del guarda, nos adentramos en la casona hasta llegar al salón principal. Allí, tras unos minutos de espera, se nos apareció Abu Amir, un andalusí muy bien vestido -portaba una túnica incrustada de piedras preciosas, unas zapatillas de cuero y un turbante: todo de blanco, como las paredes de la sala- que en vida debió ser una persona muy importante y distinguida. Fue la primera vez que vi de verdad a uno de los fantasmas de mi abuelo: toda una premonición de lo que pasaría meses después. Según explicó en un árabe andalusí, una mezcla de ladino y castellano antiguo, Abu Amir no se acordaba de nada de su vida, más allá de su nombre de pila: padecía una especie de amnesia post mortem, un mal que según mi abuelo afectaba a no pocos fantasmas: una pandemia como la peste negra entre ellos, vamos. Ahora, en su nueva vida, hacía el papel del Moro Descabezado que la noche del 30 de noviembre se aparecía en lo alto del Cerro Redondo para asustar a los barbesulanos. Mi abuelo, muy dado a cumplir a rajatabla con la máxima evangélica de que “la verdad nos hará libre”, le contó a Abu Amir que eran pocos ya los vecinos de Berbésula que se asustaban con sus apariciones por San Andrés. De hecho, le reveló que el acontecimiento servía para que muchas parejas conocidas o clandestinas, de mujer y hombre, de hombre y hombre y de mujer y mujer, aprovecharan la tradición de cerrar puertas y ventanas y de no pisar la calle que recomendaban el Régimen y la tradición para escaparse hasta un cañaveral cercano al cerro vigía y lanzar gritos de terror que eran en verdad de placer y lujuria. Abu Amir encajó con resignación árabe la pulla, y se mostró, pese a todo, dispuesto a seguir cumpliendo con San Andrés con la esperanza de que, a fuer de tanto descabezarse, le devolviera por tenaz la memoria sobre la vida que vivió y que quería recordar. -Es pura curiosidad -nos dijo-: después me puedo morir definitivamente. Por Alá. A mi abuelo, Abu Amir le daba pena, mucha pena. Y por eso todas las semanas cumplía con el ritual de visitarlo en Los Canos. -Es más que un fantasma, es un amigo. Cuando yo nací ya estaba en Los Canos -me dijo con la voz entrecortada. A veces, como presente, le llevaba piñonate de Jimena, que era lo poco genuinamente árabe que quedaba en aquellas tierras mediterráneas que formaron parte del Califato de Córdoba. Pero el gran tormento personal de mi abuelo era Andrés, su hermano pequeño, con quien se peleó por unas tierras en unos episodios muy sonados en el pueblo, conocidos como la ‘guerra de los coreanos’. Más de una vez me obligó a acompañarle al cortijo El Membrillo, donde vivía Andrés Bermúdez con su mujer y sus cuatro hijos. Pero siempre, cuando lo divisaba, se daba media vuelta. -Hoy no es el día- me decía con una tristeza inmensa. Con los años, con mi abuelo muerto, Andrés se presentó en casa de mis padres pidiendo reconciliarse con su hermano Juan. Arrodillado y templando, contó que se le aparecía de noche mortificándolo. -A veces se presenta con otros fantasmas y un perro llamado Canelo, y hablan y hablan al calor del fuego toda la noche. No dicen nada o al menos yo no los entiendo, pero forman un rumor insoportable, como el de un enjambre de abejas –les dijo a mis padres. Según me contó mi madre, hicieron las paces con Andrés, y su padre nunca más se le apareció. -La mala conciencia- me comentó muy sentenciosamente mi madre. Mucho antes, el 1 abril de 1968, mi abuelo murió. Yo tenía ocho años. Me pidió que lo acompañara a las ruinas de la antigua Barbésula, se sentó apoyando en el tronco de un chaparro centenario para resguardarse del calor primaveral y se durmió, escuchando el rompeolas del Levante en la copa del árbol, para nunca más despertar. No sé si sus amigos fantasmas le avisaron, pero el caso es que estaba prevenido de que la muerte le venía de camino. No en vano, unos días antes de fallecer, repartió las cuatro joyas de su mujer entre sus dos hijas, y a sus tres hijos les entregó las suyas, que eran un reloj, una navaja de Albacete y una escopeta de caza. Hasta ahí llegaba su fortuna material. A mí me dejó a Canelo. -Y algo que solo sabe él: ya se lo explicaré cuando llegue el momento -le dijo a mi madre de forma errática. A tercer día de su funeral, mi abuelo se me apareció en mi dormitorio y me anunció que heredaría, aparte del perro, el don de hablar con los muertos, el mismo que su madre le legó a él cuando falleció. -No te descubro nada nuevo: ya lo sabes, ¿no? -me dijo. -Sí, la primera vez fue con Abu Amir en Los Canos- le contesté. Rematado el traslado de poderes, mi abuelo me hizo prometer que no pararía hasta que El Innombrable pagara por los crímenes que cometió en la Guerra y en la postguerra. Era su guerra y la de sus amigos. Sobre Franco, que estaba con la estocada de los años en lo alto, se lamentó: -Morirá dentro de unos años en la cama para nuestra vergüenza. También me hizo prometer que cuidaría de Juanito Estremera y Abu Amir si se me aparecían, algo raro porque, según las fantasías sobre el ultramundo de mi abuelo, el muerto se hacía acompañar a la tumba por sus fantasmas, que morían, por lo visto, con él por segunda vez pero plácidamente. -Lo normal es que no vuelvas a verlos, pero si te los encontraras, no dejes de atenderlos; son amigos, son familia -me pidió emocionado. La muerte de mi abuelo me dejó un vacío muy grande y me instaló en una tristeza que atrapaba las palabras y la alegría. Sin nada que decir, sin ganas de reír, entré en una especie de depresión, que solo se atenuaba con mis lecturas nocturnas de Julio Verne. Los libros me los prestaba el maestro clandestino y por supuesto a escondidas. 20.000 leguas de viaje submarino, La isla misteriosa, De la Tierra a la Luna, Cinco semanas en globo… Me los leí casi todos con una voracidad enfermiza. No mejoraba y mis padres me llevaron al médico del pueblo, don Julio Serrano, un anciano sabio y respetado. En la Guerra fue requeté, pero se hartó de tanta carnicería gratuita y renegó del Régimen justo cuando Unamuno desarmó moralmente al franquismo en la Universidad de Salamanca. Lo enviaron a Barbésula deportado, pero sin retirarle el título. Después de auscultarme, de mirarme por arriba y por abajo, el veterano galeno, sin mediar palabra, cogió el recetario, escribió unas cuantas palabras y se lo entregó a mi madre, que leyó la en voz alta: -Que juegue cada ocho horas. Mi madre se escandalizó por la ocurrencia, pero mi padre lo entendió perfectamente: -O sea, que Pablo no tiene nada, ¿no? Don Julio le respondió que yo solo necesitaba jugar con niños de mi edad cuanto más mejor, y para eso era necesario que abandonara mi reclusión de forma inmediata y pisara la calle. -Las cuatro esquinas donde se mean los chiquillos de su edad serán su salvación -sentenció. A mí me hizo gracia el tratamiento, y creo que salí medio curado de la consulta por el diagnóstico tan certero que dictó. Desde entonces, siempre pensé que el factor humano era lo que realmente marcaba la diferencia entre el bien y el mal.
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