Excelente artículo de Ignacio Camacho

11 de enero 2013 - 11:01

HALITOSIS La coquetería intelectual le ha ganado una batalla al facilismo. La mala ortografía es la halitosis de la cultura POR una vez, y ojalá sirviese de precedente, los hablantes cultos le han ganado una batalla al facilismo ortográfico. Dos años después de recomendar la supresión de la tilde diacrítica en los pronombres demostrativos y en el adverbio «sólo», la Academia de la Lengua ha capitulado al constatar que su consejo no obtenía seguimiento relevante. En principio cualquier claudicación académica, sea en materia normativa o prescriptiva, se antojaría un descalabro de la pulcritud lingüística; ésta de ahora constituye, sin embargo, una buena noticia porque la nueva pauta obedecía a una suerte de renuncia, a la tentación abandonista de relajar el precepto para allanar con un rasero más bien bajo las dificultades de su cumplimiento. Una decisión de índole logsiana que trivializaba el esfuerzo ortográfico. Y que sin embargo ha resultado revocada defacto por la encomiable persistencia de los usuarios del lenguaje escrito. Unos habrán insistido por hábito o inercia; otros sólo por mero prurito purista, por resistencia intelectual a la banalización de las normas, que son el código moral de la expresión, la sintaxis del alma que decía Valèry. Este humilde articulista lo ha venido haciendo por ambas razones; primero porque resulta difícil controlar el impulso automatizado en años de aprendizaje y después, y sobre todo, por entender que la Academia había caído en un sometimiento innecesario a la vulgaridad de un lenguaje en proceso de degradación. Por supuesto que la lengua está viva y su evolución no puede constreñirse en reglas ortopédicas. Lo relevante de este caso es que al menos los escritores de textos impresos, de libros y de prensa, parecen haber optado en mayoría por el rasgo distintivo en vez de por el igualitario. Un impecable gesto colectivo de coquetería estilística que es como una forma de rebelión estética ante el degenerativo deslustre que la jerga de los sms, los anglicismos, las abreviaturas y la pedagogía de la trivialidad infligen al patrimonio del idioma. Al margen de que resulta dudoso que palabras como «sólo» y «éste» sean distinguibles sin tilde por el simple (o solo) contexto —el mismo argumento podría aducirse respecto a más y mas, adverbio y conjunción que permanecen diferenciados—, el fracaso de la homogeneidad revela la existencia de una significativa comunidad de hablantes dispuestos a continuar considerando el lenguaje no sólo como una pragmática herramienta de comunicación sino como parte de la herencia intangible de la cultura. Por más que lo importante sea entenderse hay un considerable contraste entre escribir o hablar bien y mal, y esa voluntad de perfeccionamiento, que instituciones como la Academia deberían estimular, refleja también una vocación de excelencia. La mala ortografía es la halitosis de la escritura. Por fortuna, a muchos españoles aún les importa que no les huela el aliento. ABC Sevilla

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