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Orden de actuación de la tercera sesión de preliminares

Alite e Ybarra. Por Diego Gadir

21 de junio 2019 - 00:22

Entre dos mares Pintura sobre fotografía Sala La Revuelta. Siete Revueltas, 33 . Sevilla Junio-Julio de 2019 Por Diego Gadir El título de esta nueva exposición de Alite e Ybarra suena a magacín veraniego. No hace justicia poética a la profunda belleza de las obras de arte que atesora. Pero… ¿Quién soy yo para enmendar la plana a tíos hechos y derechos que se revelan capaces y capataces en su actividad creativa? Simplemente, creo que el título debería ser capaz de anticipar y pregonar al menos una buena parte del espléndido aura de belleza y misterio que adoba esta exposición. Y, en el fondo, no deja de suponer un reclamo, toda vez que en una ciudad interior, como es Sevilla, y en época veraniega, “Entre dos mares” puede evocar la vivencia de una travesía refrescante, como así resulta. De Juan ALITE, pintor de Almansa, no sé más que la apreciación de ser un pintor peculiar que ha expuesto en tres o cuatro ocasiones. También, que es amigo de mi amigo Humberto. Y en este caso, los amigos de mis amigos resultan ser unos perfectos desconocidos. Todo llegará. Por el momento, este particular me libera de todo límite referencial. Respecto a Humberto YBARRA… quiero recalcar que es un amigo “cum laude”. Lo es desde mucho antes de la glaciación, la última, la de 2008 en adelante, cuando el arte y helarse eran lo mismo. Entonces, yo quemaba obras en la chimenea, para calentarme, como Picasso en los cuarentaitantos del siglo XX. No es cierto… en mi caso. Pero queda legendario. En realidad, yo entonces tenía los mejores amigos del mundo, muy pocos, que me daban el calor que no me procuraban los lienzos quemados en el hogar ni los “colchones” institucionales que a tantos aliviaron la debacle- . Rosa, mi hijo y mis padres estuvieron también ahí. Un día por entonces, descubrí, para mi asombro y dicha, que Humberto Ybarra, además de capacidad empática y sensibilidad, tenía ojo de artista. Consabida era y es su certera vista de coleccionista: Mauri, Benítez Reyes, Pérez Aguilera, Cortijo, su tía Fernanda Osborne… El ojo clínico para el arte es un sello familiar. Su madre, Teresa Coello de Portugal, y la propia tía Fernanda siempre se quedaban lo mejor de lo mejor. Los hermanos y primos de Humberto heredaron el famoso “ojo”, amén del buen talante. Como fotógrafo, Humberto es un alma deshuesada. Un alma tan etérea que, en ocasiones, nos hace pensar que esas fotos suyas nacen como las flores… Que ni tan siquiera acude en persona, esas mañanas brumosas, a las estribaciones de la Bahía de Cádiz a mirar a través del cristalino de su cámara. Se nos antoja que esas fotografías han surgido por un sortilegio quántico que obedece solo al control remoto de su deseo. A ver, quiero decir que Humberto “desaparece” detrás de sus fotos por pura humildad, por una decidida disipación en el estar, en el figurar, en el firmar. Que no busca un protagonismo creador… Que no lo necesita. Cuando Humberto expone sus fotografías propias, la impresión recibida por el espectador está muy lejos de aquélla cuando cohabita creativamente con Juan Alite. Es otra cosa. Ni mejor ni peor. El resultado es diferente. A solas, Ybarra es ascetismo estético. Silenciosa mirada, sobre todo. En la estela de un cineasta neorrealista cuando retrata el despoblado paisaje y busca el fomento de una compasión ante la implacable tiranía del tiempo. No en vano, una de las cosas que más le jode es eso de tener que morirse. Su virtud frente al escenario a fotografiar es la paciencia: que se acomode la bruma; la nube justa; el ave rara, irrepetible… Así surgieron los cielos de Dreyer. Y una capacidad enorme para comprender los ritmos de la naturaleza. Esa ciencia que aventa los campos de Hopper o esmerila los vidrios de Zóbel. Y todo esto batido con una fe en la sagrada esencia del paisaje. La suya es la fotografía de un creyente que recibe una revelación silenciosa, la de la belleza de las cosas creadas. Dios suele revelarse susurrante más en el milagro del arte que en el mecano del pensamiento. Cuando Wittgenstein cita a Dios en Skjolden, el silencio es desesperante… En el trabajo de Humberto siempre aparece un algo sublime por invocación suya. Una humedad de aluminio... Una alusión luminosa. Pero siempre hay una trascendencia en el paisaje. Mirar, mira su ojo... pero disparar, no dispara su ego. Como digo, parece que no dispara nadie. O, al menos, que dispara alguien que no se impone sino con su sensibilidad observadora -más que imaginativa-, en la órbita de un Néstor Almendros. No hay mucho desbarre emocional en la fotografía de Humberto, si bien sabe degradar y acuciar allí donde su obra tiene la necesidad. Él es un hombre calculador y sensato. No le veo abriendo la espita de la expresividad forzada. No le intuyo en deriva libre al tremendismo. Se revela el amor como base de su mirada a los lugares y a los seres queridos que retrata. Pero se trata de una declaración discreta, el más sincero de los modos. Rebosa equilibrio y positividad… Salud espiritual. No es hiperrealista la fotografía de Humberto. Hay mucha atmośfera presencial que la luz espolvorea, y hasta esfumato, ese desdibujamiento de las formas bajo el aliento de la naturaleza, que es un reflejo del de su mirada. Cuando ejerce de conversador, de mero amigo, su mirada vahea un sereno factor que le sirve bien cuando fotografía. Me recuerda a Diego Velázquez, tal como lo describen algunos historiadores, flemático hasta la exasperación y sabiendo ironizar con finura. Junto a Juan Alite, la cosa cambia. El Néstor Almendros vira hacia un André Derain o un Vlaminck. El gesto caldea la serenidad de las bajamares fotográficas de Humberto, y hace balancear las barquitas impertérritas enmedio de las olas del color. El silencio se incendia de matices como si el papel fotográfico se viera invadido por un sarpullido ardiente. Con Alite, amanece la colorida expresión. Las manos del pintor logran teñir de emoción la mirada desapasionada del fotógrafo. Surge el gesto; incluso se aventura el signo; se conforma la cultura. Se avanza hasta más allá de la modernidad. Se invoca a Roland Barthes . A Mimmo Paladino. A Berger. A Barceló. Humberto ha extendido sus paisajes con barcas sobre las mesas del espacio virginal. Los extiende y, luego, discretamente se retira a la estancia de la expectación. Alite recibe la generosa entrega de Ybarra, su invitación a zambullir su mente entre los pliegues de la espuma o en el cristal sereno de la bajamar. Alite lleva la mejor parte. Al menos, la más grata. Crear es destruir. Y el pintor es capaz de derrumbar la religiosa calma de las orillas. Sabe cómo “mancillar “ la blanca paz de los encuadres. La soledad, en sus manos, se hace sonora y colorada. El agua, en sus agujas, se borda como un mantón. Se policroma, por sus pinceles, la tarde de inquietudes. Sobrevienen viejos signos perdidos. Semiótica inescrutable para el placer de mirar. También hay vestigios de culturas por venir. Y todo para no aprender. Solo mirar. Yo, de mí mismo, soy barquero... gracias a Alite y a Humberto. Soberbia exposición.

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