Cartas
Crónicas del retornado
Pues no, querido lector, no me refiero a las cartas de la baraja, aunque bien pudiera, porque, según me cuentan, en Chiclana hay mucha afición a ellas. Y, si me equivoco, que don Heraclio Fournier me perdone. Dicen que hay desde partidas inofensivas en las que se juegan unos botellines o unos cafés, hasta otras en las que los billetes corren de lo lindo.
Incluso circulan leyendas (urbanas o rurales) que hablan de jugadores empedernidos que pusieron sobre el tapete casas, bodegas y hasta señoras. Ignoro lo que estas consejas tengan de veraz, pero ahí quedan y perduran.
Lo que sí tengo constatado es que aquí se juega bastante, porque cuando voy al estanco veo a muchas personas de todo tipo y nivel social apostando a todas las clases de loterías habidas y por haber. Más aún: en las tiendas de alimentación que frecuento se ofrecen al público números de sorteos diversos. Total: que nos gusta jugar. El retornado solamente ha practicado el mus cuando vivía en Navarra y nunca apostó más allá de un café o una merienda, pero cada uno es cada uno.
Las cartas a las que me refiero fueron reivindicadas por el poeta Pedro Salinas en un libro admirable: El Defensor. Es que antes escribíamos cartas, costumbre que se ha ido perdiendo, y es una lástima. Ignoro si la culpa la tienen los numerosos modos de comunicación telemática existentes, pero lo cierto es que no escribimos ni recibimos cartas.
Había cartas de muchas clases, pero escribirlas y recibirlas solía ser emocionante.
Cuando hacíamos la mili siempre esperábamos con mucho interés la llegada del correo. De hecho, el cartero de la compañía era un sujeto muy importante, tanto como el furriel y, desde luego, más que los oficiales en términos subjetivos. Ser cartero de la compañía era un enchufe deseado por todos y al alcance de muy pocos. Cuando llegaba el cartero todos nos agolpábamos en torno a él, esperando escuchar nuestro nombre en la lista que voceaba aquel fulano.
Los soldados también escribíamos cartas, especialmente a nuestra novia. Aquellas cartas eran el mayor compendio de tópicos cursis que haya conocido la historia, pero lo pasábamos la mar de bien redactándolas debajo de un pino o sobre el jergón de la tienda de campaña. Las respuestas no desmerecían en lo referente a tontunas almibaradas, pero de vez en cuando iban contenidas en un paquete alimenticio que se agradecía mucho y se compartía con los conmilitones.
También las cartas paternas, cuando los padres eran como es debido. Una carta paterna solía ser de carácter admonitorio. Mediante la carta el paterfamilias encarrilaba la conducta de su vástago, ora en estilo humorístico, ora en términos severos. Normalmente no se hacía ni caso de estas epístolas, pero se leían atentamente. Algunos maestros especiales también nos escribían. Yo nunca olvidaré las que me envió José Luis González Simancas, profesor sabio y bondadoso.
Recuerdo con especial cariño las cartas que escribía al dictado de las mujeres que trabajaban en casa, a las que se llamaba entonces "muchachas" o "criadas" sin la menor intención peyorativa.
Estas señoras solían ser analfabetas, porque en esos años había en España muchísimos analfabetos. Estas cartas entrañables contenían muchos clichés, que uno escribía por razones de fidelidad y cariño: "querida Juani, espero que al recibir ésta te encuentres bien, yo bien, gracias a Dios. Pues, Juani, sabrás…". Y así sucesivamente. Las cartas iban dirigidas a la hija que la señora tenía en el colegio, o a una hermana que vivía en el pueblo. Uno se tomaba muy en serio su oficio de amanuense y lo cumplía con toda la eficacia posible.
El retornado tuvo la suerte de intercambiar epístolas con un tío suyo tan sabio como extravagante. En esas cartas se podía leer sobre Levy Strauss o sobre la excavación de castros gallegos. También uno podía enviar poemas en espera de una crítica inteligente. Una gozada.
¿Y qué me dicen de la literatura epistolar? A bote pronto recuerdo la Pepita Jiménez de don Juan Valera, que era un señor bastante acicalado en términos literarios. También las Cartas desde mi celda de Bécquer, las Lettres de mon moulin de Daudet, las Cartas a un joven poeta de Rainer María Rilke. No olvide, querido lector que el Drácula de Bram Stoker, que Oscar Wilde consideró la mejor novela fantástica de todos los tiempos, es un libro epistolar. Las Cartas persas de Montesquieu, las Cartas marruecas de Cadalso…
Pero ya he abusado de tu paciencia, querido lector de lecturas, así que no me pongo más pedante y voy al grano.
¿Por qué no recuperamos esa costumbre tan hermosa y nos escribimos entre nosotros? Aunque sea mediante el correo electrónico o e-mail. Claro que nunca será lo mismo que una carta manuscrita, pero también vale. ¡Anímense!
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