Instrucciones para amar a la Patria

Crónica del retornado

Guillermo Alonso Del Real

Chiclana, 07 de abril 2019 - 09:00

En primer lugar has de preguntarte si la amas por interés o lo haces desinteresadamente. Normalmente vas a responder que desinteresadamente y, a lo mejor, alguien se lo cree. En segunda lugar: ¿sabes distinguir entre amor y simple encoñamiento (y espero no herir tu sensibilidad con una expresión así de vulgar?) Eso te lo puede aclarar un presbítero autorizado, que éstos suelen estar bien informados al respecto merced al sacramento de la confesión.

Una vez que hayas dilucidado estas cuestiones previas, ya puedes proclamar a grito herido que amas a la Patria y, acto seguido, evaluar adecuadamente la rentabilidad de tu pasión. Con tu fina sensibilidad recién adquirida, estarás en perfectas condiciones para detectar personas antipatriotas, vamos, que no aman debidamente a la Patria. Olfateas y rápidamente dices: “Éste es antiespañol, o, antiamericano, o, anticatalán, o antiloquesea.” Esto te permitirá afianzarte en tu españolismo, en tu catalanismo, en tu americanismo, o en tu vasquismo, lo que probablemente provocará en ti un sentimiento de euforia de duración variable.

Claro que para manifestar tu pasión patriótica necesitas algo de equipamiento. En primer lugar, una bandera. Cuanto más grande, mejor, claro. Una banderita de nada, una banderita de reducidas dimensiones, no te define suficientemente. Además, la bandera de gran tamaño tapa las vergüenzas del usuario, encubre conductas poco honorables, incluso delitos. En consecuencia, banderas, muchas banderas. Es muy bonito conseguir acumular en calles y plazas muchísima gente armada de banderas. Hay que ver lo felices que parecen siempre los portadores de banderas en todo acto público o manifestación. Luego está lo de los lazos y otros símbolos de segundo orden. No hay más que ver lo que disfrutaron muchísimas personas poniendo y quitando lazos amarillos en tierras de Cataluña. ¡Gozaban como niños! Personalmente me pareció una conducta poco madura y, como soy hombre de teatro, hasta me produjo algo de grima, pero eso no me autoriza a aguarles la fiesta a los quitadores y ponedores de lazos. ¡Para gustos están los colores, nunca mejor dicho!

O animalitos, como el toro, por ejemplo. Esa noble bestia, epítome de todas las virtudes de la raza: nobleza, virilidad, bravura… Vaya, y, en vista de lo estupendo que es, los más entusiastas taurófilos se dedican a cargárselos de forma bastante sanguinaria ante un público enfebrecido. Un poco contradictorio parece, pero una bandera nacional ornada con toro parece aún más nacional y más bandera. Otros optan por el águila, ave rapaz de elevado vuelo y agudísima vista. Águila estadounidense, águila mexicana, águila imperial franquista. ¡Venga águilas por todas partes! Incluso el humilde jumento, el “ruc” catalán, se convierte inesperadamente en símbolo nacionalista, después de las sobrecargas y los palos que había sufrido a mano de algunos payeses gerundenses. Ya dice el refrán que “uno piensa el bayo y al el que lo ensilla.”

Es curioso que ningún político se acuerde del camaleón como símbolo, y eso que por estas fechas estamos siendo testigos de mutaciones cromáticas de lo más brillantes. Vemos a una señora muy notoria pasar del rojo al naranja sin dificultad aparente, o a algunos conspicuos caballeros ponerse verdes partiendo del azul, o del azul al naranja y viceversa. ¡Menudo arcoíris, más vistoso!

La plétora de enamorados de la Patria se enciende y se sube por las tapias contra quienes quieren “romper España”, lo que pone de manifiesto que desconfían de la solidez de los materiales con que está construida la noble matrona objeto de su pasión. Son como esos celosos patológicos que siempre están pensando que su novia, o su señora, puede dársela con queso en cualquier momento, vamos, plantarles dos cuernos como dos soles en cuanto se den ellos la vuelta. Entonces se ponen calderonianos y uno teme que acaben cometiendo alguna fechoría como las que perpetraron los protagonistas de “El médico de su honra” o “A secreto agravio, secreta venganza”… Aquello que en términos más populares, pero igualmente dramáticos, se traduce en un “la maté porque era mia”. ¡Pues vaya unos enamorados más chungos!

Lo de asociar el amor y la muerte viene de lejos: morir de amor, morir por amor y dicharachos por el estilo. De ahí puede venir el elogiar y enaltecer a los que dan su vida por la patria, encenderles pebeteros y componer cánticos de lo más rimbombantes. Pues no sé, pero a yo creo que los interesados hubieran preferido seguir vivos y coleando, porque maldita gracia que tiene que te peguen un tiro o que te revienten de un bombazo a la salud de tu general o de tu comisario político.

Después del burro muerto, la cebada al rabo. Ya don Miguel de Unamuno se lo espetó al animal de Millán Astray, poniendo las cosas en su punto y razón y, de paso, provocando el cabreo visceral de unos cuantos desaforados que andaban por ahí en aquel momento. Me parece más razonable honrara la patria echando una mano a nuestros compatriotas, trabajando y pasándolo lo mejor posible.

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