Laurel y rosas Las epidemias de nuestra historia

Las epidemias han sido cíclicas en nuestra historia, desde la peste bubónica de mediados del siglo XIV cuando Chiclana contaba con “un escaso número de familias”. Más aún cuando en Vejer y Medina Sidonia, las plazas fuertes de la zona, apenas alcanzaban “los 200 habitantes”, como dicen Antonio Castillo, Francisco Velázquez-Gaztelu y M. Cruz González de Caldas. Pero Edad Moderna de la Villa ha estado plagada de epidemias, casi siempre proveniente de Cádiz. 1507, 1569, 1571, 1580 y 1599. Hasta esa peste africana de 1648-1649, de gran mortandad, a la que se atribuye el origen de La Banda, hasta entonces apenas la ermita de San Sebastián, cuatro casas de piedra –entre ellas, la llamada “del alcaide”– y alguna choza sobre ruinas romanas.

“Un dato fundamental para comprender el inicio del poblamiento de esta zona es la epidemia de 1649 que trae consigo la creación en la zona de La Banda de un hospital de apestados en un espacio ocupado totalmente por acantilados y cuevas, una zona escarpada que hasta entonces sólo había servido para refugio de maleantes o de escondite para huidos de la justicia”, escriben Manolo Meléndez y Francisco Javier Yeste. Ese hospital de Apestados, junto a la ermita de San Sebastián, pretendía aislar a los enfermos extramuros y evitar el contagio. Según Domingo Bohórquez, “murieron todos los que entraron en él”.

El “mal de contagio” volvió en 1651, menos cruento pero también “dejando un montón de muertos y empeñado el Consejo”, al decir de Bohórquez. De ahí quedó esa imagen de San Sebastián como “santo patrón contra de la peste”. Aunque volvió en 1679 con “su secuela de muerte”, la peste prácticamente remitía en el siglo XVII. Entonces apareció la primera pandemia europea de gripe. Fue en 1709. Y Chiclana no se libró de ella, con 538 fallecidos, solo “una de las más importantes del siglo”, según la describe el propio Bohórquez. Vendría luego la fiebre amarilla de 1731. Es a partir de esos años donde se forma un nuevo lazareto, esta vez en el Fontanal. Ya no estaba activo cuando, realmente, la fiebre amarilla –el vómito negro– reapareció con saña y angustia en una corbeta anglo-americana, la Delfín, anclada en Cádiz.

“Chiclana entra en el siglo XIX con mal pie. Los quince primeros años de este siglo han sido los más negros de su historia”, refieren Castillo, Velázquez-Gaztelu y González de Caldas. La fiebre amarilla asoló la Villa a partir de agosto de 1800 fue “de una importancia tal que interrumpió su normal actividad e impidió que se realizaran obras ya proyectadas”. Entre ellas, citan la construcción del camino de tierra hasta el río Zurraque y su barca-pasaje. La epidemia duró hasta principios de diciembre. El cementerio del Egido fue incapaz de dar cobijo a las 1.900 defunciones, según sostiene Bohórquez, de una población que en 1799 sumaba 8.455 habitantes entre La Banda y El Lugar.

Joaquín de Villalba, cirujano mayor del Ejército, narra en 1803 que “Cádiz se veía devorado por una fiebre de mucha gravedad y consecuencias, los pueblos inmediatos no padecían semejante azote, y solo empezaron a sufrirlo cuando la afluencia de los emigrados de Cádiz trasplantó a ellos el germen del contagio”. Es cuando llega a La Isla, Chiclana, El Puerto de Santa María, incluso Jerez y Sevilla. “Se cortó tarde la comunicación, mal observada en todas

su partes; cundió la enfermedad rápidamente”, afirma en su “Epidemiología española”. Ese libro, también titulado “Historia cronológica de las pestes, contagios, epidemias y epizootias que han acaecido en España desde la venida de los cartagineses hasta el año 1801”, es ahora desgraciada actualidad.

“Las primeras víctimas que sacrificaron la enfermedad fueron escogidas entre los emigrados gaditanos”, afirma Villalba. El vicario de Chiclana, Vicente García de Torquemada, llega a escribir entonces: “Hasta ahora era esta villa de las más libres de la epidemia pero habiendo llegado según se regula más de cuatro mil personas de Cádiz es muy creciente el número de enfermos. Estamos en mucho conflicto y receloso de la situación”. No era el único. El anónimo autor de las “Reflexiones acerca de la epidemia que reina en Cádiz y medios de atajar los estragos de una peste” (1800) pide “pena capital” para aquellos “enemigos de la humanidad” responsable del contagio en el muelle de Cádiz.

Como fue común en los siglos XVII y XVIII, la Villa quedó cerrada, con la prohibición de tránsito –especialmente hacia Cádiz– y el control de salidas y entradas. El propio José Guillermo Autrán refiere ya a finales de siglo XIX aquel drama en Chiclana: “Fue tan grande la virulencia de la peste, tan enorme el número de invadidos y tan exagerada la proporción en las defunciones, que los tres médicos que en Chiclana residían y los sacerdotes y frailes de las iglesias y el convento, no bastaban para los cuidados y atenciones de tan inusitado número de pacientes”, escribe José Guillermo Autrán.

Y aún quedaba el cólera morboasiático, primero, en 1835 y más tarde cincuenta años después, en 1884, al que el Ayuntamiento, prácticamente arruinado, y los responsables de la higiene municipal hicieron frente sin ninguna muerte. Aislamiento, higiene, sacrificio, perspectiva y superación. Es lo que enseña la Historia al fin y al cabo.

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