Cádiz

La voluntad de vender en inglés

  • Los vendedores de las tiendas gaditanas tienen un nivel hablado medio-bajo del idioma · Sin embargo muestran mucha intención y realizan un gran esfuerzo para comunicarse pese a la falta de vocabulario

Cualquier persona que viaje a un lugar con un idioma extraño se enfrenta a un problema de comunicación que plantea dificultades en situaciones sencillas. Lo lógico sería acudir al llamado lenguaje ‘universal’, el inglés. Pero, ¿qué ocurre en el caso contrario? ¿Qué se encuentran los turistas que llegan a Cádiz y se topan con estas situaciones? Se está notando un incremento de los turistas extranjeros, sobre todo los días que hay cruceros, y sería bueno conocer de primera mano el nivel que tienen de inglés los dependientes y tenderos de la ciudad.

Para llevar a cabo esta prueba se ha contactado con Catrina Hunsley, una profesora de inglés de la academia i3, licenciada en Literatura Inglesa, y original de Harrogate, una ciudad del norte de Inglaterra cerca de Leeds. Catrina lleva cinco años en Cádiz, habla y comprende el español claramente y se ha prestado a colaborar en este experimento periodístico para que sirva de muestra de la realidad del nivel de inglés en los comercios gaditanos. Hay que reconocer que las personas que han sido sometidas a esta observación desconocían que lo estaban siendo, lo que aporta mayor naturalidad a sus respuestas, al  igual que se les agradece la comprensión al identificarse como objeto de este  examen.

la prueba de nivel

El recorrido por los comercios se ha realizado basándose en distintos parámetros, limitándose al centro comercial abierto de Cádiz. En primer lugar, se ha seleccionado algunas de las grandes marcas que tienen su franquicia en la ciudad, también se ha valorado los pequeños comercios, los relacionados con el turismo, la hostelería y el comercio tradicional. En total han sido diez los establecimientos elegidos. Al mismo tiempo se ha valorado la edad de los dependientes.  Entre los objetivos a valorar en primer lugar el nivel de inglés, el conocimiento de palabras relacionadas con los productos que venden y, aunque no sepan hablar el idioma, si pueden comunicarse y entenderse con su interlocutor.

Mango ha sido la primera de las franquicias en las que se hizo la prueba. Al entrar en el comercio de la calle Columela, la profesora Catrina Hunsley se acercó a una de las dependientas y hablando todo en inglés le solicitó ayuda. Desde el primer momento entendió que le estaban hablando en inglés pero sin embargo la chica no lo quería hablar, pese a reconocer que sabía. Necesitó de la ayuda de una compañera para atender las preguntas sobre tallas grandes que le estaba haciendo. Al final, logró que le dieran las indicaciones, en español, para llegar al cash machine o cajero automático más cercano.

En Springfield y Zara la situación era algo parecida. La dependienta de Springfield –en la mayoría de los casos mujeres–  estaba más predispuesta a hablar en inglés, con sus fallos, pero comunicaba bien, con intención de ayudar. En Zara, por su parte, al preguntarle a la trabajadora “Do you speak english?” le respondió que no. Sin embargo entendía todo lo que le decía. Las preguntas utilizadas en los casos elegidos van desde el Excuse me, can you help me? (¿Disculpe, puede ayudarme?), Do you have any woman’s pijamas? (¿Tiene pijamas de mujer?) Where can I buy stamps? (¿Dónde puedo comprar sellos?) o Is the fish fresh or frozen? (¿Este pescado es fresco o congelado?).

En el comercio tradicional el nivel sigue siendo el mismo en los más jóvenes. Para los mayores de 40 la cosa se complica. En dos pescaderías del Mercado Central se preguntó por el precio de unos filetitos de perca y si el atún del expositor era fresco o congelado. En el caso del atún la chica entendió lo que se le preguntaba y respondió que no, que era refrigerado. Ahora, cómo explicarlo. Hecho mano al móvil y lo buscó en Internet. No sabía hablar inglés, pero, objetivo conseguido. En una de las recovas del pórtico del mercado fue imposible que el regente entendiera si los huevos eran de campo o no.

Se entró en la tienda de souvenirs de la calle Columela con la intención de preguntar donde se podía comprar un sello para una postal. El chico que terminó atendiendo a Catrina le indicó en inglés, con palabras sueltas –como los indios de las películas–, el camino a seguir hasta Correos. Al entrar en la mercería Amalia,  en la calle Libertad, y preguntar si tenían pijamas de mujer  la dependienta, que entendió lo de pijama, preguntó: ¿De hombre o de mujer? Mientras con las manos se cogía el lóbulo de la oreja indicando unos pendientes (mujer) y poniendo el dedo bajo la nariz señalando un bigote (hombre). “Eso no lo va a entender la chiquilla”, le comenta una cliente. “Pues los que somos de antes de la guerra lo entendemos”. En este caso Catrina Husley reconocía que a esta señora no le hacía falta saber inglés, le sobraban dotes de comunicación per se.

En el bar Al-Andalus de la calle Barrié se solicitó información sobre los menús y si tenían platos vegetarianos.  Respecto a al menú la señora la llevó hasta el cartel y le explicó en español y con gestos todos los platos de la carta. Como plato vegetariano le ofreció unos tallarines a la boloñesa. Bien por la pasta pero error en la salsa. El nivel más alto en los comercios seleccionados se dio en la farmacia del Pilar en Cánovas del Castillo. Un chico con nivel B1, intermedio, que hablaba inglés con seguridad. Se le tuvo que repetir en varias ocasiones que no podía tomar paracetamol para un dolor de garganta, pero todo fue fluido. Se agradece porque en estos casos pueden producirse consecuencias más graves.

CONCLUSIONES

Catrina Hunsley saca sus conclusiones tras esta experiencia sobre el terreno. En los casos que ha visto se demuestra que “alguna comprensión poseen pero tienen miedo a hablar y en algunos casos han hecho mucho esfuerzo para intentar explicarse”. Sin embargo, “resulta curioso como los dependientes, diciendo que no saben nada de inglés  han contestado bien todas mis preguntas inglesas en español”. Tras viajar por varios países europeos, la profesora reconoce que en España se empeñan mucho en agradar al turista. En su experiencia se ha encontrado con personas que se han negado a atenderla por no entender el idioma. Según Catrina Hunsley, “dicen que solo el 10 por ciento de la comunicación depende de las palabras y del conocimiento del idioma”. En su conclusión, “los gaditanos hacen mucho esfuerzo por comunicar y creen que realmente el turista va a entender algo”, por lo que no hace falta que ellos aprendan inglés.

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