HIstoria | Imágenes pioneras de la aviación española

Las primeras fotografías aéreas de Cádiz

  • Las instantáneas de Cádiz de Leopoldo Alonso, tomadas desde el aeroplano pilotado por Leoncio Garnier, fueron las primeras tarjetas postales con vistas desde el cielo de una ciudad española

  • El español Benito Loygorri fue el primero en despegar desde el Balneario Victoria de la capital gaditana, pero su avión cayó al mar en un segundo vuelo

El piloto Loygorri (el más alto, con gorra) y el fotógrafo Reymundo, junto al aeroplano. El piloto Loygorri (el más alto, con gorra) y el fotógrafo Reymundo, junto al aeroplano.

El piloto Loygorri (el más alto, con gorra) y el fotógrafo Reymundo, junto al aeroplano. / D. C.

En Cádiz, con motivo del Centenario de la Constitución de 1812, una comisión integrada por las instituciones, las asociaciones y las personas más relevantes de la ciudad organizó un amplio programa de actividades y celebraciones, desde las más oficiales a las de mayor participación popular. En dicho programa, como a través de la prensa se venía informando últimamente de los inicios de la aviación en España y de las demostraciones aéreas que por distintas ciudades se venían celebrando, se incluyó una Fiesta de Aviación a celebrar el 6 de octubre.

El primer piloto español de aeroplanos (aunque nacido en Biarritz en 1885) era Benito Loygorry Pimentel, un joven ingeniero industrial, residente en Valladolid, que en 1909 se inició en Francia en la conducción de aeroplanos y obtuvo el título de piloto de la Federación Aeronáutica Internacional. Lo cual, no existiendo aún los vuelos oficiales (ni comerciales, ni militares), lo situaban en una condición como de sportman autorizado.

A comienzos de 1910 se fundaron en Madrid y en Barcelona (sin pilotos ni aeroplanos) los primeros clubs aéreos, organizándose con el piloto francés Mamet las primeras exhibiciones aéreas el 1 de febrero en Barcelona y el 23 de mayo en Madrid. Otorgándosele a Loygorri, el 30 de agosto de aquel año, el primer título español de piloto aviador.

A partir de entonces Loygorri compró un elemental aeroplano Henri Farman y, en solitario o en compañía con otros pioneros de la aviación, se lanzó a ir de ciudad en ciudad, recorriendo España con demostraciones de aquel moderno y arriesgado “deporte”. En junio de 1911 ganó el primer concurso aéreo español por permanecer en vuelo casi media hora.

En este peregrinaje por las ciudades españolas (en un momento en que el precio de un aparato rondaba las cien mil pesetas y los vuelos de exhibición se contrataban por diez o quince mil) no faltaban las frustraciones por las condiciones meteorológicas que impedían volar y por los accidentes. Como cuando Loygorri, en octubre de 1910, cayó al mar en una exhibición en San Sebastián, o cuando se mató el piloto francés Leforestier, en septiembre de 1911, en una exhibición en Huelva.

Aquel mismo año, el 13 de marzo de 1911, Loygorri hizo la prueba de vuelo de su nuevo biplano Farman, tomando tierra en el nuevo aeródromo madrileño de Cuatro Vientos, donde fue recibido y felicitado por los oficiales Kindelan, Herrera, Arrillaga, Ortiz de Echagüe y Barrón que, tras la compra de los terrenos y los aeroplanos, fraguaban el nacimiento de la aviación militar española. Labor con la que Loygorri, por su doble condición de ingeniero y piloto, colaboró activamente.

Cuando Loygorri fue contratado como protagonista de la Fiesta de la Aviación en Cádiz, con solo 27 años, ya había volado unas doscientas cincuenta veces y más de sesenta con su nuevo biplano Lommer. La fiesta se programó para el 6 de octubre y el piloto llegó unos días antes a Cádiz acompañado de su ayudante mecánico, José Botas, con quien volaría.

Todo Cádiz se desplazó al Balneario Victoria, donde se instaló una tribuna para la "gente principal"

La expectación en Cádiz ante esta novedad fue enorme y masiva la asistencia popular para ver volar el primer aeroplano. Todo Cádiz, a pie, en tranvías con jardineras, carruajes y coches (que eran contados), se desplazó a las inmediaciones del Balneario Victoria, donde se había improvisado una tribuna con sillones y sillas para las autoridades y la “gente principal”.

Por allí se situó todo el mundo, “cada uno en su sitio” según la clase social a que perteneciese o el cargo público que ocupase, ya que, como eran fechas en que se celebraban actos oficiales, al alcalde, don Ramón Rivas, y al ministro de Instrucción pública les acompañaron diputados nacionales, generales, embajadores, periodistas y fotógrafos. Podía decirse que a las tres de la tarde, hora anunciada para el comienzo de la exhibición, todo Cádiz se había trasladado a aquella zona de Puertatierra.

La Guardia Civil cuidaba rigurosamente del orden establecido. A las cuatro y quince minutos se encendió el ruidoso motor del biplano y el aparato, después de deslizarse velozmente cincuenta metros hacia Cortadura, se elevó de la tierra unos veinte metros y terminó aterrizando frente a la muralla. La cosa había sido emocionante..., pero se esperaba mucho más.

Aquel primer aeroplano que se veía en Cádiz se elevó de tierra unos veinte metros, pero la gente esperaba algo más

El aeroplano giró en dirección al Balneario, aceleró y, después de elevarse menos que antes, rápidamente tomó tierra. Loygorri, queriendo agradar, volvió a intentarlo una hora después pero con parecido resultado. Aquello fue todo. El piloto comentó que con aquel viento era demasiado arriesgado volar y la gente, defraudada, se volvió a sus casas.

Como el deseo de cumplir su compromiso con los gaditanos era grande, Loygorri, acompañado de su mecánico, lo volvió a intentar al día siguiente, aunque con menos público. El Poniente seguía soplando fuerte y racheado, lo que no impidió al aviador elevarse con su aparato más lejos y alto que el día anterior, aunque cuando volvía de la Cortadura y se acercaba al Balneario una racha de viento hizo que el biplano cayera al mar.

El momento fue de angustia, pero pronto se observó que los aeronautas estaban ilesos y una barca los rescató solo empapados. Hubo que esperar que bajase la marea para rescatar también el maltrecho aparato. De las numerosas fotografías que captaron aquel desafortunado “bautismo aero-náutico” fueron las del aventajado fotógrafo portuense Justino Castroverde las que publicó el semanario madrileño Mundo Gráfico.

Al verano siguiente, el dueño del Balneario Victoria, don Emilo Freire, intentó contratar a los prestigiosos aeronautas franceses Poumet y Vedrines, para compensar rápidamente la frustración y rentabilizar una buena imagen de la ciudad. Los pilotos estuvieron en Cádiz, pero su tarifa de 15.000 pesetas no se alcanzó, al no concederse las subvenciones oficiales que se pretendían.

No obstante, en el Pleno Municipal del 16 de agosto de 1913 se aprobó celebrar una Fiesta de la Aviación, abriéndose concurso público para los aviadores que quisieran participar. Pero como ninguno se presentó, se aprobó la propuesta que hizo un representante del aviador francés Leoncio Garnier que, como Loygorri, venía participando en concursos y vuelos de exhibición desde 1910 y ya era “campeón de España”.

En la mañana del 30 de agosto, Garnier hizo unos vuelos de prueba con su monoplano Bleriot sobre la zona del Balneario Victoria, a más de 800 metros de altura, durante 20 minutos, que auguraban una fiesta de verdad, una alegría colectiva, un impulso al veraneo en Cádiz y una fecha para recordar. Además, Garnier, que vino a Cádiz acompañado de su bella esposa (con quien ya había hecho más de 90 vuelos), se hospedó desde unos días antes en el Hotel de Francia, dio entrevistas a la prensa, se dejó fotografiar junto a su aparato, asistió a actos sociales y lanzó la propuesta de que quien quisiera acompañarlo en sus vuelos (uno a uno) podría hacerlo pagando 100 pesetas.

Aquella tarde del día 30 de agosto de 1913, ante un impresionante gentío que se había desplazo por todos los medios posibles a Puertatierra, con la alegría, el consumo de bebidas y la música de fondo del regimiento de Pavía, Garnier realizó su primer vuelo con el joven gaditano Guillermo Macpherson que, al bajar, dijo no haber sentido vértigo ni mareo, y haber tenido la maravillosa experiencia de ver Cádiz y los pueblos de la Bahía desde el cielo.

Tras este vinieron otros dos vuelos de, aproximadamente, 20 minutos, con Daniel Macpherson y la señora Garnier como pasajeros, en los que se alcanzaron los 1.300 metros de altura y los 120 kilómetros por hora de velocidad. Al aterrizar, la música sonó vibrante y fueron estruendosas las emocionadas ovaciones. Muchas familias prolongaron su estancia en el Balneario hasta el anochecer.

El fotográfo salmantino venía de la Guerra de Marruecos, donde estuvo como corresponsal de 'Mundo Gráfico'

Pero aquella noche sucedió un hecho de singular importancia. El fotógrafo salmantino Leopoldo Alonso Hernández (1877 – 1949), reportero de la revista Mundo Gráfico (que venía de colaborar con el Servicio de Aeronáutica Militar en la guerra de Marruecos y que el pasado 15 de febrero ya había volado sobre Madrid en un aeroplano de Garnier (tomando las primeras fotografías españolas en esta modalidad), visitó al piloto francés en el hotel y le pidió ser uno de los pasajeros en los vuelos que se programaban. Petición a la que se sumó, entre otras, la del famoso torero, ya retirado, Luis Mazzantini (problemática por sus 103 kilos de peso).

El día 31 se realizaron los vuelos programados, en uno de los cuales viajó el fotógrafo Leopoldo Alonso con su cámara, pues se proponía hacer un reportaje para Mundo Gráfico antes de continuar viaje a Madrid para descansar unos días, antes de regresar a Marruecos donde ya había estado dos meses en servicios oficiales.

El día 1 de septiembre, Alonso volvió a subir al aeroplano con su cámara en el primero de los vuelos programados para aquella tarde, en la que “el piloto realizó maniobras en el aire, sin duda para que Alonso tomase sus fotografías”, mientras que el fotógrafo, al descender del aeroplano, “comentó que estaba encantado de la travesía en la que había impresionado 16 placas de vidrio preciosas”. Al caer la tarde, en el cuarto vuelo de los cinco programados, se subió como pasajero el torero Mazzantini que, nada más descender, se apresuró a decir que volvería a torear el año próximo.

Como Alonso tenía previsto, el reportaje Un vuelo sobre Cádiz se publicó, con fotografías, en el Mundo Gráfico del 10 de septiembre de 1913, pero, por una de aquellas fotografías ahora sabemos que las tarjetas postales que con vistas aéreas de Cádiz se editaron por la Fototipia Thomas, de Barcelona, hacía 1914-16 (de las que conocemos cinco), se hicieron con las fotografías de Alonso impresionadas desde el aeroplano de Garnier y que, si nadie demuestra lo contrario, son las primeras tarjetas postales con fotografías aéreas de una ciudad española.

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