Ciudadanos de cádiz

"No pensé en ser alcalde porque iba el número 7"

  • Carlos Díaz Medina. Aunque dejó de presidir el Ayuntamiento hace 20 años, aún le paran por la calle llamándole alcalde. Aquí recuerda una etapa fundamental para el desarrollo de la ciudad

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Carlos Díaz llega a la sede de Diario de Cádiz y, tras saludar, se pone a hablar de fotografía con Julio González. Es y sigue siendo una de sus grandes aficiones, que aún mantiene "aunque no sé si hago buenas fotos". Se le ve bien, aunque dice que volverá a nadar para calmar los dolores de espalda que le aquejan. Gusta de andar y mantiene una tertulia diaria con viejos amigos. Mira a la colección de periódicos que guarda la hemeroteca del Diario. Allí están escritos sus dieciséis años de mandato al frente de la ciudad, como primer alcalde democrático de Cádiz.

-¿Le ha sorprendido los resultados del pasado domingo en las elecciones municipales?

-Bueno, no me esperaba unos resultados tan tajantes, y sí unos datos más equilibrados. No sé a que se han debido, tal vez a que aquí haya más indignados, gente que ha perdido todo y se haya creído la esperanza por un voto del cambio. Lo cierto es que aún no se han resuelto los problemas sociales y económicos no sólo de Cádiz y la provincia, y eso a pesar de las potencialidades que tiene.

-Bueno, de eso llevamos hablando años y décadas.

-Sí. Y tal vez los responsables somos nosotros, si no, no se explica porqué seguimos siendo la provincia con más desempleo. Tenemos a gente emprendedora, pero los avances son tímidos y más cuando hemos vivido casi exclusivamente de las empresas públicas y no hemos sabido salir adelante cuando éstas han desaparecido.

-Junto a la pérdida de la mayoría del PP de Teófila Martínez y la victoria de Podemos, el PSOE ha obtenido el peor resultado de su historia en democracia. Desde que usted dejó de ser el candidato socialista a la Alcaldía, el PSOE gaditano no levanta cabeza.

-Efectivamente. No han sabido reaccionar frente a una situación adversa. Pero quiero decir que eso mismo ha pasado en otras capitales, como en Málaga o Huelva, lo cual merece una reflexión. Algo inexistente porque en el PSOE no somos nada autocríticos.

-No sé si es mejor dejar la Alcaldía como la tuvo que dejar usted (fue descartado de la lista por el propio partido en 1995) o sufrir una victoria tan amarga como la que ha tenido Teófila Martínez. ¿Ha hablado con ella?

-No soy nadie para dar consejos, Dios me libre. En el caso del PP ha sido singular porque el bajón ha sido notable. Creo que la gente se ha acostumbrado mal con Teófila Martínez porque en estos años no ha tenido desgaste alguno. Estoy de acuerdo con el análisis realizado por Diario de Cádiz. Es cierto que los casos de corrupción afectan de forma muy injusta a los ayuntamientos, a nosotros nos pasó en 1991 y en 1995, cuando se proyectó sobre nosotros el cabreo por temas nacionales, sin ver si la gestión local era buena o no.

-Usted nació en 1935, en plena Guerra Civil y con un padre de carrera militar. ¿Cómo vivió esa época?

-Lo cierto es que no tengo muchos recuerdos. Los primeros son de mi ingreso en Bachillerato y de la Primera Comunión. Aunque nací en Sevilla, no estuve mucho tiempo en esta ciudad. Nos fuimos a Alicante, Toledo y cuando estaba en quinto de Bachillerato llegué a Cádiz, estudiando en los Marianistas, que fue para mí una gran época.

Volví a Sevilla para estudiar en la Facultad de Derecho. Allí tuve la suerte de contar con grandes profesores que nos hacían ver que había algo más que el franquismo, una aptitud valiente teniendo en cuenta que estábamos a finales de la década de los cincuenta (una de las etapas más duras de la dictadura).

-¿Eso le motivó políticamente?

-Yo llegué a ser delegado independiente de estudiantes, cuando en aquella época sólo estaba el SEU, que era el sindicato oficial del Régimen. Tuve a un profesor, el catedrático Manuel Giménez Fernández, al que le llamaban el bolchevique blanco. En ese tiempo y en años posteriores pude ver otros mundos e iniciarme en el compromiso con la política democrática, hasta que en los años setenta ingresé en el PSP de Enrique Tierno Galván, para después trabajar con la UGT, donde puse en marcha la asesoría jurídica, y entrar en el PSOE.

-Y su familia, ¿cómo veía esta actividad política?

-Bueno, siempre me he sentido muy respaldado por mi familia. Lo cierto es que mi madre se llevó un disgusto, y lloró cuando me eligieron alcalde de Cádiz en 1979 sabebora de los problemas que ello suponía. Y tenía toda la razón del mundo.

-Y acabó siendo alcalde, algo que supongo que usted ni se imaginaba que podía pasar.

-Un día me propusieron ir en la lista del PSOE para el Ayuntamiento de Cádiz. En un principio estaba puesto en el número 7 de la candidatura por lo que estaba convencido de que no iba a salir elegido concejal. Pero de la noche a la mañana me pusieron en la cabeza de la lista.

-¿Le dieron alguna explicación?

-Le pregunté a Gregorio López y me dio una explicación muy ambigua, comentándome que era el candidato más idóneo, aunque yo creía que había gente más preparada y algunos, como Pérez Llorca, que tenía muchas ganas de ser alcalde. Fue una campaña que no tiene nada que ver con las de ahora. No había dinero ni para sacar mi fotografía en color.

-Usted gobernó en su primer mandato en coalición con el resto de los partidos de la izquierda.

-Yo estaba preparando, en la sede de la UGT, mi discurso de investidura sin saber si se había cerrado el acuerdo de gobierno. Me enteré a las cuatro de la madrugada y a las once de la mañana ya estaba en el salón de plenos, en un acto que fue muy emotivo. Me llamaban "¡Carlos, Carlos!", como si fuera un futbolista. Mi despedida, dieciséis años más tarde, también fue igualmente emotiva. Cuando salí por los arcos del Ayuntamiento en la plaza de San Juan de Dios fue como si desapareciese de pronto la presión de todos estos años. Me fui a Canarias en el J.J. Sister y volví totalmente nuevo.

-Algún compañero suyo me contó que cuando entraron en el Ayuntamiento en 1979, no había ni folios y que la ciudad como tal no funcionaba.

-Te pongo un ejemplo. Fui al Banco de Crédito Local (que financiaba las inversiones públicas) para pedir dinero para arreglar una calle y el presidente de la entidad, con evidente ironía, me dijo que ellos querían proyectos de mayor envergadura. Ya en Cádiz, hablé con Hipólito García y elaboramos el Plan de Acción Municipal, con obras en la ciudad por 700 millones de pesetas.

-Hoy hay muchos gaditanos que desconocen que en esa época había calles de tierra y sin redes de saneamiento.

-Sí, y que cuando caían cuatro gotas se inundaban. Cierto es que electoralmente estas actuaciones apenas tenían valor, pero para nosotros era el abc de la actuación municipal. Llegábamos a una ciudad en quiebra, por culpa del coste que le supuso construir el puente Carranza. Fue recuperar esta vía, y eliminar el peaje, una de nuestras premisas, lo que no se logró hasta 1982.

-De esta primera etapa de gobierno, ¿qué es lo que más destacaría?

-Sin duda, la generosidad y la ilusión de los concejales, que mantenían un talante muy lejano del político profesional de hoy. Desde la ciudadanía había una fuerte presión porque se creía que problemas como el del paro o la vivienda se podían arreglar de un día para otro. Estábamos entregados con el trabajo. Lo mismo trabajábamos en Vías y Obras como en Playas; tocábamos todos los palos.

-¿Y cuándo empezó a torcerse todo?

-Sin duda cuando en el partido se crearon las 'familias', lo que perjudicó mucho. Lo normal es alinearse sobre un proyecto y un líder, pero aquí se conspiraba para defender los intereses personales o de grupo. A partir de ese momento, la generosidad se convirtió en materialismo. Siempre sin generalizar, porque había gente muy entregada y con sueldos muy justos.

-¿Y usted?

-Yo no estaba en ninguna de estas familias y por eso las bofetadas me llegaban de todas partes, en el grupo y en el partido. No aprendí, porque volvería a cometer el mismo pecado. Tengo claro que en la política lo primero es el interés de las instituciones, después el del partido y por último, el personal.

-Fue esta forma de gestionar el partido la que acabó creando problemas como el del Grupo de los 8, que supuso la ruptura de su formación en el Ayuntamiento.

-Sí. Fue la causa principal del motín organizado tras destituir al primer teniente de alcalde.

-¿Se sintió solo en todo este periodo político?

-A veces sí. Y muchas veces no me he sentido amparado por la dirección del Partido Socialista. Soy consciente de que si hubiera pertenecido a una u otra me hubiera ido mejor como alcalde, pero no iba con mi carácter. Yo siempre he sido partidario de trabajar en equipo y así ha sido durante los dieciséis años que estuve en la Alcaldía.

-Siempre he tenido la sensación de que en su equipo, formado por políticos de un alto nivel, también se funcionaba como si fueran reinos de taifas.

-No, no creo. Yo siempre procuraba mantener reuniones de equipo y lo debatíamos todo y aunque algunos no entendían esa forma de trabajar, en conjunto se funcionaba así y bien.

-Déjeme que vuelva a su relación con el PSOE en Andalucía y en Madrid. Más allá del apoyo o no a su persona, lo que es cierto es que durante su mandato bien poco apoyo recibió la ciudad de los gobiernos socialistas.

- Alguna cosa sí conseguí. Mi obsesión siempre ha sido la Universidad, y aún hoy lo es por lo que me preocupa la salida de centros de la ciudad sin que nadie diga nada desde el Ayuntamiento. Hoy tenemos cuatro campus, con el consiguiente coste y la pérdida de efectividad. Recuerdo un telegrama que me remitió la secretaria de Estado de Universidades confirmando la presencia de la Facultad de Filosofía y Letras (cuya sede actual se ubica en un edificio cedido por el Ayuntamiento de Carlos Díaz) en la ciudad, cuando se iba a mandar a Puerto Real; o el telegrama del propio Felipe González anunciando la concesión de la ZUR (Zona de Urgente Reindustrialización) para Cádiz, aunque después no se lograsen los objetivos que se habían marcado.

Pero más allá de estos apoyos o no, para valorar una gestión no solo hay que ver lo que se hace sino lo que no se deja hacer. Y aquí nosotros, en el primer mandato, aprobamos la suspensión de las licencias de obras porque el Casco Antiguo corría el riesgo de desaparecer, aprobando una gran plan de protección. A la vez, en Puerta Tierra limitamos la construcción de fincas a cuatro plantas de altura, cuando los constructores nos pedían nivelar las construcciones pero por lo alto. En todo esto conté con el trabajo de Juan Jiménez Mata como concejal de Urbanismo, un buen amigo aunque lo destituí por el caso de la medalla a Tabacalera. Esa medalla se le dio a la empresa pública por abrir un gran complejo y por no marcharse de Cádiz, como estaba previsto.

-Pues ya no están en Cádiz.

-Me dio pena. Yo convencí a Cándido Velázquez (presidente de Tabacalera en aquella época del traslado a la Zona Franca) de que debían seguir en la ciudad. Ha sido otra empresa, de capital extranjero, la que al final ha cerrado la fábrica.

-Por cierto, ¿en estos veinte años le han llamado desde la dirección del partido para disculparse por la forma abrupta en la que le quitaron de la Alcaldía?

-Alfonso Perales ya lo dijo en el Diario que se habían equivocado en 1995. En aquel momento reclamé que hicieran públicas las encuestas que el Partido tenía en la ciudad y me dijeron que no, aunque sé que daba una intención de unos doce concejales (sin Carlos Díaz como candidato se quedaron en 9). En enero de ese año presentó las cinco razones por las que consideraba que debía ser el cabeza de lista. Era la primera vez que pedía algo al partido y entre ellas decía que era de los pocos alcaldes que siempre conseguía más votos para el PSOE en los comicios locales que en los regionales o nacionales.

Igualmente, quería seguir siendo alcalde para poder ver proyectos que estaban ya en marcha como la culminación del Palacio de Congresos, el Plan Urban, el Centro Elcano, la urbanización de los cuarteles de Varela, el pacto ya cerrado para los terrenos ociosos de Astilleros, la desaparición de Campsa como primer paso al nuevo paseo marítimo, la vía rápida, Santa Catalina... Proyectos de ciudad que estaban a punto de caramelo. Y también tenía la percepción de la calle. Recuerdo que fui a un homenaje que el barrio de Santa María hizo a las fuerzas de seguridad por su lucha contra el menudeo de droga en la zona. Allí estaba Teófila y todo el PP y yo pensaba que me iban a recibir con abucheos. Y cuando entré la gente empezó a ovacionarme y a gritar "¡alcalde, alcalde cojonudo!"

-¿Le sigue recordando como alcalde cuando pasea por la ciudad?

-A estas alturas, cuando ya han pasado veinte años, me emociona que así ocurra e incluso alguno me dice que me presente a las elecciones. Hoy en el taxi se ha acordado de mi; y en el taller al que llevé el coche quien me atendió me contó que de pequeño había visitado el Ayuntamiento y allí estaba yo como alcalde.

-¿Cómo ve la ciudad ahora?

-Se han realizado cosas muy buenas, pero otras no. Me llama la atención, por ejemplo, el chiringuito junto a la playa de La Caleta, o los monumentos nuevos que se han levantado. Lo cierto es que nosotros fuimos siempre muy proteccionistas con todo lo relacionado con el casco antiguo.

-¿Y le gusta la pérgola de Santa Bárbara?

-¡No! Esa zona había que recuperarla pero hubiera bastado ampliando el parque Genovés, dejando una parte como paseo.

-¿Y el futuro de Cádiz?

-El problema es la pérdida de gente joven. Tengo una tertulia que es una radiografía de la ciudad, con cuatro jubilados y un prejubilado. Y ninguno de nuestros hijos trabaja en Cádiz, lo que es penoso. La gente tiene que cambiar de mentalidad y ver que Cádiz tiene un gran recorrido como ciudad de servicios, turismo, su puerto y su astillero, con una Universidad que habría que potenciar.

-¿Y sus hijas qué piensan de la ciudad?

-Están estudiando en Madrid y ven que aquí no tienen posibilidad de trabajo, aunque la pequeña es gaditana a tope. Le gusta la Semana Santa, el Carnaval, el fútbol.

-Vamos, como usted.

-(Se ríe) Ya le dije a Teófila que mi hija, que es muy lanzada, le iba a quitar el sillón de alcaldesa.

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