La noche en que se cayó el cielo
Ofrenda a las víctimas de la explosión Ayer se cumplieron 63 años de la tragedia
Isabel Rey, una de las supervivientes de la deflagración, repasa sus recuerdos durante el acto de homenaje a los que perdieron la vida aquel 18 de agosto de 1947
Es inevitable. Cada noche del 18 de agosto oscurece de una forma especial para los supervivientes de la explosión del 47. Ni quieren ni pueden disfrutar de la alegría del olvido. Les viene a la memoria esa calma chicha que precedió al infierno, cuando la noche se hizo día en un Cádiz arrasado. Ayer se cumplieron 63 años de aquella noche luminosa, dañina, mortal. Como es tradicional las autoridades civiles y militares realizaron una emotiva ofrenda en recuerdo de las víctimas de un suceso grabado a fuego en la memoria colectiva de la ciudad. Concejales como Juan Antonio Guerrero, Evelio Ingunza, Ana Mestre, Bruno García, Luis Ben, Natalia Perales o Gonzalo Pando se vieron arropados por representantes de algunas asociaciones de vecinos y también por supervivientes a la tragedia como Isabel Rey, quien a sus 69 años hablaba apasionadamente, como si las detonaciones acabaran de producirse. Isabel vivía justo frente a la Casa Cuna, en San Severiano, a pocos metros de donde ayer tuvo lugar la ofrenda. Su padre poseía algunas vacas que permanecían en los terrenos de extramuros, poblados de huertas y campos. Ella y su familia sobrevivieron. Tuvieron suerte. Otros vecinos no. "Cuando salimos a la calle despavoridos vimos a algunos vecinos nuestros, amigos nuestros, tirados en el suelo, muertos. Fue algo terrible. Ni siquiera podíamos pararnos a comprobar si podíamos hacer algo por ellos porque corríamos heridos en busca de ayuda sanitaria. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer". Isabel perdió una falange del pulgar de su mano derecha y estuvo cerca de la muerte a causa de una herida en la garganta que la trajo de cabeza unos meses. Ahora, en los albores de los 70, con su pelo cano peinado hacia atrás y su apacible rostro moreno, habla con vehemencia a los periodistas que la rodean. Es una superviviente. No sólo de la explosión sino de la vida. De la posguerra, de las penurias, los diteros y los roetes, del hambre y la necesidad. Es una muestra de la fortaleza gaditana y el tirar palante, como hizo su padre, al que recuerda echando la vista atrás con unos ojos que podrían tener seis años todavía, de vivos que parecen. Lo perdieron todo menos las ganas de vivir. Por eso vivieron. Sobrevivieron. "Mi padre compró otra casa -rememora Isabel-. Cerca de San José, junto al cementerio. Tenía vacas y necesitaba espacio para ellas. Nosotros nos acomodamos como pudimos. La gente perdió sus casas y la alojaron en vagones vacíos que colocaron junto a la vía del tren. A otros los llevaron a barracones hasta que construyeron las casitas bajas y luego la barriada de San Severiano. Todavía tengo amigos míos que sobrevivieron a la explosión también y que siguen viviendo en esas casas". La madre de Isabel perdió la visión del ojo izquierdo por mor de la deflagración. Unos cristales con malas ideas se le incrustaron en el globo ocular. Luego fue el traicionero glaucoma el que le robó el ojo derecho para sumirla en una oscuridad incapaz de iluminar la explosión más grande de la tierra. Es la historia de Isabel Rey. La historia de una de las miles de niñas gaditanas que vieron un día estallar el cielo en mil pedazos para dejarlas sin nada salvo sus vidas. Y sus recuerdos.
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