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Cinco millonarios gaditanos que invirtieron su fortuna en mejoras en la ciudad

Algunos gaditanos de nacimiento y otros de adopción destinaron parte de su capital en obras para Cádiz

Busto dedicado a Diego Montañés en Canalejas. / Julio González

El nombre de Elías Ahuja saltó a la actualidad hace unas semanas por una actuación machista de un grupo de estudiantes residentes en la residencia universitaria que lleva su nombre en Madrid. Fue entonces cuando muchos gaditanos escucharon su nombre por primera vez y supieron que este filántropo millonario nació en Cádiz, aunque aquí no cuente con calle, avenida o plaza.

Como él, nuestra historia más reciente ha dejado para el beneficio de la ciudad a gaditanos que amasaron una fortuna y que dedicaron una parte notable de la misma en obras en beneficio de sus vecinos.

A falta de nombres de la nobleza, Cádiz sí contó con una burguesía emprendedora, especialmente en los siglos XIX y principios del XX, que invirtieron en negocios de la banca, la industria naval, la pesca ... y que destinaron parte de sus beneficios en construir colegios, levantantar viviendas o poner en marcha modernos centros sanitarios con un evidente fin altruista.

Diego Montañés

Quien encabeza esta lista (siempre incompleta) de grandes filántropos gaditano no puede ser otro que Diego Fernando Montañés y Álvarez, a quien se le llegó a nominar como el "tercer Balbo", citando a la familia gaditana que tuvo un papel relevante durante el Imperio Romano y transformó Gades en la gran capital de la Hispania.

Nacido en Cádiz en 1795, Diego Montañés se dedicó al comercio de ultramar, extendiendo sus empresas por Cádiz, Madrid y Alcoy, amasando una inmensa fortuna gracias a su habilidad con los negocios.

La sopresa llegó cuando falleció en 1874.

Cuando se conocieron sus disposiciones testamentarias, la ciudad tembló de la emoción. Inmersa ya Cádiz en el inicio de su decadencia, tras perder su posición de referencia en la Historia de España, especialmente notable durante el siglo XVIII y buena parte del XIX, la decisión de Montañés de dejar su dinero a sus vecinos supuso una inyección de optimismo de cara al futuro para toda la sociedad.

Refleja en su dicionario de personalidades la Real Academia de la Historia: "En su testamento encomendó sus inmensos beneficios a las materias más prioritarias y de realización inmediata de su ciudad natal. Las disposiciones testamentarias abarcaron desde un legado para la traída de agua a la ciudad (un problema de siglos) hasta otro para la construcción de un muelle en Puntales y la construcción del puerto de la ciudad (entonces aún no se habían derribado las murallas frente al muelle)". Estos dos proyectos erán prioritarios para el comerciantes, aunque su desarrolló se haría de forma muy lenta hasta el punto que no será hasta 1908 cuando Alfonso XIII acuda a Cádiz para poner la primera piedra del nuevo muelle.

Cinco años después de la muerte de Montañés, y tras numerosos problemas administraticos, se destinaron 5 millones de pesetas de la época, una invensa cantidad entonces, en la constrcción de los primeros 300 metros delm dique de San Felipe y 125 del muelle de Capitanía, así como el muelle de Viniegra y Valdés en Puntales. Todo se entregará puntualmente hasta que renazcan las diferencias entre las administraciones, que se alargarán durante décadas.

El millonario dejó también legados para la construcción de un colegio naval en Cádiz, una granja modelo en la provincia, una cantidad destinada a dotes y obras benéficas gestionada por la Sociedad Económica de Amigos del País, dinero para una caseta y un bote de salvamento para la Sociedad de Salvamento de Náufragos, además de una cifra cercana a las 75.000 poesetas para la constitución del Monte de Piedad, primer paso para la creación de la Caja de Ahorros de Cádiz.

Era difícil, por no decir imposible, acercarse a la importancia que para el Cádiz que iniciaba el siglo XX tenía el legado dejado por Diego Montañés, escasamente reconocido por su propia ciudad, salvo una pequeña calle (ni una plaza, ni una avenida -que podía ser la del puerto) y un busto olvidado en Canalejas.

Elías Ahuja. / D.C.

Elías Ahuja

Elías Ahuja se le acercó aunque extendió su labor filantrópica al resto de la provincia e incluso del país. Nacido en 1863, estudió en los Estados Unidos donde realizó inversiones que le convirtieron en millonario, más haya de que ya disponía de una situación más que desahogada.

En 1922 regresa a Cádiz, residiendo en el número 10 de la Alameda Apodaca, cuando ya había comenzado su labor de filántropo. Crea el Beneficiario Particular Elías Ahuja y proyecta la construcción de un 'stadium' en los terrenos del Campo de las Balas hoy ocupado por viviendas militares.

Fue mecenas de la Cruz Roja y de los Boy Scouts, uno de cuyos primeros grupos nace en Cádiz,. Tras ser acusado de masón al inicio de la Guerra Civil, retorna a los Estados Unidos, creando la Fundación Good Samaritan, con becas para ciudadanos de Cádiz. En 1969, la Fundación Elías Ahuja financió la construcción de un Colegio Mayor en Madrid.

José María Calvo

Vasco de nacimiento pero gaditano de adopción, José Matía Calvo nació en Llodio en 1806. Emigró pronto a Filipinas, donde con 15 años era dependiente en una casa de comerciantes. Su capacidad empresarial le llevó a poner en marcha una firma dedicada inicialmendte a la exportació de sedas.

Esta actividad, y la creación de una flota comercial, le hizo recalar en Cádiz, donde instalará la sede central de la compañía en 1841.

Cuando murió en 1871, y siguiendo la política de ayuda a los necesitados que ya realizó durante estos treinta años, incluyó en su testamente la construcción de dos asilos, uno en Cádiz y otro en San Sebastián.

Así en 1885 se inauguró el asilo que llevará su nombre y que hoy gestiona la Diputación Provincial.

José Moreno de Mora, rodeado de pequeños. / D.C.

José Moreno de Mora

José Moreno de Mora y Vitón (nacido en Cádiz 1825) sí ejecutó una labor asistencial en la ciudad, con el decidido patrocinio de su esposa, Micaela de Aramburu, bien conocida en la ciudad. Perteneciente a una de las grandes familias burguesas de la ciudad, con capital en las entidades bancarias de la ciudad y del país, y con importante negocios en bodegas, invirtió parte de su fortuna en la construcción del Hospital Provincial, que será el principal centro sanitario de la provincia al que dotó de un moderno equipo médico en instalaciones amplias.

El matrimonio se volcó en la ayuda a las clases desfavorecidas, en una ciudad entonces muy empobrecida, construyendo el colegio de la Mirandilla, para dar formación a los cientos de niños que malvivían en los vecinos barrios de Santa María, Pópulo y La Merced. Y pagó también la construcción del Sanatorio Madre de Dios, que se levantó en terrenos de extramuros y que resultó destruido en la Explosión de 1947.

Ana de Viya. / D.C.

Ana de Viya

Ana de Viya y Jáuregui, nació en 1838. La más pequeña de un matrimonio que había logrado su fortuna durante su estancia en México. Soltera y sin descendencia, dedicó su dinero a obras de caridad, especialmente relacionada con la Iglesia: aportó en 1890 un millón de pesetas a la reforma del Seminario Diocesano y financió la elaboración de la Custodia del Corpus. A la vez legó fondos a diversas comunidades religiosas y a entidades benéficas de la ciudad.

Su gran labor fue la financiación de la construcción del colegio Salesianos, en unos terrenos de su propiedad en extramuros (junto a la parroquia de San José, con una superficie que llegaba a la altura de la actual avenida que lleva su nombre). El fin del centro era la formación de los niños para lograr un trabajo digno.

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