Manuel Ravina| Ex director del Archivo Provincial de Cádiz y del Archivo de Indias “Hay documentos que pueden cambiar la visión de la historia”

  • Acostumbrado a trabajar durante décadas entre papeles y documentos, este gaditano de amena conversación comparte su privilegiada visión del mundo de los archivos

Manuel Ravina posa en la hemeroteca de Diario de Cádiz. Manuel Ravina posa en la hemeroteca de Diario de Cádiz.

Manuel Ravina posa en la hemeroteca de Diario de Cádiz. / Lourdes de Vicente

Más de media vida se ha pasado Manuel Ravina Martín (Cádiz, 1949) entre papeles y documentos, aquellos que le tocó ordenar, clasificar y custodiar en todos los archivos públicos en los que ha trabajado. Ameno y erudito a un tiempo, ya jubilado tras dirigir el Archivo Provincial de Cádiz y el Archivo de Indias, Manuel Ravina demuestra que sabe como nadie leer entre líneas y valorar la historia, y las historias, que dejan entrever tantos legajos, a veces misteriosos, como han pasado por sus expertas y sabias manos.

–¿Da la impresión de haber sido un archivero metódico y paciente?

–Bueno, yo no soy paciente y metódico. Soy un enamorado de la profesión. Hay que entender qué es un archivero; es una profesión un poco oscura, con una vida que te apartas un poco del mundo. Te tiene que gustar. ¿Cuál es el problema que hay hoy día, y por eso destacan personas como yo que no tendrían porqué destacar? Que hay mucha gente que entra en los archivos como solución a su problema vital, que no le gusta. Realmente se trata de vivir entre papeles y en una posición marginal, no hay ninguna empresa en la que el archivo sea la parte más importante, la cabeza más brillante no la van a poner en el archivo.

–En una entrevista anterior en este periódico habla usted de la “aburrida vida de un archivero”. No me creo que sea aburrida.

–Sí, es que vives en otro mundo. Cuando yo estaba aquí con los protocolos, hablaba del callejero de Cádiz de 1600, me sabía los nombres de las calles de entonces más que el actual de tanto meterte en los papeles. Eso le pasa mucho a los investigadores, los arqueólogos viven pensando que Tutankamón está vivo... Es un mundo marginal. Y yo he tenido trabajos duros, encontrarte montañas de papeles y tener que ordenarlos.

–¿Tiene que ser farragoso, no?

–Yo lo veo mucho en la bata. Es decir, el archivero lo primero que se pone es la bata, y hay algunos que la bata la mira y eso de estar con los papeles y de polvo hasta aquí..., no. Mira, los franceses dicen que no existe ninguna organización en el mundo que no esté basada en tres principios: el presupuesto, el personal y la información. No puede funcionar sin información. Pero, claro, el archivo es importantísimo solamente cuando hace falta, no todos los días.

–Pero mantiene que es marginal.

–Sí, pero no cuando hace falta. No hay ninguna administración del mundo que funcione sin archivos. Es como si en el Ministerio de Hacienda no estuvieran los expedientes de la declaración de la renta...

–¿Y las administraciones públicas también han tratado los archivos como algo marginal, dentro de la política cultural o histórica?

–Ha habido épocas. El caso más claro es Felipe II, que creó el Archivo de Simancas que es un modelo en Europa de lo que es un archivo. Ahora bien, se da cuenta de la importancia pero también del peligro. O el caso de Franco: yo tengo un archivo fantástico en Salamanca pero lo tengo a mi servicio, no dejo entrar a nadie. Porque fíjate lo que hizo Franco: cuando entraba en un pueblo, en la guerra, detrás venía un camión con un equipo recogiendo todos los archivos que se encontraban, todos. Y creó un centro de documentación que es la clave de toda la represión. Había un equipo leyendo papeles para investigar a las personas contrarias.

Los papeles son fundamentales para una administración, pero también tienen... Te pongo un caso del malestar que generó una información cuando se abrió el Archivo General de la Administración, en Alcalá de Henares, y allí estaba el ofrecimiento de CamiloJosé Cela como censor, se ofreció él. Claro, a él esto le sentó a cuerno quemado. En este sentido, tú no sabes los papeles que has dejado, las cagaditas que has dejado a lo largo de tu vida y que alguien las puede recoger.

–En el caso de Franco y de la represión en la guerra, ¿por qué guardan esos papeles que saben que les puede perjudicar en un futuro?

–Franco quería hacer una cosa que era imposible, y si te fijas bien fue un fracaso, creó un régimen que no podía seguir, no puedes estar permanentemente metiendo en la cárcel a toda persona que no esté contigo, eso tenía que tener un final. Franco pensaba que todos lo que no estaban con él eran malos españoles, y había que exterminarlos o perseguirlos. Pero para eso tengo que tener una información, un argumento.Cuando trabajas en un archivo, te das cuenta de que hay personas que si supieran que un determinado papel sobre él se guardaba, seguro que no lo hubiera dejado.

–Por eso están los documentos reservados.

–Sí, y secretos. Yo estuve de archivero en el Ministerio de Asuntos Exteriores y llegué a la conclusión de que era un archivo sin interés. ¿Por qué? Porque lo interesante lo trituraban los diplomáticos en los despachos. ¿Tú te crees que Felipe González charlaba con Reagan y lo iba a poner en un papel? Eso se quedaba entre él y Reagan.

–¿Hay en los archivos documentos que pueden cambiar la historia tal y como la conocemos?

–Por supuesto, y la han cambiado. Sobre todo, la visión que nosotros tenemos de la historia. El caso más claro es Franco, que sabía el valor de los documentos. Cuando Franco murió, pasaron 70 cajas archivadoras del Pardo al Archivo Histórico Nacional. Y dices: ¿Y un señor que ha estado 40 años al frente del Estado nada más que ha acumulado 70 cajas? No, está todo en la Fundación Francisco Franco y no lo dejan ver si no demuestras que eres adepto. O sea, que él, muerto, sigue controlando la información. Y lo gracioso es que tenía una subvención del Estado, que ya se le han quitado. O sea que se le da una subvención a un señor que, siendo el jefe del Estado, rompió la norma de que los papeles son públicos. Tú eres el alcalde de Cádiz y el archivo que tú produces no es tuyo, es de la ciudad de Cádiz.

–¿Y alguna vez ha visto un documento de estos que pueden cambiar la historia?

–Bueno, yo trabajé en Asuntos Exteriores y había alguna cosa llamativa, pero... Recuerdo que aparecieron unos papeles de Azaña y no se dejaban ver, porque la vida de Azaña es un poco..., lo que pasó conAzaña es una historia muy trágica.

Por ejemplo, en el Archivo Provincial tenemos los archivos del juzgado de Cádiz, aunque no todos. Y había un expediente condenando por malversación a una persona que en su época era una muy conocida. Ese hombre no podía destruir ese documento.  

–Aunque tuviera poder.

–No, no tenía poder, no tenía acceso a ello. El expediente era, exclusivamente, un problema económico. Pudo ser por el año 55 o 60. Pero vamos a ver, olvídate de los papeles, nos quedamos con la palabra información. Entonces, si tú tienes un enemigo y te llega una información, la utilizas, es evidente. La información, muchas veces, tiene peligro dependiendo de quien la use. Nadie, quitando San Francisco Javier en sus mejores momentos, está libre de pecado (ríe).

–La custodia de los documentos es también una responsabilidad.

–Para eso hay una legislación. Los documentos, primero, tienen una fecha y después que no afecten ni al honor ni a la intimidad de las personas. Eso está muy claro. Hay gente que conserva archivos privados, donde hay muchas cosas... Fíjate si yo tendría vocación de archivero que conservo todas las cartas que he recibido desde niño.

–¿Todas?

–De mi madre, de mis hermanos, todas. Y no quiero que se destruyan. Como mucha gente, que las hacen públicas 25 años después de su muerte, cuando ya... Que la historia se hace con documentos es relativo, porque hay cosas que no se van a saber nunca realmente lo que ha pasado. Por ejemplo, durante el 18 de julio del 36 hubo unas llamadas de teléfono entre Mola, Casares Quiroga, Indalecio Prieto..., intentando llegar a un acuerdo. Pero eso no queda. Lo que te decía de los diplomáticos, que cada uno en su despacho tiene una trituradora; en sus mesas no queda ni un papel. Tú no vas a dejar un papel que diga: “Bush me ha dicho ahora mismo que va atacar Vietnam”. ¿Tú eres tonto? No se deja nada.

–¿Qué documento ha sido el más raro que le ha pedido un investigador?

–(Piensa). Es que he estado en tantísimos sitios...Quizás, mucha gente que se ha querido saltar los plazos de los documentos. Por ejemplo, los protocolos notariales tienen por ley cien años. O sea, ahora mismo se pueden consultar documentos de enero de 1921, y hay gente que me ha pedido ver los de la guerra, que los tenemos.

–¿Y no se pueden ver ni aunque sea para un familiar?

–Tienes que ir al notario archivero y que te dé una autorización. Yo los enviaba al notario para que lo pidieran: ¡no volvió ni uno!

–¿Y hay alguno que tenga una protección mayor?

–No, cada uno tiene su grado de protección y el máximo es el de los protocolos notariales.

–¿No son muchos años?

–No, porque había mucho miedo con los hijos naturales.

–Vaya.

–Claro, si tú tienes un testamento... Y en los protocolos notariales hay cientos de hijos naturales, y tú te enteras de pronto que tienes un tío que aún vive... Hay un caso en San Fernando en un testamento de 1870. Un señor que decía que tenía cuatro hijos, y que dos no eran de él, pero que para no formar escándalo los acogió. Y lo pone en el testamento. No me acuerdo si en el escrito diferenciaba a los hijos. Y hay un caso de un hombre que murió en San Fernando. Él tiene un testamento que pone: “Me casé con fulanita de tal y del matrimonio no quedaron hijos”. Y él se muere. Y resulta que cuando se muere ella deja escrito: “Estuve casada con fulanito de tal y tuve un hijo que tiene ahora 14 años”. ¿Cómo es posible esto? ¿Por qué el padre no lo mencionó? Claro, era muy listo: el padre se vengó de ella porque sabía que el hijo no era suyo. Fue al notario sin que ella lo supiera. ¿Y ella iba a decirle después al notario que su marido se había olvidado de su hijo? Y es que en vida no quiso formar un escándalo, pero del padre no pudo heredar porque no estaba reconocido.

–¿Hay papeles que mienten?

–Claro que se miente. Si tú tienes dos hijos naturales y no los quieres poner en el testamento... En el siglo XVII lo hacían muy bien, porque cuando tú ves a un aristócrata de Cádiz con mucho dinero que dejaba una cantidad buenecita a un niño negro, es que era su hijo. ¿Tú por qué destacas a un esclavo que es niño? Porque es tuyo.

–Qué casos...

–Es una pena que no se haya traducido del francés, pero hay un libro que se llama Amores y desamores en Cádiz, del francés Alessandro Stella. ¡Es una cosa...! Porque las relaciones sexuales entre los señores y los criados... Una esclava no te podía denunciar, no tenía ningún derecho. Son casos concretos que dan una imagen. Hay un capítulo de una mujer que se lo cuenta al obispo, que se estaba acostando con ella con la promesa de que la iba a liberar. La tasa de hijos ilegítimos en Cádiz, en los siglos XVI, XVII... Tú vas a Santa Cruz y empiezas a mirar partidas de bautismo: “Hijo de la Iglesia, hijo de la iglesia, hijo de la iglesia...”. Eran hijos naturales. La información no se puede controlar tan fácilmente. Hay cosas que se terminan sabiendo.

–En 2013 ponen a Manuel Ravina, un gaditano, al frente del Archivo de Indias, justo antes del tricentenario del traslado de la Casa de Contratación a Cádiz. ¿Fue una provocación?

–No, yo llegué al archivo por descarte. Es un archivo muy complejo, no es fácil ser director del Archivo de Indias. Pusieron al menos malo. Allí hay trece facultativos muy experimentados. Es como si eres capitán de navío y te mandan a un barco en el que hay trece capitanes de navío. Cuando yo llegué, había una persona que llevaba más de 40 años. Claro, es imbatible. Es un archivo muy complejo.

–¿Y aquel tricentenario era tan importante para Cádiz?

–Bueno, todo viene de una decisión política. Cuando los reyes vieron que América estaba tan lejos y que había que controlar el comercio, decidieron que se hiciera desde un sitio para mayor seguridad, sobre todo cuando empezó a llegar el oro, la plata... Se pensó en Cádiz, en Sanlúcar, pero se eligió Sevilla porque era un puerto interior, más resguardado. Cádiz era más fácil de atacar. Una decisión política que, después, vieron que era un fallo. Porque los barcos no podían llegar a Sevilla completamente cargados, no había fondo, y tenían que dejar mercancía en Cádiz. Después se desembarcó toda la mercancía en Cádiz, pero los funcionarios tenían que trasladarse continuamente y, al final, se trasladó la Casa con 70 funcionarios. Y el presidente de la Casa tenía un poder enorme, manejaba grandes cantidades de dinero y el rey lo cuidaba: un quinto del oro que llegaba era para el rey, y tenía que tener contento al presidente porque era el quien controlaba ese quinto. En Cádiz llegó a haber tales fortunas que Domínguez Ortiz destacaba que, en España, nadie llegó a tener un millón de pesos... salvo en Cádiz. La prosperidad llegó de una decisión de Madrid, no vino de los gaditanos, no se tuvieron que mover, fue una decisión política.

–¿Qué Cádiz no conocemos?

–Yo creo que lo que no conocemos bien de Cádiz es su historia. La gente cree que los gaditanos del siglo XVIII eran unos genios de las finanzas, no, es que se lo habían puesto a huevo. Era un monopolio. Y otra cosa es que la gente pone a Cádiz como si hubiera sido Zaragoza en la invasión francesa... Cádiz era una fiesta, la gente iba al teatro, de vez en cuando caía una bomba...

–¿Hay mucho tópico entonces?

–En torno al sitio de Cádiz, sí. Hombre, es fastidioso porque estaban encerrados, pero del puerto se salía, los franceses no bloquearon el puerto y la gente no pasó hambre. Estaban agobiados porque pensaban que la plaza caería, no es agradable tener a unos señores enviando bombas, pero la mortalidad no fue comoen Zaragoza. Cádiz tuvo la suerte de ser un puerto de mar, atlántico y con el monopolio del comercio con América.

–Sin eso, buena parte del actual caserío no existiría.

–No, pero eso hace que Cádiz sea una ciudad muy rara, por eso no nos parecemos al resto de los andaluces. Tenemos un folklore distinto que viene de Italia y de Cuba, tenemos otra forma de divertirnos. La ciudad era muy diferente, con un gran nivel de civilización, de cultura, con una gran cantidad de extranjeros. Ahí están los apellidos. En Cádiz llegó a haber hasta chinos, que en Europa no se conocían. Y la tolerancia; en Cádiz la gente nunca ha sido fanática, se acostumbró a tratar con los protestantes que eran buenas personas, en una época en la que la Iglesia vendía que quien no era católico era poco menos que el diablo, que todos los protestantes se condenaban. Y aquí se producen matrimonios mixtos, sobre todo de católicas con protestantes.

–He leído que Manuel Ravina no es mucho de carnaval.

–¿Yo? Mira, a mí me gusta el 5% del carnaval. Hay gente en Cádiz que son para ponerle un monumento, son genios, y hay mucha morralla. Y te dicen derrotista. También pasa en otros sitios, yo discutía mucho en Sevilla: “Sevilla es lo mejor del mundo”. Mira, ¿tú has estado en Florencia, has ido a París? Lo nuestro tiene que ser lo mejor de todo. Lo que no me gusta es que, a veces, el carnaval da una imagen muy mala de Cádiz, con la fama de flojos, por ejemplo. A mí me gusta el Selu, humor fino, con doblez, como en el cuplé de Paco Alba con el pescuezo del buitre.

–¿O sea, que Ravina no saldría ni en una chirigota que se llamara ‘Los archivos expiatorios’?

–No, no, qué va. Yo tengo un oído uno enfrente del otro.

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